Soñaba el mar

por María González Ramos


I. El indulto

No recuerdo el día del encierro. Las fechas, las horas, las personas y los lugares son borrosos, quizá porque me resultan indiferentes. Recuerdo la tormenta y al viento con sus gotitas afiladas lacerando mi piel. Y no me muevo. Recuerdo el murmullo de un río helado, sentirlo penetrar por los poros de mi cuello, abriéndose camino en mi interior. Y no huyo, permanezco inmóvil, casi desafiando al diluvio. En el exterior crece el caos, ahora el agua nos llega a los tobillos, las multitudes corren en busca de un techo que los ampare, los gritos se intensifican. Y pienso —¿quién piensa en medio de una tormenta?—, pienso que el agua no me dañará y que unas cuantas pertenencias mojadas carecen de importancia. Ahora, en este recuerdo vívido, yo soy aún la pertenencia de alguien, y carezco de importancia bajo la lluvia.

Pienso que soy la excepción, me lo repito una y otra vez —con la misma devoción de los creyentes repitiendo sus rezos alrededor mío—, hasta convencerme fielmente de ser inmune a la catástrofe, me considero merecedora de su compasión. Sin embargo, algo en el exterior me lleva a arrastrarme hasta un refugio. Estoy horriblemente equivocada, yo aún no lo sé. Peor: dentro de mí, en la médula y las venas de mi cuerpo, se ha comenzado a gestar la furia del agua.  

Estoy lejos de casa, aunque conozco hace tiempo esta tierra más bien desértica, donde ahora se divierten nadando cientos de hojas y ramas que rodean nuestras cinturas. Este lodazal será pronto campo verde. Las últimas gotas terminan por caer, pesan, vienen enunciando la oscuridad helada, perpetua. La lluvia estancada en mis recovecos comienza a solidificarse en mis articulaciones. El dolor nace, viene desde el interior, como alfileres delgados que brotan desde el cartílago y extienden sus raíces por toda la extremidad.

Y no me muevo, porque no puedo.

II. La adaptación

El encierro duró un año, tiempo suficiente para que mi cuerpo de mujer mutara monstruosamente.  Pronto aprendí a caminar con tres pies; cuando mis hombros subieron hasta la altura de las orejas, tuve que reptar por las escaleras, hasta que mis codos se llenaron de costras. Sin la ayuda del sol, mis articulaciones quedaron congeladas, dejándome postrada día y noche en cama, donde mi único movimiento provenía de mi respiración. Poco a poco el calor abandonaba mi cuerpo, espesando la sangre, haciéndola fría.

El llanto se desbordaba caóticamente desde mis dos enormes cuencas purpúreas y apagó la luz del rostro; la sal terminó por pudrir mi cutis, antes nacarado, ahora lleno de pequeños volcanes hirvientes que compensaban la falta de carmín de los labios. Mientras el vello facial se extendía con grosera velocidad dejando espinas por el mentón, las mejillas y la frente, los cabellos se desprendían de mi coronilla sin esfuerzo, hasta igualar a las de los mártires.

El resto del cuerpo no corrió con mejor suerte en su deformación. Las escamas de la espalda se llenaron de cal y moho por consecuencia del constante sudor frío. Mi ansiedad llenó mi torso de urticaria y llagas abiertas donde desquitaba las horas afilando mis uñas. Mis pechos ya eran tan sólo dos sacos vacíos colgando a los costados, similares a branquias. El verde de las venas y el amarillo indicador de la falta de vitaminas eran lo único que daba color a ese ente reseco que gemía lastimosamente mientras la nada lo consumía. Sobra decir que el aliento pantanoso era apenas soportable. No tengo idea del aspecto de las orejas, con las que únicamente escuchaba un goteo agudo proveniente de mis adentros.

No me importó. Mi cuerpo viejo era común, difícil de mantener. Mi nueva forma pedía una sola cosa.

III. La liberación

Cuando era niña bebía vasos de agua con sal, jugaba a asolearme en la azotea mientras contenía la respiración y jugaba a contemplarlo en las nubes de espuma sobre el cielo celeste. Sabía que no estaba allí, me lo decían mi lengua cuarteada, el dolor de las quemaduras y las constantes insolaciones. Me lo gritaban las clases de natación y el viaje a la playa que no podíamos costear. Todas las noches soñaba en construir castillos de arena y chapotear en la orilla, anhelaba recoger conchitas y subir trepando por la línea de costa. Pero el anhelado encuentro no llegó en ese entonces, pasaron años para realizarlo, fue hasta la edad en que el paisaje resultó meramente melancólico y tuvo un agrio sabor a cebada y olor a fogata.

Todos los días después de la tormenta, me sometía disciplinariamente a tres horas de tortura psicológica. Comenzaba por enlistar todo lo que ya no podría hacer, para después complementarlo con las imágenes que obtenía mediante mi única ventana al mundo exterior, el de ellos, donde el tiempo existía con normalidad. Llena de rabia y rencor, rápidamente me convertí en una observadora silenciosa. Abandoné el habla, no había con quien conversar dado mi terrorífico aspecto. Escribir, dibujar e incluso intentar señalar con mis entumidos dedos no era opción. Mi mente envejeció a gran velocidad, quedé sin pensamientos, ya no podía formularlos. Había dejado de soñar.

El agua estancada es tan destructiva como la tempestad, oculta peligros desconocidos. La que parasitaba mi cuerpo parecía mantenerme con vida para hacerme sufrir lenta y desgarradoramente a cada pulsación. Quizás me había cansado de esperar el fin, tal vez el agua no tocó los recuerdos más profundos o era mi propio grito desesperado de ayuda, pero yo debía de llevarnos al origen, liberarnos de mi propio contenedor. Ceder a su seducción, responder a su eterno llamado.

Sucedió al amanecer. Cerré los ojos y en lugar de la horrible nata negra de siempre, apareció frente a mí una inmensa masa azul apenas tocada por líneas dorada. Y era mío. Un riachuelito fue creciendo bajo mi esternón. El viento húmedo se pegaba a mi piel. La arena y sus diminutos diamantes separaban los dedos de mis pies que aún conseguían mantenerme erguida. La leve marea imantó el agua que albergaba en mi interior. Y caminé hacia él. Las olas lavaron con destreza mi piel, huesos y órganos, devolviéndolos a las algas y los corales. Mi respiración quedó a la orilla, protegiendo las casas de los cangrejos, todas mis uñas y dientes formaron un camino de conchitas hasta el talud, donde el abismo me abrazó hasta disolverme en la solución marina donde ahora habito. Yo —no mi cuerpo—, sonreí. Cuando la gente llegó a la playa en el horizonte flotaba el último rastro de carne, era más pequeño que un puño.

Cuando era niña soñaba el mar.


María González Ramos. Egresada de la carrera en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana (2015-2020) y del Centro de Educación Artística Frida Kahlo con especialidad en teatro (2011-2014). Ha continuado con su preparación artística con diversos talleres y diplomados en las técnicas del dominio del cuerpo y la voz, gimnástica de la danza, kinesiología y biomecánica. Ha participado en diversas puestas en escena como actriz, entre las que destacan  la obra No más margaritas para los cerdos (2015-2017) y la adaptación libre para teatro de la poética de Juan Rulfo Teníamos el silencio (2017) con la Compañía de experimentación literaria La estructura del silencio, bajo la dirección de Aurelio Hamxe. De 2016 a 2020 participó de manera intermitente en el taller de danza folklórica Xochipilli de la UAM-I, a cargo de Selene Luna. En 2014 inició su formación en las artes circenses en Circo Volador y desde 2015 a la actualidad se dedica a impartir clases de danza aérea para todas edades en distintos espacios, con enfoque en las bases del circo social.

Disertaciones existencialistas entre el Abismo Negro y el Tinieblas

por Francisco Alberto Gutiérrez González


El cuadrilátero es una isla solitaria después de la lucha. En silencio, entre olores de palomitas con mantequilla y sudor rancio; la “Arena México” se convierte en un limbo alterno entre la vida y la muerte para los pugilistas. Los luchadores, actores incansables de fiereza heroica, ídolos dignos del coliseo (aunque la “Arena Coliseo” sea más pequeña) a menudo utilizan el recinto como oráculo para esclarecer sus más profundas dudas. Como en la antigua Grecia a la plaza de Atenas; e Imitando a los grandes maestros griegos en los relatos platónicos acerca de Sócrates, se pierden en disertaciones filosóficas para darles forma y sustancia a sus personajes intentando resolver dudas existenciales acerca de la forma de sus máscaras. La plaza de Atenas…lugar donde los filósofos iban a construir sofismas en busca de verdad: ahora es la Arena México, dominada por un grupo de enmascarados con miedo a mostrarse la cara, ¡booo! ¡Te asustoo! Piensan al mirarse el rostro en el espejo.

Ahí localizadas, suspendidas en un lapso atemporal se encuentran dos máscaras intentando descubrirse. Dos máscaras lanzándose preguntas que dejen ver más allá de lo evidente. Dos máscaras que invocan al  ojo de thundera  intentado rastrear su humor humano, que buscan tocar nervios sensibles, buscando debilidades ¿Qué es lo que se espera ver cuando alguien se esclarece?

En lucha libre ver la cara de tu oponente es el mayor de los bienes… detrás de la máscara hay carne y hueso, hay rostro y facción, hay esencia humana invisible a través de ella, hay claridad. El oponente queda expuesto, visible. Por eso es tan importante para los luchadores obtener las mascaras de los rivales. Una vez perdiendo su máscara el oponente es más vulnerable, se sabe en desventaja, por transparente… al luchador solo le queda la cabellera para ocultarse… la cual ocupara inmediatamente el lugar de la máscara como tesoro más preciado. Perdiendo la cabellera no hay más, solo queda la  vergüenz, el retiro es inminente, como en la vejez la calvicie anuncia el paso de la gloria, en lucha libre la pérdida del cabello representa la derrota.

—Ontológicamente ¿Qué es ser rudo? —Le pregunta Abismo negro al Tinieblas. El señor oscuridad, intentando poner todos sus años de experiencia en el pancracio, le responde llanamente: 

—principalmente no ser un técnico. —

 A repuestas vagas, oídos sordos… el pupilo inexperto, dulce oscuridad ensanchándose en un cuero pequeño, no puede ocultar la inocencia de sus ojos de plato, testarudo y atolondrado, lanza una duda necia y por tanto castigada por todos los filósofos enmascarados… y… con cara de caricatura japonesa extasiada, pregunta: 

— Y ¿Qué es no ser un técnico? Tinieblas-san —

El golpeteo de la necedad le retumba en los tímpanos. La gesticulación del hartazgo se hace presente en su cara que responde como síntoma con la parálisis facial, los ojos en desorbitados hacia arriba y el pestañeo tembloroso de tic nervioso que acompaña a quien está oyendo una idea repetida un millón de veces a la que el hastió ya toma por asco. El tinieblas, oscuridad consumada, negrura espacial y cósmica, abismo que ya se lleno de lo que se llenan los abismos; Responde:


— como definir  ser rudo es fácil: ir sobre el rival como una bola de demolición. No darle tiempo para defenderse. Saltarse todas las reglas. Causar dolor  con la victoria como único fin y por encima de toda ética. Ser un ente perverso. Ser oscuridad total. Ser un vacío cósmico. Y, principalmente, no ser un técnico.

Las palabras dadas caen como trueno, un trueno rompiendo el himen de una flor no lista para abrirse a recibir los cálidos rayos primaverales que todo rejuvenecen y fertilizan, la flor de la ignorancia esperando ser iluminada por el sol de la verdad; que linda es la fotosíntesis cuando la luz se convierte en alimento, la luz que todo sana, abismos y tinieblas se vuelven praderas y llanuras con tanta vida que es imposible negar su vitalidad. Todo florece, incluso máscaras yermas y resquebrajas pegadas a cueros resecos.

Las palabras dadas suenan como tambores de guerra, son más una sentencia que una respuesta, “maquina aniquiladora…ra…ra…”. Se repite el eco mentalmente en este abismo, abismo negro, maquina aniquiladora de  luz  engulléndola en sus profundidades, pozo sin fondo ebullendo en un cuerpo lleno de aire.

Que desgracia. Qué carta tan dada e irrevocable. Un monstruo sin rostro, condenado a deambular preguntándose ¿Quién es en mi siempre o a veces? ¿Qué es ser rudo si no una maquina aniquiladora? Qué es ser rudo sino ternura reprimida y negada al paraíso de la bondad técnica. Los técnicos personajes míticos de benevolencia inagotable, los técnicos  realidad inversa,  vórtice dimensional en donde los valores del “ser-abismo” y “ser-tinieblas” se recrean  y  transforman en “ser-luz”, «ser-llenura-firme-florecida», “ser-santo” y “ser-místico”. Esos y no otros, los técnicos, son la prueba de la pureza negada…ontológicamente negada desde el inicio de los tiempos y de la lucha. Sí,  ellos son los responsables de que las palabras suenen a sentencia y no a respuesta. “Ser-rudo” es “no- ser- pureza” es “ser-abismo-negro” el pupilo del tinieblas por fin se entera y languidece de tristeza y furia. 

— ¡Malditos técnicos! — masculla este abismo con el resentimiento de quien ve la vida pasar ante sus ojos sin poder intervenir—Maldito el Santo y el Místico, y el Santo Jr. Y todo su linaje santificado y los que estaban antes y los que vendrán después a intentar llenarme de luz y bondad,  los que intentarán hacerme otro y convertirme “explanada- blanca” y abandonar este abismo que me llena y me consume al no conocer saciedad — Eso masculla y  mientras piensa en su desgracia, algo le brota como traído  desde una realidad alterna en donde se planean los actos antes de llevarlos a cabo,  como desde el mundo de la ideas de platón o desde la extrañeza de los fenomenólogos, desde la metafísica a lo físico y a la existencia; Masculla, masculla y rechina dientes… aullando a la negrura de su abismo la tristeza de no ser santo.

Parpadeante y perplejo con el pestañeo típico de quien busca comprender algo que no le encaja, este abismo lanza otra pregunta necia a las tinieblas, buscando ver la luz reveladora.

—Y ¿quién nos dijo lo que es ser rudos? tinieblas-san y ¿por qué ser rudos nosotros y no otros, los técnicos por ejemplo?

Las tinieblas se pierden en la negrura de las preguntas en el abismo… que in-certera es la duda cuando no puede formularse en una cuestión. Preguntas agudas revolotean su fondo, como quien revuelve un estanque con petróleo o chapopote con las manos y sale con los brazos tintados y sucios. Tinieblas-san, intentando aclarar la duda de su pupilo interioriza la congoja y angustia del abismo en la pregunta, para articular una respuesta sincera. Nota que el fracaso solo se vive en la dualidad de caer del otro lado de la moneda. Tinieblas-san… piensa en la sustancia de la existencia repartida en un abanico de binomios que se contraponen… piensa también en la existencia del mal y el bien, quizás como el binomio más representativo en la vida de los hombres. El ying y el yang repartiendo papeles y roles desde el origen de los tiempos, cuidando no mezclarse entre sí pero lo suficientemente cerca el uno del otro como para notar su presencia e incomodarse. Une palabras, piensa conceptos, articula discurso y emite:

— Verás, abismo mío. Pupilo querido, llamarada consumiéndose por la flama de la duda. Agujero pletórico y rebosante lleno de preguntas. ¿Cómo te explico?, ¿Cómo?, Si el determinismo es en realidad un juego de azar sujeto al contexto de dos bandos, los rudos y los técnicos, en el que nada tienen que ver nuestras decisiones ni elecciones. Negrurita mía, escucha, digamos que en el principio alguien en algún sitio tenía un cubilete con un dado que en cada  lado tenia las mismas dos figuras, la técnica y la ruda, una por cada bando…ese alguien te observaba como quien piensa su próxima mano de póker. De modo que antes de que tu llegaras al pancracio y decidieras ser luchador de manera profesional, ese dado ya había sido lanzado sobre la mesa de juego por ese alguien, la mesa es una metáfora de tu vida,  tu destino ya tenía un rumbo, eres lo que eres por tu esencia que se encuentra de manera sustancial en tus acciones. Alguien o puede ser que tú mismo en abstracto  lo ha decidido así (puedes creer lo que quieras).   De modo que al momento de entrar a esta arena, la majestuosa “Arena México”, al momento de dar un paso adentro de este oráculo luchístico, todos nosotros vimos de inmediato a tu rudo interior, tu rudo interior está marcado en tu semblante como una estampa escandalosa que quisieras arrancarte pero te identifica a simple vista, te delata desde antes de emitir palabras, hay que saber leer a la gente me decía mi padre cuando era pequeño. Ama tu cara ruda, no intentes arrancar algo que tienes impregnado en la crisma, lograrlo  sería arrancarte el rostro y la piel, quedarías desollado, porque tu rudeza se representa en cada uno de tus movimientos y gestos, cuando vuelas desde la tercera cuerda y engulles a tu oponente dentro de tus profundidades, es la rudeza y violencia de tu vuelo lo que te hace “ser-rudo”. Por más que comprendas lo que es “ser- técnico”, te maravilles ante sus hazañas heroicas y te conmuevas por su fortaleza, nunca podrás llegar a la paz de su gloria, porque no eres y nunca serás el héroe, sino el villano—.

Abismo negro, colapsado por su verdad irrevocable, fatigado por tratar de entender los trucos de azar, de pronto, siente un palpitar por dentro, el tamborileo de la presión sanguínea punza en sus sienes, una descarga eléctrica va erizando cada uno de los poros capilares haciendo estática, la piel de gallina se hace presente, la vista se le nubla, la respiración se agita, el ritmo cardiaco es la aguja de una máquina de coser cuando se aprieta el pedal hasta el fondo, Shock..shock… ¡panicooo! Pánico es la palabra que define a la respuesta de su mentor, un pánico paralizante, el pánico como un trance catatónico. Un trance que lo desmorona a nivel atómico, cada electrón de su cuerpo tiene miedo, la nausea de Sartre sería un mal chiste intentando explicar su situación actual, un trance del que si se sale ocurrirá una resurrección. De pronto algo llega a su cabeza, primero como un rescoldo de algo luminoso, luego como un destello y finalmente como un rayo de luz. ¿Por qué ser técnico tiene que ser mejor que ser rudo? La esperanza coquetea con un cambio de visión del mismo horizonte, la luz es otra pregunta necesaria, necia hasta las trancas pero necesaria, así que con congoja, tímido y con miedo de desatar la ira de su mentor se atreve a preguntar otra inocencia.

— Tinieblas-san , perdón por mi atrevimiento y no es que yo pretenda dejar de ser lo que soy, ni ponerme por encima de sus enseñanzas, pero, ¿quién nos dijo que “ser-tecnico” es mejor que “ser-rudo”? ¿Qué es ser técnico tinieblas-san? —

Tinieblas, ya más oscuro que de costumbre, fatigado de tanta duda y con poca idea de cuáles son las respuestas a las preguntas del abismo,  articula lo más definitivo a la definición que le exigen. Después de esta respuesta, lo siguiente que recibirá este “black hole”,  será un sillazo en la espalda con la silla que está debajo de ellos, una silla de utilería , que se quedo ahí de la lucha anterior para reivindicar su condición de rudos.

—¡¡¡LOS TÉCNICOS, LOS TÉCNICOS, LOS TÉCNICOOOOS!!! —

— ¿Qué es ser técnico? Fácil: como las crisálidas que guardan algo horrible dentro… ser un monstruo de lucha que en vuelo se convierte en algo bello. Representar la magnificencia de la bondad desplomarse desde la tercera cuerda y en la embestida dejar pegada una etiqueta beatificadora en el rival, que al levantarse estará rehecho y purificado. Abrir las alas como mariposa o ángel para después lucir aureola sobre la cabeza. Ser un santo plateado, un Cristo mártir, una supernova eyectando luz iluminando el costado de una galaxia cada vez más llena de sombras, ser paz y nobleza como etiqueta de presentación, ser esperanza pensando que el mal puede ser transformado en bondad si se le da un golpe certero, y,  fundamentalmente,  no ser un rudo. —

El pequeño abismo finalmente lo entiende pero no le cuadra, ser técnico parase bastante aburrido, y de pronto, como quien con solo ver los planos ve la obra negra terminada, tiene la epifanía, sabe lo que ocurrirá. La silla esta coqueteando estática esperando definirlo, por fin . Observa a su maestro, con expresión de misterio y miedo. Su maestro ha tenido la misma revelación y le mira con una sonricilla cínica, se leen la humanidad bajo las máscaras, el plan de lucha ya ha sido trazado en sus mentes. Esto pasará a la velocidad de los reflejos gatunos, el que tenga la mejor garra saldrá victorioso. Los dos miran la silla como si fuera la última albóndiga en un plato de spaghetti  compartido, la competencia terminará en un pardeo. Es un momento decisivo, el abismo lo sabe y el cuerpo le tiembla…la escena vista desde fuera, es como observar un duelo en el lejano oeste, las manos más rápidas podrán la bala en su sitio, El abismo mueve su brazo a una velocidad antinatural, en una torsión como de máquina revolvedora toma la silla y se levanta, el impacto es inminente, las tinieblas son el blanco y están muertas de miedo. Tinieblas-san lo mira hacia arriba sentado aún en el cuadrilátero. Intentando huir se baja a la explanada y se para frente a las cuerdas, ve al abismo subir la primera, la segunda y la tercera cuerda como si fueran una escalera de resortes, el salto sucede de inmediato, ve descender al abismo en vuelo en cámara lenta, la silla brilla con la luz de los reflectores, sabe que está acabado, cierra los ojos, se oye un golpe seco y metálico que hace eco en la arena, las tinieblas se iluminan y se apagan con el impacto, caen noqueadas al momento. 

La cabeza del tinieblas está ensangrentada, el abismo se le echa encima y lo pone a espaldas planas. 1…2…3 palmadas, la lucha termina, el alumno siempre supera al maestro, lo deja fuera. La ley del más fuerte es universal, comprende con la práctica que eso es “ser-rudo” no respetar nada, ni a nadie, sabe que le ha tocado la mejor cara de la moneda, la más realista en un mundo de competencia. Que aburrido ser técnico se repite mentalmente. Nublado por el frenesí y la adrenalina, agarra aire y se llena los pulmones, observa al tinieblas noqueado en el suelo, se levanta… y como un animal que ruge para mostrar su poderío grita:

—¡¡¡LOS RUDOS…LOS RUDOS…LOS RUDOOOOOOOOSSSSS!!!—

El eco sale disparado del Ring en todas direcciones, pasa por las butacas y atraviesa las puertas, cruza la calle, algo así como una peste que avanza silenciosa e invisible contaminando las avenidas. Afuera nadie lleva máscaras pero el mundo es una lucha, los técnicos no tienen lugar en la realidad, son pura teoría beatificante, la moneda ha sido lanzada, la cara siempre cae del mismo lado, —LOS RUDOS… LOS RUDOS… LOS RUDOOOOOOSSSS!!! —  Vuelve a gritar alienado, el abismo lo entiende para siempre y se sienta a esperar que las tinieblas despierten.


Francisco Alberto Gutiérrez González (1989) Nació en Hermosillo, Sonora, México. Es estudiante de lingüística en la Universidad de Sonora. Ha publicado en distintas revistas: Hayaza No.20 (2016) del departamento de letras y lingüística de la Universidad de Sonora; Revista Mala Palabra No.0 (2016)  bajo el seudónimo de Mr. Muerte; Revista La Nave Errante No. 1. (2017). Ha sido publicado en varias revistas en línea de poesía nacionales e internacionales,  entre las cuales se encuentran las revistas “Revista El Humo” “Hologramma” ”Digo.palabra.txt” “Revista Cantera” “un 17 de marzo” “Revista antagónica” “Revista Shandy” “el coloquio de los perros” “Pez banana” y pertenece a la antología en línea “Poetas del siglo XXI”. También ha colaborado en varias ocasiones en la organización y lectura de obra literaria en el encuentro anual de escritores Horas de Junio, organizado por la Universidad de Sonora (2012, 2013, 2015, 2017). En 2012 perteneció al movimiento poético sonorense “Los poetas del fin del mundo” con el que coexistió en inquietud literaria todo ese año. Actualmente es editor de la revista de literatura en línea  “La máquina parlante”.

Domitila

por Sebastián Nicanor Guzmán


I

Salió de su casa y llegó a la estación de trenes a las seis de la mañana. En su itinerario semanal, los miércoles y los viernes iba acompañada sólo por el viento, esos días sus padres entregaban los pedidos de la maquila. Vivian a orillas de una barranca, su casa estaba cubierta con láminas de cartón y asbesto, sólo había dos habitaciones, en una había una cama compartida por tres personas y en la siguiente, rodeadas de pequeños muebles, estaban las dos máquinas de costura encimadas sobre una base de madera. Alrededor del taller casero había todo tipo de estambres, en ese rincón de la casa sobraban los colores, de ahí salían los suéteres y faldas para colegio. Para Domitila su lugar favorito era el taller de sus padres porque era el único lugar donde podía ver un arcoíris. Siempre hallaba la manera de escurrirse entre las telas, evitando deshilar las prendas aún no terminadas y las agujas clavadas en los manojos de estambres.

El primer miércoles de abril, esperando el inicio de la primavera en su trayecto matinal  Domitila miró desde la estación a dos hombres empujando a un animal desde la cajuela de una camioneta. Al inicio aquella escena le levantó cierto aire de peligro pues, como el animal estaba cubierto por una bolsa negra, pensó se trataba de un niño como ella. Cuando se fueron de ahí los dos hombres, el perro pudo sacar el hocico y revivir sus pulmones jalando el aire a su alrededor. Lo abandonan por viejo, pensó la niña, luego esperó la partida del tren y cuando pudo abordarlo se colocó cerca de la ventana para ver como el perro, cansino y cojeando, fue a tumbarse debajo de un viejo vagón. Los ojos del animal estaban confundidos, desde lejos se notaban los intentos de la bestia para guiarse por el olfato sin conseguirlo. El tren partió y a su regreso Domitila trató de hallar al animal pero su búsqueda no tuvo recompensa pues, cuando esto pasó, no había ni un alma en la estación y nadie, excepto ella vio al animal esa mañana.

Al cabo de varias semanas y con el recuerdo del perro cada vez más difuminado en su memoria, a Domitila la despertó el aullido de un animal en medio de la noche, lo supo inmediatamente, no era el aullido de un coyote sino de un perro. Lejos de recuperar el sueño, esa noche Domitila no pensó en otra cosa, sólo el cachorro ocupó su mente y al día siguiente con la compañía de su padre salió a buscarlo. Le costó más de una hora negociar con su madre los motivos para conservarlo, pero luego de comprometerse con nuevos deberes, entre ellos salir a repartir los encargos de la maquiladora, la madre decidió aceptar al animal porque así también le regalaría el gusto a su hija de tener una mascota sin gastar dinero.

La familia creció con la llegada de Tirado, el nombre del cachorro fue escogido luego de un fracaso por ponerle un nombre original, fuera de eso el animal aprendió rápidamente a adaptarse a la familia. Con las nuevas responsabilidades de Domitila, Tirado aprendió todos los caminos de repartición, lograba ubicarse por el sonido de un ganado, por la fricción de las vías y por el tono de voz de algunas personas. Con la llegada a su nueva familia y la alimentación constante, Tirado comenzó a recuperar poco a poco la fuerza de su olfato. Los ojos del animal no tuvieron el mismo fin, tenía en sus cuencas dos bolas de algodón como dos pequeñas nubes, negándole ver el mundo. A pesar de tener el ánimo altivo, los problemas de visión del animal ahuyentaban a las personas cercanas por el temor a sus ojos ciegos, cenizos.

II

A mediados de primavera los pedidos de la maquila fueron cada vez menos y tanto Domitila como Tirado tuvieron más tiempo para salir a divertirse. En aquel lugar, el aire y el cielo comulgaban en un azul metálico, bañando aquella barranca de un ambiente armonioso y haciendo brotar girasoles que servían como escondite de juegos infantiles a los niños del pueblo. Del canal de aguadulce subía hasta la casa una brizna como de mar refrescando los días más calientes y condensándose en los nublados. Bajo el constante sonar de pájaros, croar de ranas y serpenteo de lagartijas, Domitila dio las primeras muestras de convertirse en paisajista.  Con las hojas de algunas plantas armó su primera paleta y bajo el incandescente sol de Mayo retrató la naturaleza a su alrededor en una pieza de madera del tamaño de una maqueta.

Pasaron los meses de sol y en San Lorenzo Matadamas llegó la época de lluvias. Todos los años la familia de Domitila ponía en vilo su vida para proteger su casa, ahí arreciaban las tormentas y el calor tropical de la primavera se convertía en un bochornoso lodazal capaz de arrastrar con el ganado y la vida de las familias. Con anticipación, las paredes de adobe de su hogar eran recubiertas con una capa de cal, arena y grandes bultos de tierra barrosa para hacerle frente a los aguaceros o al torrente de la barranca. Los techos de lámina se cubrían con hojas secas y se le incrustaban vigas paralelas de madera para resistir cualquier granizada. Las máquinas de la maquila se cubrían con lonas transparentes y estaban sujetas a la tierra con grandes tornillos oxidados. Toda la gente de San Lorenzo amarraba sus casas a la tierra y se enclaustraba con su familia a esperar la culminación de las lluvias.

Cuando pasaron las lluvias de monzón el número de víctimas por el agua sólo consiguió hacerse de una muerte. Un albañil de San Lorenzo llegó borracho a la estación y se quedó dormido junto a las vías, cuando despertó, a su alrededor habían más de un millar de lagunas y el cielo se exprimía como una esponja gigante, sabiendo imposible regresar a su casa decidió quedarse en la estación y al día siguiente lo encontraron unido a una de las bancas junto a las vías. Las bajas temperaturas habían no sólo congelado el corazón de aquel albañil sino lograron unirlo de tal forma que se necesitó la ayuda de diez hombres para romper la relación glacial entre ambos cuerpos.

III

Nuevamente los trabajos de la maquila iniciaron en la casa de Domitila, pero a los pocos días el gobierno estaba regalando sábanas, cobijas y suéteres para hacerle frente al frío, esto redujo las labores de costura hasta casi desaparecerlas. La pérdida de aquellas ventas obligó al padre de Domitila a buscar un nuevo empleo aunque eso significara dejar a su familia la mayor parte del día sola. La madre, por el contrario, cambió un par de aretes de plata, a pesar de ser el único regalo de sus padres cuando cumplió quince años, por doscientos pesos. Cuando tuvo el dinero en sus manos decidió utilizar la mitad para apostarlos en el casino del pueblo y, con la suerte de principiante aunado a la habilidad nula para apostar, perdió los primeros cien pesos en una hora. Con la sed de ganar corrompiéndole la sangre, la madre de Domitila decidió apostar los cien pesos restantes y los perdió en la siguiente hora. Sin dinero, regresó a su casa con las manos huecas y se puso a llorar su mala suerte toda la tarde hasta cuando su maridó regresó del trabajo para consolarla. Sumidos en la tristeza los padres de Domitila trataron de consolarse olvidándose completamente de la niña.

Cuando su madre perdió los doscientos pesos, Domitila, con cierta independencia, se había salido a jugar rumbo a la estación de ferrocarriles. Los antiguos vagones eran el lugar idóneo para esconderse y divertirse. En aquella estación el ferrocarril solamente abordaba el tren dos veces al día con cientos de miles de personas en cada llegada, miles de albañiles y servidumbre bajaban luego de su jornada diaria, luego arrastraban toda la máquina locomotora hasta su lugar de descanso e iniciaban las actividades en la madrugada. En aquella época el arribo de la locomotora era retrasado comúnmente por las inundaciones y los derrumbes, haciendo imposible pronosticar un horario de llegada. La gente dentro del tren normalmente hervía entre el olor, el sudor y la mugre. El día en el que la madre de Domitila perdió los doscientos pesos, las ballenas grises del suburbano estaban atascadas y retacadas de personas. Casi sin oxígeno dentro, la gente intentaba apresurar con golpes en las puertas y ventanas, el avance del tranvía sin obtenerlo. Cuando por fin comenzó su marcha, dentro de cada vagón estaba por extinguirse la última partícula de aire puro y la muchedumbre entre lágrimas había agarrado un color amarillo de enfermo hepático. Se necesitó de la organización de todos para llegar con vida hasta la estación de San Lorenzo, abrieron las ventanas a pesar de la llovizna pidiéndole al cielo no les colocara un retraso mayor en las vías.

Cuando el tranvía entró en San Lorenzo, Domitila y Tirado estaban jugando sobre el corredor de la estación desierta, no hubo mucho tiempo de reacción, la niña y el animal se vieron de un momento a otro frente a una horda de personas desenfrenadas y poco o nada les bastó apresurar el paso para dejar el camellón libre a los residentes. A un lado de las vías férreas Tirado cayó maltrecho y apenas tuvo la fuerza suficiente para colocar el hocico sobre la orilla de ese corredor. Frente a sus ojos cenizos todo sucedió, la muchedumbre avanzó buscando oxígeno y entre tantos alaridos la voz de Domitila se perdió dándole a Tirado una experiencia de sordera a pesar de estar rodeado de sonidos. Por último y a causa de la brizna del clima, el olfato del animal sólo pudo dirigirlo a hacia un herrumbroso vagón.

Para cuando salieron a buscarla los padres de Domitila sólo hallaron a Tirado, tenía los ojos azules aperlados y rojos como de haber llorado por bastante tiempo. La noche en San Lorenzo estaba estrellada, debajo del firmamento los padres y el pueblo buscaron a Domitila. Nadie durmió hasta recorrer cada sitio, vagón, callejón y casa buscando a la niña.

IV

Desde entonces en San Lorenzo escasean los niños, la noche donde Domitila desapareció su padre se encerró desesperado, se metió en su casa y atracó la puerta desde dentro, no dejó entrar ni a su mujer y desde fuera sólo se escucharon los gritos bramando y mugiendo por su hija. Cuando lograron tirar la puerta de su casa, el padre de Domitila estaba tendido sobre un catre abrazado a una botella de aguardiente vacía, las máquinas de la maquila estaban arrancadas del suelo con un cuajo de tierra y los estambres donde retozaba la niña estaban regados por todas partes. Luego de cuatro días sin haber dado señales de vida, el padre de Domitila despertó y le contó a su mujer un sueño en donde le robaban a su hija.


Sebastián Nicanor Guzmán, nacido en 1995 en la Ciudad de México. Egresado de la licenciatura en Letras Hispánicas de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa. Su investigación terminal estudia la concepción del héroe moderno dentro de la literatura de la guerra civil española. Sus intereses principales son: Novelas de Dictador, el posmodernismo, el erotismo y lo grotesco. Actualmente se dedica a la enseñanza.

Selección de «literominutos»

por Gerardo Allende


Cafetera

Friolenta mañana amenazaba con condensar los impulsos de aquel despertar. Los ojos pesados, la mano izquierda dormida y la derecha indiferente. Las piernas indispuestas. Los oídos apenas podían evitar irritarse ante las ondas que, tras la ventana, anunciaban que el mundo administrado se ponía en marcha para repetirse en novedades prestas a ocupar un espacio en la anecdótica realidad. Mi boca saboreaba la espesura de la noche, dejando al olfato juzgarla como mal aliento. El estómago, aún indispuesto para cumplir sus funciones, no soportaría más que un trago de agua. Poco esfuerzo haría por levantarme. Poco interés tenían mis ojos de mirar las mismas manchas del mismo techo. Poca voluntad podía agenciarme para hacerme responsable de mi existir. El frío no cedía, aunque incluso bajo las cobijas podía percibir que los rayos del Sol se esforzaban por reflejarse en cualquier partícula a su alcance. De pronto, un aroma cruzó la puerta de mi alcoba informando sobre un café recién hecho. ¿Quién lo preparó? ¿No estoy solo en casa? Pensé que estaba solo. Siempre me pienso en soledad.


Insuperable

Reímos de lo que habíamos creído insuperable, afirma Max Striner, uno de los anarquistas más sugerentes. Yo no soy anarquista, nadie es perfecto. Pero sí sé lo que es reír cuando lo insuperable deviene vivible y deseable. No la risa simplona del que desestima lo pasado y lo remite al reino de lo anecdótico; no la risa sardónica del que pretende ponerse por encima de la realidad y se arroga el mérito de superar lo insuperable. ¡No! Ni simploneria ni arrogancia. Solo la certeza de saber que, cuando me reduzco a mi verdadero tamaño, los problemas de mi vida se vuelven divertidos.


Partir

Lo último que le quedaba por vender era la máquina de escribir que su padre le había heredado. Pasarían por ella al mediodía y esa certeza lo mantuvo despierto aquella noche en que la lluvia no dejaba de estrellarse en su ventana. El insomnio se estiró hasta la madrugada, tanto que antes de que amaneciera tomó una hoja en blanco y la insertó entre los engranajes que resistían para no oxidarse. Con los dedos sobre las teclas, postergaba la escritura eligiendo las últimas líneas que escribiría. <<jrveor9er493435ijpgvbojopbjbolkb33333oj3pvnfve>>, tecleó sin paciencia antes de dejar presionada la barra espaciadora hasta escuchar la campanita que anuncia el fin del reglón. ¡TIIIIN!, escuchó. Y pudo, finalmente, ponerse a empacar.


Tarde atardece

Tarde atardece en el umbral de los devenires dispuestos a desvanecerse. Las escaleras conducen al refugio de mis temores. Ahí, descifro las cacofonías de desesperadas pretensiones. Finjo que el azar es el anonimato de la necesidad trazado con las tintas de la libertad. El azar (continúo fingiendo) es la necesidad jugando a ser libre, es su infancia, su risa. Y así, abandono aquella banca que queda sola, cual flauta en Sinfonía Fantástica, la de Berlioz o cualquier otra. Aquella banca, esa que otrora estuviera plena de felicidad, ahora resguarda un desierto y una complicidad. Ahora se ausenta de aquellas esperanzas de resonancias que rutilan. A veces la felicidad consiste en apagar la tristeza, pero cuando el agua de la paciencia se agota y la humedad del presente sofoca, no queda más que a-hogarse, es decir, quedar sin hogar, sin lugar… vacío, como el atardecer que tarde atardece.


Matinal península

Volteo a la derecha y miro a través de la ventana. Sobre el muro recién pintado de blanco sobresale la copa de un árbol que le coquetea a la primavera con sus flores naranjas. No es un naranja intenso, no, es una naranja que parece que danza tras el zumbar de los vientos de la mañana. Devuelvo la vista a la sala. Estoy rodeado de personas que se toman muy en serio sus pesadillas, es decir, que ríen de la realidad. De gracia en gracia toman la palabra y alivian con paciencia su experiencia, mientras esperanza reposa en la frágil actualidad.


Soltar

Después de una caminata acompañada por calores y en que la brisa rápida soplaba y los flamboyanes se resistían a desflorar, llegué a aquel café al que hace algunos años le doné unos cuantos libros. Después de pagar un café más cargado de costo que de cafeína, me quedo postrado frente al librero para percatarme de que muchos de mis libros ya no están.

Me siento traicionado ante su ausencia. Pero reparo un momento y más bien me alegro de que esas letras que pensaba que me pertenecían, hoy viajan acompañando otros pasos, otros afectos, pero, sobre todo, otros defectos… como esos que me trajeron de nuevo a este café.


Autoengaño

Los días más felices de mi tristeza los pasé acalorado, soportando los rayos del sol como si fueran designios del destino. Me sentía extrañado por estar finalmente en casa. Me sentía arropado ante la presencia de rostros indecidibles que me enajenaban. Intenté no llorar y fracasé. La soledad, mi cómplice, me hundió en armonías que refrescaban. El naranjo y la palmera siguen de pie, deshojando en el agua de la alberca su sobria sequedad. Voy a esperar, sorbo a sorbo, a que en el café oscilen los deseos de ocurrencias planas. Voy a esperar a que todo pase, a que nada vuelva. Quieto, como una siesta sin sueños.


Tú y yo

Solo soporta la crítica quien es capaz de entender que es una práctica tan creativa como la creación misma; que su mundo, como el del creador, es el de la imaginación. Que sus afirmaciones no son juicios de valor, no deciden entre lo bueno y lo malo, sino que, como las creaciones, son insinuaciones de realidad, de lo posible y lo deseable.

En este mundo compartido de la imaginación, el creador realiza lo imposible como deseable; mientras que el crítico desea lo no realizado como posible. La creación y la crítica no se complementan, pero deben soportarse. La creación y la crítica no se necesitan, pero es justo esta ausencia de necesidad en donde el reconocimiento mutuo es recreación en plena libertad.


Amigo

Manuel no está en la ciudad, pero está en buenas manos. Es un alivio saber que no está con alguien que necesita fingir tanto la sonrisa para ocultar su infelicidad. Es un alivio saber que nadie le embarrara una lágrima en los labios con los dedos como gesto dramático.

Atena, la nueva novia de Manuel, tiene una sonrisa natural; Atena, además, tiene de qué platicar.

Ayer, en una foto de Instagram, los vi sentados en el avión para partir al sur del continente. Le di like tras la certeza de que, con ella, por más que se aleja, Manuel siempre estará en casa.


Información

Las noticias no dan cuenta de lo acontecido. Se limitan a indicar los incidentes de lo que ocurre en la superficie. Cambio de canal y en todos informan lo mismo. La opinión de la gente en las redes es tan divergente que se agota en la irrelevancia. A lo lejos se escucha una turba que provoca un tumulto de sonidos desperdigados. Siento miedo. Apago el televisor, salto de la cama y sin ponerme las pantuflas me asomo por la ventana. Parece que la turba se ha dispersado. La ventana está abierta, así que no pierdo oportunidad para encender un cigarro. El vecino de enfrente, al otro lado de la calle, hace lo mismo, pero él no puede verme.


Tedio

Aquella tarde ya no llovería. De hecho, el sol se atrevía a asomarse por los resquicios del cielo que el gris no alcanzaba a ocupar. Debajo de un árbol, Melina intentaba remangarse los pantalones para seguir caminando sin que se le mojaran. Aquella calle llena de charcos la conduciría al encuentro con su habitual existir.

Alonso ya estaba sentado en el café, leyendo a Pessoa mientras Melina arribaba. Cuando esto sucediera, la besaría en la mejilla y le pediría un café; Melina lo bebería en silencio, sin prisa y dejando que sus miradas se perdieran en cualquier cosa que no fueran los ojos de Alonso. Al terminar, dividirían la cuenta y volverían a casa por la misma calle encharcada, con la única certeza de que aquella tarde ya no llovería.


Tiempo

–No es fácil respirar– de la nada le dijo Paulo a Lupita, –si lo fuera, estaría sujeto a nuestro libre arbitrio, como el pensar.

–Aja– respondió Lupita, esperando más razones para convencerse.

–Pensar es muy sencillo. Hasta yo lo puedo hacer -dijo Paulo, con un tono irónico que Lupita no logró captar.

–Aja…

–Respirar… ¡eso vaya que es complicado! De solo pensarlo, lo cual es sencillo, me sofoco hasta perder el aliento. -exclamó Paulo.

–Aja…

–La memoria es el pensamiento respirando; es fácil recordar.

–Ajá…

–…el olvido, por el contrario, es la respiración pensando; no es fácil olvidar.

–Ajá…


Gerardo Allende Hernández. Capitalino de nacimiento, yucateco por convicción. Docente en la licenciatura de Letras y Literatura Moderna de la Universidad Modelo (Mérida). Miembro del Taller de Escritura Creativa del Centro Estatal de Bellas Artes de Yucatán.

A qué sabe el verano. Phi

por María Fragoso


El verano, pavoroso, se acerca.

Como una diva.

Presumido.

Me estoy derritiendo mientras agacho la cabeza, la gota de sudor cae en el piso y me gustaría que hiciera ruido. No lo hace. El verano llega más fuerte cada vez. Arde por todos lados y no nos damos cuenta.

No, claro que no, cómo darme cuenta que me estoy quemando si todo el tiempo nado en mi jugo.

Lala está de pie, mirándome. Ya está cruzada de brazos. Que no empiece a repiquetear los dedos sobre su brazo, pues hará ruido y el ruido metálico me taladra las sienes. Que no repiquetee. Que no lo haga.

─ ¿Te vas a quedar ahí todo el día?

─No, Lala, no me voy a quedar aquí todo el día.

─Pues anda, vámonos. Y trae a mi bebé.

El bebé tenía la forma genuina de un engendro débil y redondo como lo eran los hijos que nacían hace tantos años. Ahora ya no aparece ninguno.

Lo desconecto, tiene la batería cargada. Lala está impaciente por mostrárselo a sus amigos.

─Allá afuera está todo incendiado. ─le respondo con furia, siempre que me seco una gota con la toalla aparecen dos.

─ ¿Y? ─me responde cínica.

Le miro el rostro. Es el rostro de una mujer bella, con la nariz respingada y los ojos amarillos, la piel tersa de los pómulos. Pero luego miro su barbilla sólida, su cuello de hierro, sus senos imantados. Me da asco.

A ella no le importa que me esté derritiendo. Ella no suda.

Nos subimos a esa cosa enorme que no tiene ruedas, sino que gira en el aire y nos lleva directo a las coordenadas que no conocemos y que ni siquiera tecleamos, pura cosa de palabras intuitivas. No he escrito una frase entera en meses. Ni tampoco he visto el recibo. Lala dice que lo encontró en descuento.

La fiesta es de sus amigos, o los que dice que son sus amigos.

Y como son sus amigos, son como ella. Unos se han quitado media docena de gramos, se ven delgados, otros se han puesto un prop patrocinado, unos más dicen que ya pueden sacar fuego de las manos.

Yo no, resulta que soy alérgico a esos implantes. Y, por lo tanto, me dediqué a buscar la manera de ponerme uno. Busqué hasta volverme bueno en la disciplina, hasta que me trajeron a vivir a la torre, cumbre de la ciudad, lugar de elogio civilizatorio, donde los científicos se regodean en el perfeccionamiento de los cuerpos y no en que la tierra se descuartiza cada vez más. Lala me conoció cuando odiaba lo mainstream, decía que le gustaba lo orgánico.

Por ser tan orgánico llevo la chaqueta empapada.

Voy caminando entre la gente con un vaso de aceite entre las manos. Dicen que el aceite de moras quita la sed. No hablo con nadie y nadie habla conmigo, bien podría ponerme a ver una película dentro de mis ojos mientras pretendo que quiero estar aquí.

Entonces lo encuentro: un resquicio exacto que me satura la frente de una fresca ráfaga de algo que parece gloria. Es un aparatito, viejo, minúsculo, anticuado, que pretende echarme aire en el cuerpo y condensarme el sudor, refrescarme el alma. Aerotermia, le bautizaron hace tiempo. No pienso quitarme de aquí. A los demás no les importa. No sudan.

Lala se me acerca como si estuviera enojada. No me sorprende.

─ ¡Me dijiste que traerías el bebé! ─dijo furibunda.

Yo me reí, me reí con ganas.

La risa se coordina justo a tiempo con la explosión volcánica que lanza por los aires a nuestro pequeño apartamento en la cima de la torre. A tiempo de que los amigos de mi esposa vieran con horror que el monumento idealizado de la civilización se caía a pedacitos. Que la gran torre colapsaba y nadie sospecharía que soy bueno con las máquinas.

La brisa agría y cálida de la bomba me llega a las pestañas. Lala nunca lo podría comprender, a eso sabía el verano.


María Fragoso (Mexicana, 1997) es escritora, ilustradora y gestora cultural. Se licenció en Literatura y Filosofía por la Universidad Iberoamericana Puebla y tiene el máster en Gestión Cultural por la Universidad Politécnica de Valencia. Es docente y promotora de talleres de escritura creativa y artes plásticas en instituciones públicas privadas y proyectos de carácter social, dentro de las que se enlistan El Imperio de libros (España), Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla (México), Ayuda en Acción (España), Editorial Media Vaca (España), entre otras. Dentro de sus libros publicados, tiene el libro de cuentos Puntos Fugaces (Editorial Lunetario, 2015), la novela Las nubes del suelo (Editorial de la 3 norte, 2018) y dentro del álbum ilustrado tiene Aceitunas (Ediciones Carena, 2019). Es ilustradora de diversos textos para niños y jóvenes de diversos escritores mexicanos y también colabora con artículos académicos en la revista Opción del ITAM y la revista Rúbricas de Ibero Puebla, Mood Magazine y Las Furias así como apoyo en la coordinación editorial de la Revista Cardenal. Actualmente está viven Valencia, España, mientras oferta cursos de creación literaria y desarrolla proyectos de carácter cultural.

Colección de «literominutos»

por Manuel Jorge Carreón Perea


A veces pregunto la hora a la primera persona que encuentro en la calle. Algunas, con una agradable paciencia, después de informarme la hora y minutos se despiden de mi con una sonrisa. Otros tantos (aunque son los pocos) se niegan o siguen su camino.

Al llegar a la oficina saludo a todos, pregunto por su noche anterior o por su fin de semana si es lunes. Sin embargo, aún cuando converso con setenta y cinco personas en ese sitio, realmente no hablamos de nada. Somos los mismos siempre y cada vez nos conocemos más. Pasamos de ser desconocidos a compañeros y después a extraños. Como diría de Gaulle “la familiaridad genera desprecio”. También soledad.


Una habitación de tres paredes. Es la estructura menos prática en la que he habitado. Vivir en un triángulo rompe mi percepción sobre las cosas y me sitúa en un conflicto que me persigue casi todo el día.

Al despertar, el horizonte amplio y claro que te proporciona un cuarto con cuatro paredes simplemente no está. En cambio, tengo un panorama que se va acotando poco a poco mientras se va oscureciendo conforme mi vista avanza a su final. Y es ahí en dónde no encuentro el final, dónde siento que todo, aún en su perfecta geometría, está mal.


Una resaca de proporciones homéricas. O biblicas, si es que existe diferencia. De cualquier forma tenía que tomar una ducha, vestirme e ir a ver a Paula. No tardaría en sonar mi teléfono con una llamada de ella. Me reclamaría lo de siempre: que soy un desconsiderado, un impuntual, que por qué hacía planes a determinada hora si no pensaba llegar a tiempo… en fin, lo mismo de siempre pero en un día diferente. Y tenía razón. No había forma de poder contradecirla.

Me levanté y tomé el celular. Me adelantaría a ella. Por primera vez yo sería el de la iniciativa.

Sonó tres veces. Me contestó con su voz melodiosa y dulce.

─Hola… ─

En ese momento colgué el teléfono. Entré en pánico.


La amistad nace de forma imprevista, pero se consolida con pequeñas señales y con gestos súbitos, por ejemplo, un libro.

Hace tres lustros, cuando apenas comenzaba a conocer a H., quien siempre citaba a Foucault en las aulas, supe que tenía la casi totalidad de obras del autor francés en español, faltándole sólo una: Yo Pierre Riviere.

En un paseo por el centro de la ciudad, un vendedor Ambulante de libros tenía precisamente ese libro, pero las pocas monedas que tenía en mi bolsillo eran insuficientes para comprarlo. Sentí una angustia. Tan cerca y tan lejos. Fue en ese momento, por una preocupación súbita, que supe que deseaba el libro no para un compañero, sino para un amigo.


Las mudanzas siempre son aparatosas. Aún cuando tengas pocas cosas, al momento de trasladarlas a otro sitio parecen multiplicarse. Te encuentras con objetos que no recuerdas cómo llegaron a tí.

También son múltiples los motivos para llevar a cabo una mudanza: cambio de trabajo o una ruptura amorosa.

Mientras guardaba mis libros en una caja de cartón, encontré “De brevitate vitae”. Tenía años sin verlo. Pensé que lo había perdido.

─¿Le tienes mucho afecto a ese libro?─ me preguntó Paula con una voz dulce y tranquila.

─Me gusta mucho Séneca─ contesté desanimado.

─No te pregunté eso. Vaya que eres complicado.─

No supe qué decir. Tampoco quería discutir.


Manuel Jorge Carreón Perea. Servidor público y escritor.

Sobre la piel y otra minificción

por Edgar Nuñez Jiménez


Sobre la piel

para Raúl Alejandro Moreno

A veces una ráfaga de estrellas baja volando de mi pecho a mi ombligo y va dejando una estela brillante sobre los rastros, casi invisibles, que ha dejado el vitíligo sobre mi piel.

–No, Raúl, no estás solo –escucho que dicen. Y siento un leve cosquilleo en el brazo, a la altura del codo, en la espalda o en mis piernas y pantorrillas. 

Me remuevo sobre la cama y escucho el silencio de la noche. Desde que todos desaparecieron, sin decir a dónde, me contento con ver las estrellas detrás de las rendijas y escuchar los susurros que se desprenden de las tinturas.

Cuando la luna sube alta y deja caer su brillo sobre los escombros, es cuando me siento menos solo, mis tatuajes se remueven como un latido y danzan alrededor de mi cuerpo como en un caleidoscopio.


Gigantes en la casa

para Gildardo

Veinte hombres vestidos de rojo entraron a tropel a la casa de ladrillos. Mi abuelo los recibió en el patio y les acomodó los espejos de sus frentes.

–¿De dónde vienen, mamá, estos hombres de tierra?

–No tengas miedo, se irán pronto, solo vienen a danzar.

Se sentaron en el suelo a comer sin quitarse los penachos de papel. Enviciaron todos los rincones con su presencia.

–¿Y usted es el chunco, verdad? –preguntó un anciano imperturbable de ojos verdes.

Moví la cabeza en señal de negación.

–Sí, usted es el último, el último de la estirpe.

Mamá al fondo servía pocillos de comida. Padre atizaba los leños.

Los hombres viejos y jóvenes me miraban. Y de pronto sentí frío y vi que sobre la sierra se empujaban las nubes hasta pulverizarse.

–Quizá llueva más tarde, vendrá el norte –dijo uno de los más viejos.

–Sí, puede que llueva –corearon los más jóvenes.

Descansaron sus penachos sobre el suelo. Los espejos que los adornaban emitían destellos.

Comieron, se saciaron hasta el hartazgo, tiraron el trago sobre la piedra e injuriaron a los dioses. Al alba, antes de que la llovizna mojara las calles, me tomaron de la mano y, danzando, me arrastraron hacia afuera.

Mamá y papá no pudieron hacer nada, cerraron las puertas por dentro sin siquiera sollozar.


Edgar Nuñez Jiménez.  Nació en Copainalá, Mezcalapa, Chiapas. Ha aparecido en los libros En-saya. Antología de ensayos universitarios (Universidad Veracruzana, México, 2013), Brevísimos (Ediciones Equinoxio, Argentina, 2019), Esto solo podía pasar en verano (I Concurso Informal de Microcuentos de Verano, España, Tenerife, 2019), Perros (Ediciones Sherezade, Chile) Gatos (Ediciones Sherezade, Chile, 2019), Diversidad(es). Minificciones alternas (El Taller Blanco Ediciones, Colombia, 2020) y en Los excéntricos (Lapicero Rojo Editorial, México, 2020). Textos suyos también aparecen en la Antología Virtual de Minificción Mexicana (México).

Presentación de «La sinfonía de otoño»

por Cardenal Revista Literaria


A inicios de diciembre, el joven escritor Sherzod Artikov presentó su primer libro de cuentos, “The Autumn´s Symphony”, en Taskent, la capital de Usbekistán.

Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana de su país natal y escribe cuentos y ensayos.

Es para el equipo editorial de Cardenal Revista Literaria un gusto compartir esta gran noticia por el papel que nuestro querido Sherzod tiene en este proyecto literario. Por ello, y con el objeto de celebrarlo a él y a la nueva literatura uzbeka, compartimos con ustedes dos cuentos de su autoría que hemos publicado en la revista y algunos momentos de la presentación del libro.


  1. El libro de Márquez: https://cardenalrevista.com/2020/11/16/el-libro-de-marquez/
  2. El día de primavera: https://cardenalrevista.com/2020/11/26/el-dia-de-primavera/


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

El libro de Márquez

por Sherzod Artikov
traducido al español por Luis Alonso Álvarez


Amo Octubre. Es un tiempo lluvioso, de ventiscas y a menudo está nublado. Las hojas amarillas caen y crujen bajo los pies, verlas en esa danza trae paz y descanso al corazón.

Aunque ayer fue un día muy ventoso, hoy llueve. Al anochecer, todo parece más quieto, un olor agrio emerge desde el suelo que mezclado con la humedad se prolonga hasta el aliento.

En la noche la temperatura baja lentamente y siento como me enfrío en el balcón. Es momento de entrar.

Ya en la comodidad de mi habitación contemplo el largo y gran librero. Fui hacia él y me detuve un momento para pensar qué hacer. No estaba de humor para leer. Me dolía la cabeza y mi corazón latía fuerte. Un libro es lo último que me ayudaría.

Decidí sentarme y recordé que Nafeesa no me había regresado el libro que ella había tomado. Se había llevado “Cien años soledad” exactamente hace diez días. Desde entonces no la había vuelto a ver.

Conforme el tiempo pasaba el dolor de cabeza aumentaba. Me tomé la medicina con la ayuda de una refrescante cerveza y una taza de café amargo. Decidí regresar a mi cuarto.

En la casa de enfrente, vivía una anciana mujer rusa. Ella había muerto hace dos meses y fue cuando Nafeesa y su familia se mudaron. El hijo de la mujer se las había vendido.

El papá de Nafeesa era militar y trabajaba en el complejo militar de la ciudad y ella, si mal no recuerdo, estudiaba inglés en la escuela.

Nafeesa había escuchado, por los vecinos, que yo tenía una interesante biblioteca privada. Directamente nunca me lo preguntó, incluso aquella vez que nos conocimos en la calle. En esa ocasión solo atinó a hacerme un gesto de asentimiento, como saludo. Creo que se sentía incómoda para preguntarme algo más.

–¿Puedo leer alguno de tus libros?– La pregunta me sorprendió un día, cuando ella apareció repentinamente al frente de mi apartamento.

Nunca alguien me había pedido algo así, sin embargo, no pensé mucho y aún bajo el estado de shock, la invité a pasar.

–¡Tienes muchos libros!–

Ella miraba alrededor y se regocijaba como una niña pequeña. Yo estaba parado y silencioso frente a la ventana; presionaba un cigarrillo entre mis labios. Yo no iba a decirle nada, dejaría que ella se formara sus propias preguntas. Además, no solía hablar cuando fumaba.

–¿Puedo llevarme el libro de Jack London?– Preguntó.

Asentí como señal de consentimiento, luego inhalé el humo del cigarro y le di la espalda. Ella tomó el libro y me lo agradeció, sentí que lo hizo con todo el corazón.

–¡Muchas gracias! ¡Lo leeré rápido!– El libro que había tomado era “Martín Edén”.

Desde entonces ella venía tres o cuatro veces a la semana. No hablábamos mucho, ella siempre parecía un poco confusa especialmente cuando no le prestaba atención. Ella comenzó a conocer mi grado de indiferencia cuando me veía fumar cerca de la ventana, en ese momento ella regresaba el libro cuidadosamente al librero y rápidamente se iba.

Eventualmente, se volvió nuestra rutina, pero últimamente todo estaba cambiando. Y no sé porqué.

Ya no fumaba en la ventana y, por el contrario, me sentaba en una silla y no dejaba de mirarla.

Ella ya no estaba tan apresurada por irse y se paraba frente a la biblioteca, como siempre, y tomaba su tiempo hasta decidir cuál libro tomar.

Esa tarde, luego de una larga pausa, ella tomó “Cien años de soledad”. Lo miró con mucho interés mientras caminaba al centro de la habitación.

–¿Te gusta leer literatura de todo el mundo?– Le pregunté mirándola muy de cerca. Cuando ella dio cuenta de la pregunta y la situación, se sonrojó como un tomate.

–Sí, de vez en cuando leo literatura de todo el mundo–, dijo tratando de mantener la compostura mientras pasaba las hojas del libro.

No era atractiva, sin embargo, su comportamiento amable, suaves movimientos, una calma casi confidente al mismo tiempo que un brillo particular en sus ojos la hacía muy interesante.

–¿Has leído todos esos libros?–.

–Casi– le respondí después de mirarla más de cerca.

–Te envidio–. Lo dijo mientras cerraba el libro.

-¿Te gustaría una taza de café?- Le pregunté mientras ella ya estaba dispuesta a salir. –Hoy el clima está perfecto para un café–.

Nafessa ahora miraba a través de la ventana abierta, tal como yo lo hacía. Había aprendido.

–Bueno, si no es una molestia para ti–, respondió aún confusa.

–¿Con o sin azúcar?–.

–Si puedes, que sea sin azúcar–.

El café me hizo olvidar las acostumbradas misantropía y timidez al mismo tiempo. Hablaba con entusiasmo de los libros que leí y de mis autores favoritos. Ella me escuchaba con atención e interés.

Luego ella comenzó a hablar y lo hizo con no menos placer y entusiasmo. Escuchándola, me di cuenta que ella estaba fascinada por un hombre de mundo, como lo era yo. Éramos como dos gotas de agua y sentí ese dulce placer que no había sentido por tanto años.

Cuando se fue, estaba de nuevo solo con mis libros, como siempre. Estaba muy confundido, mi corazón estaba aturdido, pues acostumbrado a la soledad otra vez empezaba a deambular entre una serie de sensaciones.

Ahora, por primera vez en años, me sentía profundamente solo, como si estuviera rodeado de cuatro paredes totalmente oscuras.

Al día siguiente, al salir de casa, me encontré a Nafessa en la calle. Ella y su hermana estaban de camino a la escuela. Como de costumbre, la saludé con un gesto de asentimiento y caminamos en silencio hacia la parada del bus. Quería hablarle, pero me contuve. Quizás ella se avergonzaría porque había mucha gente alrededor nuestro. Ya en la parada del bus, yo tomé un taxi y ella tomó el bus.

En el camino, recordé el libro que ella había tomado la última vez y me pregunté si lo había leído. Me dije que de seguro lo había hecho.

Pasaron cuatro días sin noticias. Al quinto, su ausencia me torturaba la paz mental y del alma. Al sexto, contrario a mi naturaleza, mi corazón estalló y comencé a ponerme nervioso. Al sétimo, de nuevo comencé a fumar en la ventana, y con calma llegué a la conclusión de que leer dicho libro en una semana era imposible, lo cual me dio cierta calma.

Ayer mi estado mental se había deteriorado y no podía concentrarme en mi trabajo. No tenia idea como se puede leer un libro de 386 páginas en tanto tiempo y eso me rondaba todo el tiempo. Probablemente ella no tiene tanto tiempo como yo, me decía. Despues de unos minutos pensé que definitivamente a ella no le gusto el libro y me di por sentado que nunca más lo regresaría.

Muchos de mis colegas no estaban interesados en la lectura, excepto Feruza Anvarovna del departamento de Administración de Riesgos. Ella tendría casi treinta y cinco años. Ella era muy sincera e inteligente.

Durante el break, no pensaba en otra cosa que preguntarle acerca del libro de García Márquez.

–¿Puedo preguntarte algo Feruza Anvarovna?–. Ella estaba ocupada en sacar unos papeles de su escritorio.

–Por supuesto, Humayun–.

–¿Cuanto tiempo te llevaría leer un libro de 386 páginas?–. La pregunta la soprendió y le hizo pensar un rato.

–Depende del tipo del libro. Si lo encuentro interesante, podría terminarlo en 7 días. Si no, me puede tomar hasta un mes–.

Un poco después le hice a uno de mis clientes la misma pregunta.

–Si lo intentara, probablemente, lo acabaría en dos semanas–.

De camino a casa, le hice la misma pregunta al taxista.

–Para ser honestos, no me interesa leer–, me dijo mientras me miraba a través del espejo retrovisor.

Cuando llegué a casa, me paré en el pasillo, apoyándome contra la pared sin entrar del todo.

–Esto debe tener un significado–, me dije. –Si Nafessa me ha visto desde su ventana, probablemente venga a cambiar el libro–. Me quedé ahí esperando durante 20 minutos, pero nadie tocó la puerta.

Como estaba decepcionado, busqué en los bolsillos de mi pantalón la cajetilla de cigarro. La caja estaba casi vacía, pero había un último cigarrillo. Eso me ayudó a distraerme un poco y me dirigí al librero a tomar algunos de los libros que estaban ahí.

Uno de ellos tenía 254 páginas y el otro tenía 83. Un tercero tenía 124. Me quedé con ese último y el resto los devolví al librero. Lo comencé a hojear de principio a fin y decidí que ese le recomendaría a Nafessa la próxima vez que nos viéramos.

Moví mis entumecidas piernas por la habitación. Luego me incliné en el espaldar de una silla. El dolor de cabeza comenzó a menguar después de tomar las pastillas. Sin embargo, mi corazón seguía latiendo muy fuerte. Tuve que reclinar mi cabeza en el espaldar de la silla y cerré los ojos por un momento. La imagen de Nafessa aparecía frente a mis ojos, una y otra vez. Fue entonces cuando entendí que mi ansiedad, mi estado nervioso y de mal humor durante estos últimos diez días, era el resultado de esperar.

Desde que era pequeño, me había acostumbrado a no esperar nada, pero ahora esperaba encontrarla. Esperaba verla otra vez, escucharla que me hablara con su serena voz y llenara la habitación con ese sonido. ¿Por qué me mentía a mi mismo? Después de todo, no importaba el tiempo que tomara en leer el libro.

Cuando lo acepté, repentinamente comencé a reir. Mi risa estaba llena de pena, anhelo y tristeza, pero seguía riendo. Mi voz se hacía más y más fuerte.

Fue en ese preciso momento que alguien tocó la puerta. Al principio no presté mucha atención, pero de nuevo volvieron a tocar. Antes de abrir me arreglé la corbata y me abotoné la camisa, que estaban desacomodadas.

Nafessa estaba ahí, parada en el umbral de la puerta sosteniendo un libro en la mano.

–Lo terminé finalmente–, me dijo mientras intentaba sonreir y al mismo tiempo me mostraba el libro en la mano.

–Márquez me hizo sudar la gota gorda–.


The Book of Márquez

I love October. There is more wind and rain in October. The weather is often cloudy. Yellow leaves rustle under your feet, and a leaffall brings peace and comfort to your heart.

Yesterday it was windy, but today it rained. By evening, though it was quiet, the bitterness that came from the ground, and its wet smell was still lingering in my breath. In the evening, the temperature dropped very low, so I cooled down on the balcony. Then I went inside.

In my cozy room there was a long and large bookshelf. I went up to it and for a moment thought about what to do. I was not inclined to read. My head hurt and my heart was beating. It is unlikely that a book would help in such a situation.

When I fell down on a chair, I remembered again that Nafeesa had not come for the book. She took Márquez’s «One hundred years of solitude» exactly ten days ago. Since then, she has not been seen.

As time passed, the headache increased. I took a medicine and drank a freshly brewed bitter coffee in addition. After that, I started walking back and forth in the room.

In the house across the street from me lived a Russian old woman. She died two months ago, and Nafeesa and her family moved into her apartment. The old woman’s son, who lived abroad, sold the house to them. Nafisa’s father was military, worked in the military part of the city, and she herself, if I am not mistaken, taught English at school.

She must have heard from her neighbors that I have a private library. She herself never asked about it. When she met me in the street, she just nodded to greet me, without saying anything, it was probably inconvenient to ask for something.

–Can I read something from your books?– she asked me once, suddenly appearing in front of my apartment.

At first, I was very surprised. Nobody here asked me for books. Nevertheless, I invited her inside.

–You have so many books!–

She looked around my library and rejoiced like a little child. I stood silently in front of the window, pressing a cigarette to my lips. I did not want to answer her. I thought that then she would ask more questions. I was used to not answering anybody when I was smoking.

–Can I take Jack London’s book?– she asked.

I nodded as a sign of consent, inhaling cigarette smoke and turning my back on her. Nafeesa took the book and thanked me from the bottom of her heart.

–Thank you very much! I will read it quickly!–

Her first book was «Martin Eden». Then she began to come to me in every three or four days. We almost did not communicate, she was a little confused, especially when she saw that I do not pay attention to her. When she noticed how indifferent I was smoking at the window, she would carefully return the book she had read to the shelf and hurriedly leave.

Eventually, it turned into our routine. But for the last time, everything was different. I don’t even know why. This time, I did not smoke at the window. On the contrary, I sat in a chair and did not take my eyes off her. She was in no hurry to leave, too, leaving a book. She stood in front of the shelf longer than usual, as if she could not choose. After a long pause, she took Marques’s «One hundred years of solitude» and looked at it with interest, standing in the center of the room.

–It turns out that you like to read world literature?– I asked for the first time, looking at her closely.

When she caught my look, she blushed like a beet.

–Yes, I often read world literature–, she said, maintaining her composure and continued to flip through the pages of the book.

Perhaps, it was not attractive. Nevertheless, her polite behavior, smooth movements, calm confidence and at the same time the thirst for life, shining in her eyes, were extremely attractive.

–Have you read all these books?–

–Almost–, I said after looking at the closet.

–I envy you–, she continued, closing the book and going to leave.

–Would you like to have a cup of coffee?– I asked, suddenly standing up when she reached the doorstep. –Today is the right weather for coffee.–

Nafeesa looked out the open window.

–Well, if it doesn’t give you any trouble…–, she said confusedly.

–Do you want sugar or no sugar?–

–Let it be without sugar.–

For coffee, I forgot my inhumanity and shyness. I spoke with enthusiasm about the books I read and my favorite authors. She listened to me with interest and attention. When it was her turn, she spoke with pleasure and no less enthusiasm. Listening to her, I realized that I was fascinated by a man whose worldview was like mine, like two drops of water, and that I finally felt the sweet pleasure that had been lacking in my life for many years. 

When she left, I was again alone with my books. As it always was. I was very much mistaken, expecting that my heart, accustomed to loneliness, would again begin to wander quietly in its deserted corners. For the first time, I felt deeply alone, feeling the fullness of this dark feeling in four walls.

When I left the house the next day, I accidentally met Nafeesa in the street. Her sister was with her on her way to school. As always, I greeted her, but we walked silently to the bus stop. I wanted to talk, but then I thought about it. Maybe I was embarrassed again because of the people around me.

At the bus stop, I caught a cab and she got on the bus. On the way I remembered the book she had taken the last time.Then I began to wonder if she would read it quickly. In the end, I decided firmly that she would succeed.

Four days passed without any news. On the fifth absence Nafisa squeezed the peace of mind out of my soul. On the sixth, contrary to my nature, my heart fell, and I began to get very nervous. On the seventh day, as usual smoking at the window, I came to the conclusion that it is impossible to finish reading this book by Marquesa for a week, and this conclusion led me to seizures.

Yesterday my state of mind deteriorated and I could not concentrate on my work in the insurance company. I had no idea how I could read a 386-page book for so long, and I constantly thought about it. Other obsessive thoughts were dreaming in my head. Probably, Nafisa had no time to read the book, I said to myself. After a minute I thought she just did not like the book and forgot to return it.

Most of my colleagues were not interested in reading it, except for Feruza Anvarovna from the Risk Management Department. She was about thirty five years old – she was a sincere and very smart woman. During the break, I wanted to ask her about this book by Marquesa, which occupied all my mind.

–Feruza Anvarovna–, I said while entering. –Can I ask you something?–

At that time she was sorting stacks of papers on her desk.

–Of course, Humayun–.

–How many days will you read a book with three hundred and eighty-six pages?–

Feruza Anvarovna thought a little.

–It depends on what kind of book it is. If I am interested in it, I will finish reading it in seven days. If not, I will not read it even in a month–.

A little bit later I addressed to one of my clients with the same question.

–If I try, probably, to read it within two weeks–, he said after thinking.

On the way home, the cab driver also asked the same question.

–Honestly, I’m not interested in reading books–, he said, sneaking around through my rearview mirror.

When I got home, I stood in the hallway, leaning against the wall without going inside. This had an ulterior purpose: if Nafeesa had seen me from her window, she would probably have come to change the book. I stood like this for twenty minutes. But there was no knocking on the door. When I was disappointed, I put my hand in my pants pocket and took out a pack of cigarettes. The box was almost empty. Fortunately, there was the last cigarette left. It helped me to distract a little: I went to the bookshelf and took some books from there. One had two hundred and fifty-four pages, the other one had one hundred and eighty three, and the third one had one hundred and twenty-four pages. I left this third one and put the rest back on the shelf. Having flipped through the book from beginning to end, I decided to recommend it to Nafeesa next time.

Wandering around the room soon tired my legs. I leaned on the back of the chair. The pain in my head began to fade after taking a pill. But my heart was still pounding like crazy. Having put my head on the edge of the chair, I closed my eyes for a moment. The image of Nafisa swam before my eyes again and again. Then I realized that the discomfort, nervousness, bad mood for the last ten days were all the result of waiting. I, accustomed since childhood not to expect anything, was looking forward to meeting her as nothing else. I was looking forward to seeing her again, how she would talk to me and her pleasant voice would fill the room. Why should I lie to myself? After all, it really did not matter how long the book by Marquesa was read.

When I admitted this fact, I suddenly laughed. My laughter was full of pain, longing and sadness. I kept laughing. My voice was getting louder and louder. At that moment, there was a knock on the door. At first, I did not pay attention. Then somebody knocked again. Before opening, I corrected my tie and buttoned my shirt. After that, I opened it. Nafeesa was standing on the threshold holding a book in her hand.

–I hardly finished,» she said, trying to smile and showing me the book in her hand. –Márquez made me sweat a lot–.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

El cigarro en la bolsa

por Manuel Jorge Carreón Perea


De inmediato abandoné el libro sobre la mesa, aún faltaban unos quince minutos para tener que pensar en la decisión que podría definir mi futuro laboral y económico. Aquel 31 de diciembre dictaría una nueva oportunidad para ocuparme en ello. Mientras tanto tendría que acostúmbrame a vivir así.

Como un acto reflejo, conté a las personas que se encontraban en la cafetería: tres empleados (una mujer y dos hombres) cinco parejas, una de ellas con dos niñas; dos sujetos enfundados en traje y una chica que lee The Catcher in the Rye de Salinger.

Últimamente había puesto atención a los números, contándome sumábamos 19 personas y ello se traduce en un número primo que coincide con el día de cumpleaños de mi amigo dilecto.

Debo confesar que de todos los presentes, la chica fue la que llamó mi atención, aunque me resultaba difícil descifrar si era por su figura o por su lectura; quizás una mezcla de ambas.

Durante aquellos minutos imaginé el sonido de su voz y su impresión  al acercarme  para conversar, pero rápidamente dejé en la mera especulación lo que pudo haber sido nuestra primera cita, en ese momento tenía una idea fija: la entrevista de trabajo y todo lo que implicaba.

Entonces el deseo vino de súbito y palpé las bolsas de mi saco buscando un cigarrillo sin encontrarlo. Mi primera frustración se materializó en ese preciso momento. Ex hic et nunc.


Manuel Jorge Carreón Perea. Servidor público y escritor.