Poesía costarricense actual: Diego Mora, selección poética de dos libros inéditos

Lamentos de Raven Darkhölme alias Mística a Eric Lehnserr alias Magneto

Olía a sal, a mar. Pero estaba lejos de él, y el frío del otoño dulce y cruel lo envolvía todo en tonalidades rojas. No solamente era un estupor general, era la certeza de un árbol vivo, un chico vivo, una tarde inesperadamente blanca, permeada de niebla; y esas mismas facciones cada vez que te miras al espejo. La estúpida mirada de siempre, la torpe sonrisa de un rostro no fotogénico, sin poder cambiar de piel, cargando con ella día a día, calle a calle, etcétera tras etcétera. Soy la niña que nunca fui, metamorfa de sentimientos; mientras el disco sigue girando, y los glóbulos blancos, y las células mutadas y tus estúpidos intentos de cubrir mi vergüenza con tu casco.


Reminiscencia de Peter Parker alias Spider Man antes de la extinción del homo sapiens

Saltando por inercia sobre los escombros de la ciudad de New York, Peter Parker, el de potentes telarañas se preguntó: ¿qué hice mal? ¿A qué villano no maté? ¿Por qué me excluyeron de la batalla cósmica? Debo conformarme con la III Guerra Mundial, donde ni siquiera estoy implicado. Puedo perfectamente arreglármelas solo, huir de las bombas y cataclismos. ¿Qué hago defendiendo a estos imbéciles? ¿Lo hago por Mary Jane? ¿Por heroísmo? Quizá es por adicción, soy adicto a la violencia, al rush del peligro.

No hay sentido arácnido que pueda contra esto. Saltar de edificio en edificio, la sensación de vértigo, la persecución de asesinos y mafiosos, el saber que el ayuntamiento de la ciudad cuenta con trabajadores dedicados a limpiar telarañas me provoca una extraña sensación de placer. Pero es como ir a una guerra que nunca acaba. Solamente vas acumulando amigos muertos.

Si como dicen se han destruido tres cuartas partes del universo, ¿qué nos garantiza que sobreviviremos? ¿Por qué no me picó una araña con rayos cósmicos? Pertenecería a los 4 Fantásticos. Tal vez si se lesiona Hawkeye pueda sustituirlo en los Vengadores. ¿Para qué me torturo con esas ideas? Nunca me llamarán. Soy un superhéroe de cuarta categoría. El mundo se viene abajo bomba tras bomba, ciudad tras ciudad y no me importa. Voy a quitarme este ridículo traje. Si es por adicción, que sea con una máscara menos.


Salmos de Lilandra

De haber podido omitir este día lo habría hecho. Así no hubiera llegado este sentimiento de autodestrucción, de holocausto. Llega la insinuación vislumbrada desde hace tantos años: al final, cuando todo iba a terminar tal como estaba planeado, algo lo sabotearía. Basta darse cuenta de que somos repelentes ante lo que añoramos. Basta verme con una herida profunda en mi metafórico dedo central de la mano izquierda. Sea lo que sea, está ejerciendo una fuerza incontrolable, una revancha final. No sé si sobreviviré a esto, pero tenía que adelantarlo: estaba mirando esas nubes y justo cuando pensé que ya nada me interesaba, las nubes desaparecieron y una estrella —una sola— comenzó a brillar para mí. Ahí estaba, solitaria en el firmamento, respondiendo todas mis dudas.

Puede que se despeje esta tristeza de tinta negra y vuelva a la ficción en cualquier instante. Por lo pronto no puedo acabarme, ni solucionarme. No puedo salir a la calle a pegar alaridos. No puedo llorar en mi cuarto. ¡Si tan solo saliera el sol! Pero será una larga noche, y mis amigos estarán muertos a esta hora. Eso es lo que ha terminado conmigo. ¡Parecen dos mil vidas! ¡Juraría que han pasado dos mil vidas si no tuviera las fechas y los números conmigo! Ha reabierto todas las heridas. ¡Ya había olvidado este dolor!  Es mejor cuando el dolor te supera, y tienes que irte de tu cuerpo; pero cuando lo manejas, es una lucha que te agota, te quita aliento. Este dolor se mantiene en la línea de lo tolerable, pudiendo acabarme se empecina con su sadismo y por eso hasta puedo describirlo.

Soy como un animal: aprendo a golpes. Estoy asustada. Me duele el dedo que sostiene mi cabeza. Este dedo que presiona mis lóbulos, que escarba en la raíz. Mejor vayan a criar cuervos. ¡Yo tengo tanto qué perder! ¡Son tantos signos de exclamación! Si fueran de otro tipo, si evocaran otras cosas, pero permanecen en la misma posición, como pedazos de marea en el cielo. Es esta especie de brillo inconmensurable, la risilla perversa, ese crujir de la madera vieja o del techo de zinc cuando sueñas con algodón. Es este pasillo inquieto y frío, sin final, un pasillo solo para mi sufrimiento. Solo yo paso por él una y otra vez, hasta que se vaya con la noche larga, como ahora, que solo puedo evocarlo, pero late, aquí a la par, como si fuera él quien está de este lado escribiendo.

¡Duelen tantas cosas insignificantes! Todo se irá al carajo, incluidos nosotros. Debo orinar vidrios. Debo sangrar a cuentagotas. Debo verme las heridas recién hechas. Pero la estrella vendrá por mí. Entonces verás el tiempo. Regresaré cubierta de tu sangre, empapada de venganza. Y no dejaré que se marche el recuerdo, para reabrir tus heridas.

Por eso me doblas el cuello con tanto odio, porque sabes que llegará mi tiempo, porque pretendes vengarte de lo que aún no ha sucedido, porque desde ahora sientes los chorros bajando por tu espalda, los desmembramientos, los crujidos.

Se te adormeció el brazo prematuramente. Es inevitable. No estés tan confiado. Siempre hay una salida de emergencia. Salirse del libreto es cuestión de despegarse del suelo un segundo. Cambias el giro de la historia y todo se vuelve magma de nuevo, y los cielos se entristecen por centurias, y luego los renacuajos, los pterodáctilos y los propulsores de plasma.

Otra vez tengo ganas de vomitar. Me duele tanto la espalda. ¡Parece increíble que apenas tenga dos millones de años! Me calculo doscientos billones, al menos. Falta tanto. Es sorprendente que en medio de las guerras cósmicas haya visto gente divirtiéndose en Tenochtitlan, con esperanza. No puedo añorarlos, son los que sufren al final. Los demás me verán en el espejo. A veces siento que estoy tocando las teclas del piano o de la computadora. Como si estuviera componiendo una sinfonía, un réquiem para ustedes. Y va tan triste la melodía, y es casi como si pudiera verlos leer y escuchar, temblorosos, sin imaginar la palabra que viene, presintiendo algunas cosas sin forma. Al renglón siguiente lo entenderé, pero pasan las hojas y no entiendes nada, no entiendes nada, te quedas ciego, de pie frente a mí, preguntas qué escribo, que si son secretos, y me cierras la puerta; te conozco, me cierras la puerta en la cara, pretendiendo ahuyentar los lobos, tranquilo, hoy no hay luna, solo nubes y arena en tus ojos.

Sigue el ritmo. Siente las pausas. Mírate tan inocente. Entonces llega el disparo, la penetración del metal, el calor de la sangre a borbotones. Caes inundado en un charco de signos interrogativos, y sabes que de ahí no te levantarás. No puedes mover ni un solo dedo. Pero te saco del agujero, yo, que te metí. Te doy un respiro, y vuelve esta desazón, el dolor de cabeza, la incomodidad de toda posición, la mirada perdida en el centro de una letra cualquiera.

Este es el silencio que temía: el final, la ausencia de palabras. De explicaciones. Volver a lidiar con el abandono fetal cuando parecías obra maestra. No me queda ni una letra más en el corazón. Me vacié. Arrójame antes que te contagie. No te dejes seducir por el blanco. Repite la estrofa hasta que la memorices. Llevarás contigo la profecía, el mundo a tus espaldas, pero nunca la buena nueva.


Diego Mora: Vásquez de Coronado, San José, Costa Rica; 1983. Ha publicado Tótem Suburbano (poesía): Ediciones Andrómeda; San José, Costa Rica, 2006. Estación Tropical (poesía): Editorial Catafixia; Ciudad de Guatemala, 2010. Historias de inodoro (microcuento): Milena Caserola; Buenos Aires, Argentina, 2010. Educación con medios (académico): Editorial Académica Española; Madrid, España, 2011. Facebookatura (novela gráfica): Ladrillo Negro, 2012. Las Meseras del Park Avenue Café (poesía): Editorial (H)onda Nómada; Ciudad de México, 2013. Peter Pan 220 (poesía): Editorial Jaguar; Quito, Ecuador, 2014. Monóxido de carbono (poesía): Hanan Harawi Editores; Lima, Perú, 2015. Niños no hagan esto en casa (poesía): Ediciones Litost; Santiago, Chile, 2019. Aparece en antologías tanto de poesía como de narrativa y en revistas literarias, académicas y digitales. Es Doctor en Estudios Culturales de la Universidad de Cincinnati, Máster en Literatura Latinoamericana de la Universidad Estatal de Nuevo México y Licenciado en Psicología de la Universidad de Costa Rica. Ha dirigido talleres literarios y proyectos cartoneros en diferentes tierras del continente americano. Actualmente es profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica.

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