Amanecer que se esconde de la tierra
Laudiato funebris de Antonio José Rivas a Zósimo Zara
Hasta aquí llegamos negados como en un sueño
uno junto al otro.
El estrujado cielo cayendo de nuestras manos juntas
nube vibrante como estrella solitaria
nosotros como piezas de embalaje.
Juntos, como en un sueño
que se transforma en la arpillera
de un sol enmudecido y ciego
con los dedos rotos señalándote,
crujiendo con sonidos de viento.
Te hablo con el letargo de un muerto en este pueblo
somnífero celeste como barco anclado
pariendo niños que aprenden a persignarse antes de nacer.
En esta ciudad tiniebla
no hay necesidad de palabra
ni deseos desesperados
nadie cabe en los ojos de nadie
ni en los tuyos caben los días
o en los míos alguna fortuna paralela
aunque guardan nuestros ojos la libertad
como un secreto de plasma
hirviendo en el centro mi visión penumbra
ansioso de llenarse de miríadas de anhelos
que se tumben sobre la carne y los fragmentos
de este encuentro interminable.
Atravesándonos los brazos, la palabra
como negándose a pensar.
Debajo de tus labios, una sombra de pantano
que me hace creerte selva,
por las hojas que te crecen del tronco
hasta la hiedra de tu cráneo revólver
que es una conmoción de piedra madre
y me doy cuenta, más allá de lo que pueda ser posible,
cada vez que paso por tu casa
a través de las visiones, miro a tu madre
desmantelando la expansión
adormecida como el jardín
de la zozobra que dejaste.
No sirve de nada que digas ella y yo estamos muertos
porque mi cabeza está hecha de esquinas
y como muerte estacionaria
pendo con sigilo de un incendio presuroso que se hace llamar devastador.
Me golpean las campanas de esta sumisión catedralicia
donde debo enterrarte
y me acomete el deber de hacerlo
con el hambre de quien hace florecer para los otros,
la certeza.
Cometidos y sucesos
Las vertientes no saben que son seres lejanos
y en la lejanía algún día fueron fragancias ante el sol
de visiones y seres alados.
Estos cargan cálices y pan.
Pan para el herido.
Pan para la tierra.
Sé de una virgen que parió la salvación
y esta jugaba en las plazas como un ser cualquiera.
Ahora es la vida sometida.
Ahora es la sangre.
la piedra,
la máscara.
Todos dicen que esto ya pasó
y aquí estoy sometida a sus voluntades
y ninguna quiere dejarme ser.
Me persiguen fantasmagóricas lunas
porque quieren saberme muerta.
Aquí estoy
y mi pensamiento baila
en esta estúpida manía de rugir.
Los excesos de mi búsqueda
Cuando era niña me dijeron que vivía dentro de un pulpo
que mi casa era cerca de su bolsa de tinta, su llama sagrada.
En el cuerpo de un pulpo, se puede sembrar y cosechar
soñar y tener hijos, antes de despertar
frente una pared salina y seca.
Cuando era niña pensaba que vivía dentro de un pulpo
y en ese remolino de promesas submarinas
hice renacer mi casa en su cerebro
y mis ojos eran ventosas
enlazadas por la marina y entrecortada
voz de la tragedia
y la arena
que raspaba las ventosas
me decía palabras hermosas
como hermosa ha sido mi necesidad.
Mi necesidad agua,
mi necesidad de no huir nunca
de los proyectiles que me nacen de los brazos.

Eleonora Castillo (Tegucigalpa, Honduras, 1996.)
Radica en Comayagua. Finalista en el IV certamen de poesía Los Confines, organizado por el Festival internacional de poesía Los Confines, Honduras, con la obra: Yo, eterna. Finalista en el VII certamen de poesía Los Confines con la obra: Efecto Seckau: sueños y vigilias.
Obra publicada:
Carroña, 2019. Ediciones Malpaso.
Flor sonámbula, 2021. Proyecto editorial «La Chifurnia», El Salvador.
Yo, eterna, 2022. Ediciones Malpaso.
