La historia que me contaron en Berlín

Traducción al español por Daniela Sánchez

Caminé hacia la estación del metro Cottbus, aún era temprano. Afuera estaba lloviznando.
Cuando llegué a la estación entré a una pequeña cafetería para servirme un café. Junto a la
puerta un pobre hombres estaba tocando su violín, canciones agradables pero que no conocía.
Algunos pasajeros le dejaban monedas en una taza de cobre, mientras el perro que estaba
cerca miraba a la redonda descontento y aullaba como lobo.

Después de comer mi sandwich, tomé una taza de café con leche. Alguien había
dejado la vieja serie de “Bild” sobre la mesa. Mientras lo hojeaba, el metro llegó a la estación
y yo dirigí mi atención hacia él, consistente, llegaba siempre puntual.

En Alemania, la puntualidad es como una enfermedad. Si por ejemplo el metro tiene
que llegar a las ocho y cuarto de la mañana, a esa hora llegará siempre. Cuando vi por primera
vez a Mushtariy en esta estación, afuera caía un chubasco. Cuando el metro comenzó a
moverse yo ya esta dentro de él. Puedo recordarla, corriendo hacia la entrada para llegar al
vagón. Cuando la vi, trate de mantener la puerta abierta parándome entre las puertas, sabía
que los trenes no podían avanzar sin cerrarlas. En cuanto Mushtariy pudo entrar, me dio las
gracias.

-Lo hice porque me sentí mal por ti.

-Aún así, gracias. Evitaste que llegará media hora tarde.

Como estaba lloviendo afuera, su cabello suelto escurría, su cara morena goteaba con el agua
de lluvia.

-Parece que olvidaste tu paraguas.

-Tengo muy mala memoria. La mayoría de las veces no puedo recordar ni las cosas importantes.

Su traje era simple, color rosa y negro, pantalones de sastre clásicos, con una bolsa común, y
todo esto la hacia parecer sencilla. La paz interior y la reserva en su mirada invitaban a la
conversación…

Después de abandonar la estación, fui hacia la librería Heerstrasse. Después de que Mushtariy
dejará ese trabajo a otra mujer, que parecía latinoamericana, ocupó el puesto. Era atractiva y
morena. En cuanto entré a la tienda, acudió a mí y me preguntó si necesitaba ayuda. Casi no
había cambiado la librería. No me quedé mucho ahí, no creí que fuera buena idea comprar
algo. Salí con un libro de Kafka, no muy caro, debajo del brazo.

Todo se veía un poco diferente la primera vez: en cuanto entre pude reconocer a Mushtariy y
ella me dio una cálida bienvenida. Ella, también, pudo reconocerme del evento del metro, y
me dedicó una pequeña sonrisa, apenas en las comisuras. Después, comenzó a recomendarme
libros.

-Paso casi cualquier momento libre que tengo de la universidad aquí.- me dijo mientras me
recomendaba el libro de poesía de Rainer Maria Rilke.

No le preste mucha atención a lo que estaba diciendo, en ese momento no era inusual. En
Alemania, no sólo los estudiantes extranjeros pero también los locales trabajan en diferentes
tiendas, restaurantes y organizaciones por una paga. La razón por la que mantuvo mi atención
fue diferente. La mire sorprendido cuando me dijo que era de Uzbekistán.

-¿Por qué me ves así?

-Eres de la tierra natal de mi papá.

Me miró sorprendida, había pensado que yo era alemán. Fisicamente, parezco alemán, ya que
me parezco a mi mamá, que es alemana. Era un hombre blanco que hablaba alemán como si fuera su lengua materna. Era de espíritu alemán aunque mi abuelo había sido uzbeko. Aún
cuando nunca nos dijo nada de esto ni a mí ni a mi papá, lo supe después accidentalmente.
Encontré un diario que escribió hasta su muerte, incluyendo sus años infantiles, los años de
guerra y su vida algunos años antes. Era un niño en ese entonces, mi abuelo escribió que
odiaba a Stalin y a los Bolsheviks por haber exiliado a su madre a la helada región de Siberia,
por haber asesinado a su padre, y por causar la hambruna artificial y el desasosiego que
reinaba en el país. Tal vez fue por ello que se alió a la legión de Tukistán después de presenciar
las patéticas consecuencias del cautiverio y haber perdido su vida día tras día en el campo de
concentración Buchenvald como otros lo habían hecho durante la guerra. Hasta el final de la
guerra mi abuelo estuvo con Ruzi Nazar un amigo y compatriota, activo para no expirar los
Bolsheviks.

En su diario, él escribió que él era de una ciudad llamada Marghilan, que era un lugar hermoso
situado en un valle. Yo estaba leyendo sobre la tierra natal de mi abuelo por primera vez y me
sobrepasaba el deseo de conocer aún más de él. Hambriento, busque detalles sobre la tierra
de mi abuelo, aunque la tensión que se generaba en casa no me lo permitían.

Había una fotografía en nuestro comedor de mi abuelo con Ruzi Nazar usando los uniformes
del ejercito Nazi. No importa si era Navidad u otra fecha simbólica, mi abuelo nunca decía una
palabra, permanecía con los labios pegados y la cara hierática. Su estado y apariencia me
hacían creer que nunca me diría nada. Era especialmente reservado acerca de su tierra natal, y
yo no podía soportar las preguntas que se generaban en mi interior.

Antes de comer, siempre daba gracias en susurros en una lengua desconocida para mí. Oraba
orientado hacia el oeste sobre un pequeño tapete con flecos cinco veces al día, pero
permanecía alejado de su tierra y de sus memorias. Para librarse de esto se casó con una mujer
alemana, crió a mi padre como alemán y le buscó una prometida alemana. Mi papá me crió a
la forma alemana, con su lenguaje, sus costumbres, tradiciones. Yo no podía hablar otra lengua en mi casa, aunque no había necesidad de la prohibición, ya que todos hablábamos alemán
como lengua materna, gracias al esfuerzo de mi abuelo.

Algunas preguntas, lo irritaban demasiado y se oponía al activismo político que se
vivía en su tierra, así que aseguraba que no podían acusarlo por la forma en la que actúo. A
pesar de su enojo, irritación e incomodidad, no podía entender porqué le puso a mi papá
Bakhitiyor, y a mí Isfandiyor parecidos a su nombre, que a su vez le recuerdan a su tierra. Pareciera un guiño del destino, gracias a su nombre, no contábamos como alemanes aunque viniéramos de lugares muy lejanos a Turquía.

Mientras le contaba esto, Mushtariy comenzó a llorar. Su abuelo no había regresado de la
guerra. Tal vez, murió con alguna de las balas que mi abuelo disparó.

-La tierra natal de mi abuelo queda a 80 millas de la mía- me dijo Mushtariy cuando pudo
calmarse.

Después de hablar con ella, me llené de un ardiente deseo de aprender de la ciudad que nos
había creado. Marghilan, Andina, Fergana… Mushtariy me contó sobre la majestuosidad de las
montañas que enmarcan esos lugares, las tradiciones, las costumbres, y la forma de vivir de las
personas con gran entusiasmo.

Cuando terminé lo que tenía que hacer en el banco me apuré para pasar todo el tiempo
posible en la librería. Naturalmente, Mushtariy siempre estaba ahí. Una mano invisible me
seguía hasta la librería, y yo me encontraba fascinado con emociones desconocidas pero
dulces. Me sentía como si no tuvieron oxígeno, y sólo cuando estaba con ella podía respirar
bien, profundamente.

Pensé en llevarle un ramo de flores o invitarla a cenar a un restaurante elegante, pero nunca le
había prestado mucha atención a las mujeres porque soy tímido. Mi valentía se debilitaba y evitaba que pudiera pensar bien. Además, pensaba que era un poco pronto para pedírselo, ya
que apenas le había preguntado acerca de la tierra natal de mi abuelo, ya que evitaba otros
temas. Día tras día, ella ampliaba mi horizonte y mi conocimiento cuando describía para mí la
tierra distante donde mi abuelo había nacido. Como resultado, el deseo comenzó a arder en
mí, de conocer y ver una vista panorámica del lugar, estaba obsesionado con la idea. Un día
tomé el valor para pedirle a Mushtariy que comiera conmigo. Al principio no confiaba en mí,
pero con el tiempo comenzó a considerar mi propuesta. Me pareció extraño, ya que conocía la
cultura europea, pero ella no dio la respuesta que cualquier europea soltera daría.

Recuerdo que ese día comimos juntos. Como era domingo los dos nos sentamos relajados en
el restaurante.
-¿Te gustaría que te enseñara a hablar uzbeko?- me preguntó Mushtariy mientras comía
sardinas.
Yo estaba tomando agua mineral y me sorprendió.
-¿Cómo?
Comenzó a enseñarme en el restaurante, pude aprender algunas palabras y frases como
“hola”, “¿cómo estás?”, “ten un lindo día”, con la ayuda de Mushtariy. Mientras las
pronunciaba, experimenté una emoción extraña. Estaba hablando la legua de mi abuelo por
primera vez. Ella volteaba a ver hacia otro lado, y yo la veía, era mi mujer ideal.

-¿Sabes qué significa tu nombre?- me preguntó para remediar un silencio incomodo.

-Por ejemplo, yo sé el significado de Pedro, Paul, Sebastián, porque todos eran nombres de
santos. Pero nunca había pensado en el significado de mi nombre.

-Tu nombre significa “regalo de Dios”

Ella estaba en lo correcto, mi abuelo me había dado ese nombre con un propósito, Mi mamá
decía que ella sufrió mucho mientras daba a luz. Mi abuelo sufrió mucho más que mi papá,
oraba continuamente hincado en su tapete.

Después de eso, Muchtariy volteó a ver la calle desde la ventana y me susurró el significado de
su nombre.

-Aunque a ti no te interesa ya te dije.

Estaba ligado a ella por hilos invisibles en apenas seis meses, lo sentía desde el fondo de mi
corazón. Escuchar esto me preocupaba. Me repetía a mí mismo que ella no tenía ninguna
razón para quedarse. Me invadió una ola de ansiedad. Sorprendentemente, regresar a su lugar
de origen no la hacía muy feliz.

-Enseñaré alemán en la escuela donde yo estudié. – me dijo, desesperada, cuando le
pregunte por sus planes a futuro.
Mientras nos decíamos adiós, ella volteó:

-Extrañaré Alemania para siempre- tratando de no mirarme a los ojos.

Han pasado tres meses desde que se fue. ¡Tres meses! No está en Berlín, donde las personas
caminan como robots debajo de un cielo gris, como dentro del mecanismo de un reloj.
Cuando tengo un poco de tiempo paseo por la estación del metro, por la librería y en el
restaurante Tornstrasse ahogando las memorias del tiempo pasado con Mushtariy. Paso horas
sentado ahí tratando de pronunciar las palabras y las frases del uzbeco que ella me enseñó.

En la tarde camino desde Heerstrasse hacia Fridixstrasse, donde está mi tierra natal. Mis
padres estaban en casa, mi papá estaba ocupado leyendo el periódico.
Mientras caminaba por el pasillo, mire la foto de mi abuelo con Rusi Nazar. Cuando me
acerque a la mesa, él estaba usando un uniforme militar mostrando más su dolor que su
nobleza. Mi mamá sirvió un tazón con sopa.

-Papá, me gustaría visitar la tierra del abuelo. – lo voltee a ver

Mi papá dejó de leer el periódico, lo dobló a la mitad y me miró con sorpresa. Continuo
leyendo como si no pasará nada. Un corto silencio calló.
-¿Y, qué pasa con tu trabajo en le banco? – me preguntó después de un rato.

-Tomaré vacaciones- le dije.

-¿Es demasiado importante que vayas allá?- arrugo la frente

-Déjalo ir…- dijo mi mamá que estaba sentada en la esquina del cuarto.
-Papá lo pensó por unos momentos y asintió la cabeza. Mi mamá entró al cuarto del abuelo y
sacó unas cosas para mí. Era un pañuelo viejo con muchos colores y con camellos en las
esquinas.

-Tómalo, mi mamá me lo dio, tu abuelo siempre lo cargaba consigo cuando seguía vivo.

Me desperté prematuramente para mi vuelo con emociones fuertes. La oportunidad de ver la
tierra soleada de mi abuelo que se convertía en la tierra de Mushtariy. Más aún, cuando yo
hechicé a Muchtariy.

Mi papá se fue muy temprano al trabajo, sólo pude decirle adiós a mi mamá cuando el taxi
llegó. Mi mamá lloró mientras me daba un abrazo apretado.

-Primero visitaremos Heerstrasse, le dije al taxista en la autopista.
Él asintió y siguió manejando. Cuando llegamos al cementerio el sol estaba radiante. Encontré
la tumba de mi abuelo y mire la inscripción en el mármol. Pareciera que estuviera
preguntando, “¿a dónde vas Isfandiyor?”. Cuando me hinqué frente a él la imagen se hizo más
grande.

-Abuelo, iré a tu tierra,- le dije al mármol mientras miraba la imagen.

Ningún sonido salió de la lápida, de la imagen dejó en mí la pregunta;

-Isfandiyor, ¿a dónde vas?…


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).


Daniela Sánchez (Ciudad de México, 1998) estudia Escritura Creativa y Literatura en el Claustro de Sor Juana en la Ciudad de México e Ingeniería en Innovación y Diseño en la Universidad Panamericana. Participó en las Microficciones del Claustro de Sor Juana en el 2018. En el 2019 cursó el Diplomado en Literatura Europea Contemporánea en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. Actualmente, es editora de poesía y jefa de traducción en Cardenal Revista Literaria. Actualmente, es editora de poesía y jefa de traducción en Cardenal Revista Literaria.

Con olor a lirios

Traducción al español por Daniela Sánchez


La brisa de la mañana llenó el cuarto con su dulce aroma. La muchacha levantó la cabeza de la
almohada e inhaló profundamente la fragancia. ¿Qué es ese aroma? Nasiba cerró los ojos y en
su cara apareció una sonrisa. ¡Es el aroma de las lirios! Sí. ¡Sí! Éste es un corazón encantado,
una hermosa flor había acariciado su mirada- el lirio. El aroma de estas flores, que crecen en el
jardín de un viejo vecino, viaja desde la casa vecina hasta su cuarto.
Cada vez, Nasiba quería correr hacía el jardín lleno de flores, recoger un gran ramo de
lirios, y respirar ese irrepetible aroma. Pero…. Pero, ahora no puede hacer eso, porque esta
muchacha ha sido recluida a estar en cama por ocho meses. Nasiba, armándose de fuerza,
logró sentarse sobre la cama. Trató de mover, en vano, sus piernas. Tratando de alcanzar la
ventana, comenzó a buscar ese aroma tan familiar, su aroma favorito. Aparentemente, el viento
se llevó el aroma de lirios. ¡Oh, si alguien trajera un ramo de lirios, sería maravilloso!
La muchacha podría aspirar suficiente de su aroma favorito. Sí, muchas veces eso pasa,
antes de que termines de pensar en algo, comienza a materializarse. Ese día no habían clases y
sus compañeros de clase vinieron a visitarla. La primavera tenía un efecto en ellos, todos
estaban felices, emocionados, todos vestidos con brillantes colores que los hacían verse aún
más vivos a los ojos de Nasiba. Durante estos ocho meses, sus compañeros la habían visitado
varias veces, siempre preguntando acerca de su salud.
Pero esta visita la había alegrado aún mas, porque uno de sus amigos, Ravshan,
sostenía en sus manos una gran ramo de lirios, que como una joven novia, inclinaban su
cabeza floral. Su aroma favorito llenaba, una vez más, el cuarto. El joven, que le entregó el
ramo, le deseó una rápida recuperación y regresó al grupo de alumnos. Emocionados,
llenaban el cuarto con su ruidosa conversación, un sonido parecido al gorjeo de las aves que
pudo distraer a Nasiba. Era feliz, y sonría dulcemente. Mientras tanto, su madre puso la mesa y
les ofreció té y galletas.
La pobre madre, viendo a su hija emocionada y feliz, estaba más que contenta. Sus
compañeros, después de decir adiós, se fueron del cuarto, Ravshan fue el último en irse.

– Nuestras clases terminan en dos meses. ¿Te veré en nuestra graduación? Prométeme que
para ese momento ya estarás de pie. Así podremos ir a la universidad juntos. Siempre
habíamos soñado con ese momento.
– Dios quiera…– la muchacha sonrió con tristeza. Nasiba ya no era una niña, podía ver la
desesperanza en los ojos de su padre, las lágrimas de su madre, no importa qué tanto trataban
de esconderlas. Pudo ver a los doctores negando desalentados mientras la examinaban.– No,
Ravshan, no me esperes… Ve tú a la universidad… Verás….– Nasiba se derrumbó y comenzó a
llorar.
Ravshan no sabía cómo consolarla, se encontraba sin palabras. Pero, se reanimó y encontró
palabras para consolarla.
–¡No digas eso! ¡No te convertirás en una coja! ¡Ya verás que todo estará bien, una vez más!
Algún día, podrás correr otra vez… ¡No me convencerás de lo contrario! ¡Lo haremos juntos!
Nasiba volteó a ver los lirios inclinados sobre el florero. Sobre la mesa descansaban algunos
pétalos, azules, rosas, que se habían caído del ramo. Alguna vez habían florecido y habían
esparcido su fragancia por todo el vecindario, pero ahora se desvanecían al instante. Como si
estuvieran avergonzadas por su fragilidad, las ramas de los lirios se doblan, todo el tiempo,
hacía abajo. Ellas no crecen en un invernadero, como las rosas o los claveles, que están
destinadas a estar expuestas, todo el año, detrás de un cristal.
– ¿Qué estás pensando?- la pregunta de Ravshan abandonó su cuerpo de mala gana.
–En nada…Ravshan, no puedo seguir contigo. Busca otra amiga…
Estas palabras, realmente, enojaron al muchacho:
–¡ Si dices esas tonterías, ya no vendré a visitarte!
La muchacha se acostó, volteando su espalda hacia él. Ravshan, a regañadientes, dejó el
cuarto en silencio. Nasiba no recuerda por cuanto tiempo estuvo acostada así. Recogiendo la
suficiente fuerza, se levantó de la cama. Abrió la cortina y volteó hacía el jardín. Interesante, la
primavera había llegado hace mucho, pero ella apenas veía el mundo que la rodeaba. Un gran
durazno había perdido todas sus flores y sus hojas comenzaban a pintarse verde. La albahaca
crecía en los jardines. Con la llegada de la primavera, todo a su alrededor revivía, aún las
hormigas que trepaban el alféizar, tratando de cargar algo.

¿Cuándo podrá renacer Nasiba? ¿Cuándo, por fin, despertará de esa hibernación?
– Tengo que pararme. Se dijo firmemente a sí misma.– ¿Por cuánto tiempo más estaré tirada
de este modo? He atormentado completamente a mis padres. Si yo no quiero luchar por mi
propia vida, ¿qué pueden hacer los doctores? ¡No esperen milagros! ¡Tienes que encontrar un
milagro dentro de ti! ¿O, es que otros lucharán por ti? Todos esperan tu recuperación. Tú,
como una flor en la primavera, encantarás otras almas, acariciaras la mirada de otros. Pero tu
vida no será tan corta como la de un lirio. ¡Tú vivirás feliz por siempre! La primavera ha llegado
a la vida de Nasiba. Las flores abrieron sus capullos, las aves gorjean. Tomando una rama de
lirio, la atoró entre su delgado pelo.
La muchacha se entretuvo con los sueños del futuro…


Nodirabegim Ibrokhimova nació en la región de Fergana en Uzbekistán, el 18 de julio de 1989. Estudió periodismo internacional en la Universidad de Lenguas Extranjeras en Uzbekistán del 2007 al 2011. Ha publicado libros como: «Yoningdagi baht» (Happiness next to you, La felicidad junto a ti.), «Jodugar» (The witch. La bruja.), “Zulm va muhabbat” (Torment and Love, Amor y Tormento.). Ha publicado algunos cuentos en Rusia, Ucrania, India, Estados Unidos y Pakistán.

Presentación de «La sinfonía de otoño»

por Cardenal Revista Literaria


A inicios de diciembre, el joven escritor Sherzod Artikov presentó su primer libro de cuentos, “The Autumn´s Symphony”, en Taskent, la capital de Usbekistán.

Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana de su país natal y escribe cuentos y ensayos.

Es para el equipo editorial de Cardenal Revista Literaria un gusto compartir esta gran noticia por el papel que nuestro querido Sherzod tiene en este proyecto literario. Por ello, y con el objeto de celebrarlo a él y a la nueva literatura uzbeka, compartimos con ustedes dos cuentos de su autoría que hemos publicado en la revista y algunos momentos de la presentación del libro.


  1. El libro de Márquez: https://cardenalrevista.com/2020/11/16/el-libro-de-marquez/
  2. El día de primavera: https://cardenalrevista.com/2020/11/26/el-dia-de-primavera/


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

Drablles

por Nodirabegim Ibrokhimova
traducidos al español por Daniela Sánchez


UN «VALIOSO» CONSEJO

–Me he enamorado de mi amigo… y vengo a que me des un consejo… El problema es que ella está casada. ¡Tanto lo he pensando!

–Si ella también te quiere, yo quiero que las dos estén juntas, ¡la vida sólo se da una vez! – dije yo, al instante.

–Pero su esposo es…

–Su esposo lo superará. ¡¿De qué sirve vivir con una persona que no amas?! –insistí. –Mi consejo es ¡que la hagas feliz! Ese es.

Poco después de esta conversación, mi esposa me dejó repentinamente.

MIEDO

–Ya vete a dormir, mi amor– diciendo esto, mi madre iba a apagar la luz.

–¡Mamá! ¡Por favor no apagues la luz! ¡Me da miedo la oscuridad!– dijo el hijo ciego.

LA ELECCIÓN

A los dieciséis: ¡Si tan sólo tuviera un novio guapo!
A los veinte: ¡Si tan sólo tuviera un novio inteligente!
A los veinticinco: ¡Si tan sólo tuviera un novio rico!
A los treinta: Si tan sólo tuviera a alguien…

LOS NIÑOS HOY EN DÍA

Yo fui joven. Solía creer en Santa Claus y en sus regalos. Cuando crecí, me pareció muy difícil de creer que era un mito. No quería creer. Luego, un día le dije a mi hijo de cuatro años:

–¡Si te portas bien, Santa te traerá regalos!

Él me dijo:

–Mamá, Santa es un personaje mitológico. ¿Acaso eres una niña?

LA ETERNA VERDAD

Primero, la madre desliza a su hijo en la cuna.
Luego, el hijo escoge el ataúd de la madre.
Ésta es la amarga y eterna verdad de la vida.

LA PATRIA Y EL AMOR

Ellos se conocieron en el internet. Después de tres años de escribirse sin parar, finalmente entendieron que no podían vivir uno sin el otro. Pero, desafortunadamente eran de diferentes nacionalidades viviendo en diferentes países.

–No puedo dejar mi hogar ni mi tierra– dijo la chica– si quieres que seamos felices para siempre, ¡ven acá! Aquí viviremos felices por siempre…

El chico inmediatamente aceptó. Cuando se encontraron cara a cara…

–No puedo casarme contigo, –la chica le dijo al chico, que estaba de rodillas frente a ella,– me pregunto si puedo vivir con una persona que puede dejar tan fácilmente la tierra que lo vio crecer.

AMOR

Tenían 18 años cuando se enamoraron. Encuentros a escondidas, cartas y el extrañarse , locamente, uno al otro… todo hacía que sus corazones sollozaran. Nadie sabía de su amor secreto. Finalmente, la chica se comprometió con alguien más. El chico no podía hacer nada, después de su boda él también se casó.

Después de veinte años, sus ojos se encontraron una vez más. Pero los sentimientos en esos ojos eran diferentes.

“Cómo es que pude amarla, mira su cara, está llena de pecas…”.

“¿Por qué, alguna vez, quise escogerlo a él? ¡Mira su panza gorda!”.

Se dieron la vuelta. ¿Y tú quieres decir que no hay amor en el mundo?

Sí, nunca sintieron amor. Si lo hubieran sentido, tal vez hubieran intentado luchar por su amor… aunque sea un poco…

ESCRITOR

–¡Yo quiero ser un escritor!– le dijo a su esposa y a sus hijos, –¡No me molesten mientras esté escribiendo!

Trabajó duro, días y noches enteras. No vio a su hija que lo estaba observando, no abrazó a su hijo que lo estaba esperando. Escribió todas las expresiones de amor que no podía decirle a su esposa. ¡Dibujó toda la amabilidad y el cariño que le tenía a su familia en sus libros!

Se convirtió en un escritor conocido. Su obra creativa fueron publicadas por millones de copias. Se cubrió de fama y popularidad.

–Ya no más escritura– se dijo a sí mismo,– ya estoy muy viejo…

Después de decirlo miró a su alrededor.

No quedaba nadie, excepto las pilas de sus libros que lo rodeaban…

LIBRO

Él usaba los libros de diferentes maneras. Los usaba para prender el horno. Para envolver algunas nueces mientras trabajaba. Los usaba como un arma ante las moscas. Hizo un modelo de un “avión” para sus hijos. Limpió ventanas. Hasta los usaba en el baño…

Pero nunca leyó alguno de ellos…

ADULADOR

Cuando alcanzó un puesto alto en su trabajo, EL apareció frente a él. EL siguió diciendo “tú eres el mejor”. Hasta le daba masajes mientras estaba sentado en su silla. EL alzaba su copa, durante los eventos, expresando aduladores brindis en honor a él.

Cuando él perdió su autoridad, EL nunca volvió a aparecerse, aún SU nombre no era memorable. Sólo SU voz, que podía oírse desde su antigua oficina. EL estaba elogiando al nuevo director…

COINCIDENCIA

–¡Yo quiero a una mujer virgen y decente para casarme!– les dijo a sus tías. Fácilmente, ellas encontraron una mujer así, que también buscaba a un hombre decente para casarse.

Así que fueron a su primer cita.

–¡¿Tú?!– ambos impactados se miraban, uno a otro.

UN HOMBRE ABURRIDO

–Por favor, cásate conmigo– le dijo el hombre, revelando sus pasiones, por mucho tiempo escondidas.

–Eres muy aburrido –respondió inmediatamente ella. Las flores cayeron al piso. La mujer se casó con otro hombre que ella quería. Su esposo nunca era aburrido, siempre estaba haciendo cosas interesantes cuando estaba libre: salía con sus amigos, jugaba con su teléfono, hablaba con otras chicas, surfeaba en la red, chateaba con amigos. Ella se quedaba aburrida, sentada sola…

SMS

Chico: “¡Todo se ha terminado! ¡Es el final de nuestra historia, tus sentimientos son falsos y, siendo honesto, me alegra que nos separemos! ¡Por favor, no te molestes en contestarme!”

Chica: “¡No soy estúpida como para contestar tu SMS! A mí también me hubiera gustado no haberte conocido. ¡No te molestes, ni siquiera, en leer mi mensaje!”

Chico: “¿Qué no lea tu mensaje? ¡Ni siquiera lo abriré, inmediatamente lo borraré!”

DESPUÉS DE 40 AÑOS…

–¡Ese es un tazón muy caro!– gritó la madre a su hijo de cuatro años. –¿Qué has hecho, pequeño bastardo?

El pequeño niño inclinó la cabeza, después de haber roto el tazón. Había corrido sin tener cuidado, y lo rompió.

-¡Recibirás tu castigo en cuanto tu papá llegue a la casa! – dijo la mamá. El niño fue a su cuarto y empezó a llorar.

MUCHO TIEMPO HABÍA PASADO

-¡Ay Dios mío! – gritó la nuera,– ¿por qué no te mueves con más cuidado? ¡Ese era un tazón muy caro, que me había dado mi papá!

La vieja señora susurró avergonzada:

–Eso fue muy repentino, yo sólo trataba de tomar mi bolsa…

-¡Le contaré a tu hijo lo que has hecho! ¡Ya no puedo más con tu locura! La vieja mujer se fue a su cuarto con lágrimas en los ojos…

PROCRASTINACIÓN

-Nunca me das flores… – sonrió tristemente la esposa.

¿Pero, cómo? ¡Si te lleve el día de nuestra boda! – respondió el esposo queriendo ser chistoso.

Eso fue hace diez años…

No te preocupes, te daré muchísimas flores. Todavía tenemos mucha vida por delante… Pero, todos los días el esposo pasaba frente a la florería y pensaba “¡Algún día, definitivamente, le compraré flores!

… Finalmente el esposo cumplió la promesa que le hizo a su esposa. Le compró flores y las puso sobre la tumba de su esposa.

UN NUEVO PAPÁ

Un niño se convirtió en un pobre huérfano después de que su padre muriera. Su madre, todavía con dolor, se casó con otro hombre. El niño le temía a ese “nuevo” papá, al principio. Sus amigos le dijeron que los padrastros, normalmente, eran malos. El niño se escapaba cada vez que el “nuevo” papá trataba de abrazarlo. Huía hacia el sótano y lloraba, recordando a su verdadero papá.

-¿Por qué lloras? – el “nuevo” papá le preguntó.

-Extraño a mi papá…

-Yo también extraño al mío.– el “nuevo” papá lo abrazó cuidadosamente, – Yo también lloré cuando mi papá murió. Aún me hace falta.

-¿Tú tampoco tienes papá?– le preguntó el niño, curioso.

-Sí… Yo también me siento sólo, como tú, hijo. ¿Serías mi amigo?– el “nuevo” papá le propuso con lágrimas en los ojos.

-Sí, sí quiero…– el niño tomó la mano de su “nuevo” amigo. Después de eso, los amigos dormían juntos todos los días.

EL PUNTO DE VISTA DE UN NIÑO

-¡Mamá, mira esto, dibujé un gatito!– la pequeña hija recibió a sus padres, que apenas llegaban del trabajo.

-¡Wow, qué bonito quedó! Se ve muy real. ¡Ahora intenta dibujar otros animales!

La niña comenzó a dibujar otra vez.

El esposo volteó a ver a la esposa, y se preguntó:

-¿No es un gatito, o sí? Sólo es una mezcla de garabatos…

-Mira la imagen desde el punto de vista de mi hija. Muestra un adorable gatito…

EN EL ORFANATO

–¿Vendrá hoy mi mamá?– el pequeño niño repetía su usual pregunta al mentor.

Hoy, tu mamá está un poco enferma. En cuanto se ponga mejor, ella seguro vendrá por ti, cariño.

¿Y mi papá? ¿Él también vendrá?– una pequeña niña se unió a la conversación.

Tu papá no ha podido pedir permiso para salir de su trabajo. Él te visitará en cuanto terminé su trabajo, querida.

El mentor ya comenzaba a pensar qué les respondería a los niños el siguiente día…

UNA DECISIÓN

“¡Mañana iré a ver a mi mamá!”.

Todos los días, él se lo plantea.

LA VIDA

-¿Por qué siempre cometes errores en tu vida? ¿Cuándo comenzarás a vivir sin fallas?

-Perdón… No los haré en mi siguiente vida. Ésta es, apenas, mi primer vida…

IDIOTA

Él nunca lastima a otros. Siempre sonríe. No está interesado en ganar dinero o autoridad. Acepta los retos de la vida con una sonrisa en la boca. Nunca se queja con Dios, siempre le agradece…

Los otros simplemente lo llaman “idiota”.

HERMANO

-Hermano… en verdad necesito tu ayuda. Tus sobrinos están enfermos, mi esposo siempre termina tomando… ¿Me prestarías dinero?– una lastimosa voz sonaba del otro lado del teléfono.

-Por favor, hermana, tú sabes que mi salario difícilmente alcanza para mi familia… deberías de entender mi condición,– suspiró el hermano. Después, repitió que estaba ocupado, y colgó el teléfono.

-¿Qué opinas de esta pulsera de oro?– le preguntó la mujer a su lado, dudosa–, ¿me la comprarías?

-¡Por qué no! ¡Compra lo que quieras, hoy me siento muy generoso!

UNA DOLOROSA RESPUESTA

-¿Quién quieres ser cuando crezcas? ¿Un piloto? ¿Un ingeniero? ¿Un administrador? El hijo respondió al instante:

-Me convertiré en un hombre ocupado, papá. ¡Y les diré a mis hijos que soy un hombre muy ocupado y no me deben molestar!

LA PENA

-¿Por qué todas mis hijas serán infelices?– el padre se lamentaba todos los días.

Pero, no podía recordar todas las mujeres que había engañado frente a ellas.

EL MOMENTO MÁS FELIZ

-¿Cuál fue el momento más feliz de tu vida?

-Fue nueve meses antes de mi nacimiento. Vivía feliz bajo el corazón de mi madre…

UNA CARTA

“¡Papi, por favor, ven pronto! Mi mamá ha enfermado esperándote. Si tan sólo nos visitarás un día, mi mamá ya no se sentiría enferma. Sólo un día… Tu hijo.”

Después de escribir esto, el niño dobló la carta formando un “avión” y lo lanzó desde su ventana. Él creía que, así, llegaría a su padre…

ENVIDIA

Un chico quedó discapacitado. Se enamoró de una chica que no tenía impedimentos. Desafortunadamente, él no podía alcanzarla… Pero, un día ocurrió un milagro. Un mago apareció frente a él y le dijo:

-Recibirás tu amor, hijo mío. ¡Desea lo que quieras!

El mago esperaba que el chico deseará curar su desventaja. Pero las palabras que salieron de su boca fueron:

-Deseo que la chica, de la que estoy enamorado, quedé discapacitada…

COBARDE

-¡Si no aceptas mi propuesta de matrimonio, me suicidaré!– el hombre le dijo a ella directamente.

A la chica le dio miedo ser la causa de su muerte, y aceptó casarse con él.

-¡Si me dejas, me suicidaré!– le dijo a su esposa. Pensando en cómo rompería su familia después de un divorcio. Una vez más, ella aceptó quedarse con su irresponsable esposo.

Todos esos “si’s” se incrementaron rápidamente. “Si tú me dejas… Si te enojas conmigo… Si me juzgas.. Si me cuestionas… Si no me das dinero… me suicidaré.”

Ella murió justo antes de llegar a sus cincuenta. Finalmente, dejó a su esposo, librándose de tanto sufrimiento y de tanta tristeza.

Él nunca se suicidó. No podía… vivió mucho tiempo más.

MADRE

–¡Tu poema sobre las madres ha ganado nuestros más grandes premios! Felicidades,– le dijo el reportero al poeta.

–¡Muchas gracias!– respondió el poeta, agradecido.

Viendo esto, las lágrimas resbalaron de los ojos de su madre con orgullo y felicidad. ¡Su hijo por fin se había convertido en un poeta respetable! Después, todas las luces del asilo se apagaron.

La madre se fue a la cama.

«EXCESO»

-Le pedí a mi esposa que abortará. Cuatro niños son suficientes por ahora. Estamos teniendo problemas económicos.– Le dijo el hijo a su madre.

–Qué interesante… hace mucho tiempo, ¿qué hubiera pasado si tu padre me hubiera pedido lo mismo? ¿Podría ser que hoy seríamos más ricos si no hubieras nacido tú?

El hijo quedó asombrado…


Nodirabegim Ibrokhimova nació en la región Fergana, en Uzbekistan el 18 de julio de 1989. Estudió Periodismo Internacional en la Universidad de Lenguas Extranjeras en Uzbekistan durante el 2007 y hasta el 2011. Sus áreas de mayor experiencia incluyen la escritura de libros, de cuentos, de narrativa y de artículos periodísticos, así como la traducción de libros de literatura mundial. E-mail: yopo.89@mail.ru

El día de primavera

por Sherzod Artikov
traducido al español por Luis alonso Álvarez


La rabieta de mi hijo era insoportable. Todo intento por calmarlo era en vano y lo que había empezado como un pequeño gimoteo ahora era un llanto insoportable junto con pedazos de pan que volaban por toda la mesa. Y todo porque no quería el pan frío que le estaba dando.

–¡Saca a este mocoso de mi vista! – La voz sonó como un trueno. Era mi padre que nos había estado viendo en silencio. Su reacción me dejó paralizada y por un momento me pregunté si en realidad él había gritado.

Aún en shock hizo algo que me dejó todavía más sorprendida. Sin prestar atención en mí o el niño, comenzó a recolectar los pedazos de pan que estaban por toda la mesa e hizo una pila para luego besarla y después hacerles una reverencia. Parecía pedirle perdón a un dios dentro del pan.

–¡Toma a tu hijo y llévatelo de aquí, ahora! – Su voz volvía a tronar por el comedor mientras recogía las migajas de pan que aún quedaban esparcidas por la mesa.

El pequeño, que nunca había visto a su abuelo así, lloró desconsoladamente. Ese hombre que nos gritaba era alguien totalmente distinto a ese padre y abuelo discreto y cortes que conocíamos.

La situación me era insoportable así que tomé a mi hijo y salimos de la habitación, no sin antes decirle –Papa, él es solo un niño… ¡Piensa! Fue una travesura. Esas cosas suceden… –.

Aquel extraño hombre solo guardaba silencio, mientras se comía hasta la última migaja. Viendo su pasividad, me fui a la habitación muy molesta. Adentro solo atiné a abrazar la almohada y llorar amargamente.

Me quedé ahí sin atender a los llamados de mamá, mi hermano y hasta mi cuñada para ir a almorzar. No importó cuanto rogaron, yo no quería salir. Abrazaba a mi hijo sin decir palabra alguna mientras miraba por la ventana intentando también calmarlo.

Cuando mi hijo se quedó dormido, mi padre apareció en la habitación. Sostenía un plato de comida en una mano y en la otra un pedazo de pastel.

–Hija, tienen que comer sino arruinarán su estómago-mientras lo decía, sacó un pañuelo que puso en el suelo y sobre él dejó los platos–. Además, él podría desarrollar una úlcera y tú sabes que no hay peor enfermedad que esa. Puede ser muy dolorosa. –

Por un momento mi padre posó su mirada cansada en mí, tomó un profundo respiro y se sentó en una silla en la esquina de la habitación. Lo observé con detenimiento. Las arrugas de su rostro parecían más profundas y sus fuertes manos, rodeadas de gruesas venas, temblaban. A pesar de todo, encontraba a mi papá más hermoso que de costumbre.

–Es domingo– dijo tristemente mirando a través de la ventana. –¡Es un domingo de primavera! Y con ella llegan los días cálidos y las flores despiertan. La madre naturaleza se luce en toda su grandeza y su delicioso olor llenará cada célula de nuestro ser…–.

Se levantó a cerrar una de las ventanas del cuarto mientras abría otra. Yo seguía sentada y silenciosa, quería demostrarle que aún estaba resentida. Como para distraer mis sentimientos, acariciaba el alborotado pelo de mi hijo, que estaba profundamente dormido. Decidí mirarlo a los ojos y escucharlo.

–Durante la Guerra, la primavera era exactamente igual a esta…Ella nos ayudó a escapar de la realidad y sobrevivir. El horror de esos días se hacía menos terrible- mi padre movía mecánicamente las manos mientras hablaba-Durante esos días recordaba algunos momentos de felicidad. Recordaba a mis padres y mi hermana que solo vivió hasta los cuatro años. Podía verlos claramente, la cara amable de mi padre y la de mi amada madre trabajando el campo con su hermosa guadaña…

Pero la lluvia de balas y proyectiles, el sonido de los tanques y el agudo zumbido de los aviones, volando alrededor, me regresaban a la realidad. En esos momentos, me entraban unas ganas de salir de la trinchera y gritar a viva voz. –¿Por qué derramamos sangre? ¿Por qué está pasando esto?–

Era un nudo en la garganta que me ahogaba todo el tiempo tratando de escapar como un grito desesperado. Pero al mismo tiempo, tenía que guardarme aquellas preguntas y pensamientos que me atormentaban. El hecho de disparar a un completo extraño era algo doloroso y atormentador.

Por momentos esos muchachos alemanes-Karl, Sebastian y Paul-aparecen frente a mis ojos ¿Por qué teníamos que matarnos unos a otros? Antes de la guerra vivía pacíficamente en Margilan lo mismo que ellos en Munich o Dresden. No dejo de pensar en ellos…–.

En medio de su relato, recordé que papá nos tuvo cuando era un hombre ya mayor. Cuando nací, él tenía más de cincuenta y desde ese momento, mi hermano y yo fuimos la razón de su vida. Él nos dijo, alguna vez, que cuando nacimos tembló de la emoción.

Mis recuerdos de primavera eran de aquellas cálidas tardes, después del trabajo, cuando papá solía pasearnos en su bicicleta por los alrededores de la ciudad. Terminábamos sentados frente a la fuente de la ciudad y disfrutando nuestro helado favorito de chocolate.

 En esos momentos, papá nos contaba historias tan interesantes sobre su vida, pero en ningún momento nos decía algo sobre la guerra. Cuando mi hermano y yo queríamos escuchar algo sobre sus hazañas militares, él cambiaba inmediatamente el tema. Y ahora el se estaba abriendo ante mí…

–Fue en Ucrania, no lejos de Lviv, donde nuestra compañía fue capturada. Casi de inmediato, fuimos embarcados en un tren rumbo a Polonia. La incertidumbre nos acompañó durante el viaje.

El tren nos dejó a las afueras de Cracovia, pero el destino final era el campo de concentración de Auschwitz; el lugar más terrible del planeta. Para los alemanes era un simple nombre, para los lugareños era “el campo de la muerte”.

Auschwitz estaba formado por tres secciones y así como a este lo habían dividido en grupos, lo mismo hacían con todos los prisioneros que, días tras día, llegaban al campo.

Se formaban cuatro grupos entre los recién llegados. El primero lo conformaban todos aquellos que no eran aptos para el trabajo. Ahí estaban los enfermos, ancianos, discapacitados, los que se veían débiles, obesos, niños y todo aquel que ellos veían no apto. Su destino inmediato era la cámara de gas y sus cuerpos terminaban en los crematorios.

En el segundo grupo, estaban aquellos prisioneros que se veían sanos y fuertes. Estos serían usados como mano de obra para labores pesadas en los complejos industriales que estaban alrededor del campo.

El tercer grupo lo formaban los gemelos, enanos, discapacitados y cualquiera que tuviera una malformación física. Ellos serían usados para diferentes experimentos médicos por los doctores de Tercer Reich.

El cuarto y último grupo, lo conformaban, en su mayoría, mujeres guapas, las que eran seleccionadas como personal de servicio para los alemanes. Ellas atenderían en las lavanderías o cantinas del campo.

Yo fui seleccionado en el segundo grupo y por lo tanto me enviaron a trabajar a una fábrica que estaba a media hora del campo. Allí se producían piezas de repuesto para los tanques, así que el trabajo era extremadamente duro y peligroso. Además, el lugar estaba tan mal ventilado que para el mediodía teníamos a varios de los prisioneros inconscientes. A eso había que agregar los insultos y latigazos que recibíamos de los guardias tal cual si fuéramos esclavos. Para empeorar la situación, nos alimentaban con una sopa de cáscara de papa y un pedazo de pan negro y duro.

Al anochecer, cuando terminaba la jornada, teníamos que caminar de regreso a las barracas. Durante el camino, era tanta la fatiga que muchos prisioneros caían exhaustos al suelo. Si estos no se levantaban, cuando lo ordenaban los guardias, simplemente les disparaban. Aún recuerdo como uno de ellos, reuniendo todas sus fuerzas y coraje posibles, llegó hasta el campo de concentración, pero al tener que subir al segundo de piso de las barracas perdió el conocimiento. No se volvió a levantar. En el campo, la vida y la muerte iban de la mano.

Trabajábamos todos los días, incluidos los domingos, pero cuando una máquina fallaba y debía ser reparada, éramos forzados a tomar “el día libre”. Los “días libres” consistían en ser llevados a una gran plaza, a cielo abierto y rodeada de alambres, en dónde debíamos pasar todo el día parados ya sea bajo el granizo y la lluvia del invierno o bajo el calor abrazador del verano.

Cerca de nuestras barracas había cuatro cámaras de gas y varios crematorios. Los fines de semana, solíamos ver los cuerpos de los prisioneros muertos entrar en los hornos. Entre ellos había gente muy joven. Mientras tratábamos de digerir la situación, un olor horrible se metía por nuestras narices. Eran las chimeneas trabajando. Junto con ese olor, las cenizas de los muertos se iban juntando alrededor de los crematorios hasta formar un cúmulo. Era la montaña de los muertos.

Los prisioneros que trabajaban en los crematorios llevaban, unos tras otros, los cuerpos de los que habían muerto sin descanso. Era muy doloroso reconocer que entre los cuerpos había personas que hasta hace unos momentos estuvieron vivos y ahora, de un momento a otro, estaban listos para ser cremados.

Una vez, si no me equivoco fue en abril del 44, nos llevaron nuevamente a la plaza. Exhaustos por el hambre y las difíciles condiciones, nos movíamos a duras penas hacia la plaza. Caminábamos más como muertos que como vivos.

Recuerdo que ese día todos estábamos asustados porque era Pascua y sabíamos que los alemanes, durante los días festivos, solían divertirse a costa de nosotros y lo hacían de las formas más retorcidas.

Solían organizabar competiciones. Una de ellas era una carrera en la que participaban cuatro personas. El ganador, sobrevivía y los otros tres esperaban la muerte en un paredón. En otra ocasión la competencia era de canto. Ordenaban a varios de nosotros pararse en formación a lo largo de una cerca de alambre. Uno haría de solista y el resto de coros. Nos obligaban a cantar canciones Nazis y si nos negábamos o lo hacíamos mal, según su criterio, terminábamos en el paredón. Pero la peor era cuando nos obligaban a correr de un lado para el otro, con el brazo derecho en alto, gritando “Heil Hitler”. El primero que se cansaba, moría.

Estos y otros “juegos” solían ser usados para llevar a más prisioneros, y sobre todo judíos, a las cámaras de gas. La “ceremonia de despedida” era macabra. Los sobrevivientes debíamos hacer el saludo nazi ante los condenados que iban camino a la cámara de gas. Si alguien no lo hacía de la manera apropiada, se unía a la fila de la muerte.

Pero ese día de Pascua era diferente, los guardias se veían más serios. No había ese ánimo de fiesta, y sus rostros reflejaban preocupación y ansiedad. Eso nos hizo sospechar que algo muy importante iba a suceder, pero cuando vimos a los hombres de la SS, con sus rifles automáticos en la mano, cuadrarse frente a la alambrada no nos quedó duda; un alto oficial vendría al campo. Y efectivamente, a lo lejos pudimos divisar la llegada de un gran carro negro el cual se acercaba cada vez más rápido al campo.  El comandante del campo y sus asistentes, al ver al carro a pocos metros, salieron corriendo de sus puestos y se fueron a formar en la línea junto con los guardias y los hombres de la SS.

Finalmente, teníamos el carro ante nosotros. La lluvia no había parado en toda la noche, por lo que el suelo estaba cubierto de barro y arcilla y el carro se había ensuciado con ellos.

–¡Heil, Hitler!–. El comandante del campo y sus soldados saludaron a una sola voz al invitado.

El oficial saludo a todos y comenzó a mirar a su alrededor. Se le veía cansado y molesto al ver la montaña de cenizas cerca del crematorio. También mostraba desprecio al ver nuestras barracas. Luego, se aproximó hacia las alambradas y comenzó a inspeccionarnos.

Él era un hombre fornido, de hombros anchos y de entre cuarenta y cinco y cincuenta años. De forma accidental su mirada se posó en mí y por algún motivo, le llamé la atención. Con un gesto me llamó hacia él e inmediatamente un intérprete se acercó.

–¿Eres judío?– el oficial preguntó mirándome de pies a cabeza. El joven interprete traducía sus preguntas.

–No, soy uzbeko…– respondí sin levantar la cabeza.

–¿Ves aquel carro?– él apuntó al auto en el cual había venido.

–Sí, lo he visto…–.

–En media hora ese carro tiene que estar limpio. El tiempo ya está corriendo…–.

Al principio no pude entender las instrucciones, solo después de una segunda explicación lo entendí. Moví la cabeza en señal de aceptación. El conductor del carro y un soldado de la SS trajo un balde con agua, un trapo y me puse a trabajar.

Por primera vez en mi vida, estaba al frente de un portento de la tecnología como aquel. Lo tenía ante mis propios ojos y además podía tocarlo con mis manos. Antes solo había visto algo así en fotos.

Recordé que mi padre tenía una posada en el distrito donde vivíamos. Ahí habían llegado oficiales rusos en sus autos Kokand Arba y Phaetos, pero ahora frente a este carro hermoso, negro, brillante con un asiento suave y con muchos dispositivos, todo lo visto antes era absolutamente nada. En el capó del carro estaba escrito “Mercedes”. A pesar de mis pocas fuerzas, limpié el carro con mucho gusto.

Terminado mi trabajo retorné con los demás prisioneros. Me senté en el suelo, me apoyé en una de las cercas y tomé un respiro, estaba exhausto. Mientras tanto el oficial, acompañado del jefe del campo, dejaron el edificio donde estaban reunidos y fueron hasta el auto. El oficial de la SS empezó a revisar mi trabajo. Rodeó el carro de principio a fin, y mientras lo hacía, pasaba su dedo índice por todo el carro. Se le veía satisfecho. Le gritó algo al comandante del campo, quien a su vez dio instrucciones al soldado que estaba cerca.

Mientras tanto, el oficial paró un momento y apoyado contra el carro comenzó a fumar. Repentinamente un soldado apareció con un plato de pan blanco y fresco. El comandante del campo se aproximó a las alambradas y me llamó. Me acerqué a él y con una palmada en mi huesudo hombro hizo un ademán como diciendo que eso era para mí.

Yo veía esos pedazos de pan en el plato y parecían una fantasía, solamente el olor y los latidos de felicidad que producían en mi corazón daban cuenta que eran reales. Por un momento todas esas sensaciones parecían que me iban a volver loco. Solo atiné a recibir el pan y me apresuré a regresar a mi sitio.

Estaba contento, no lo puedo negar, absorto en mi “premio”, pero de nuevo aterricé en la realidad. La realidad era la mirada de los demás prisioneros. En el fondo yo solo quería cerrar mis ojos, olvidar todo y comer ese delicioso pan, pero mi consciencia no me lo permitía. Me sentía egoísta y culpable. Algo debía hacer y lo hice.

–¡Toma, Umar!– Mi amigo de la ciudad de Tashkent fue el primero al que me acerqué con el pan. Lo tomé por sorpresa y no se atrevió a estirar la mano de inmediato solo en la segunda oportunidad que le ofrecí, él tomó un pedazo del pan y se lo comió.

–¡Mira qué pedazo de pan Naufal!– Le dije al joven de Tajikistan cuando me acerqué. –¡Vamos, pruébalo!–  Y él también tomó otro pedazo y lo comió. Repetí la invitación al resto de mis compañeros. El último pedazo se lo di a un camarada kazajo.

Cuando retorné el plato vacío al soldado, el jefe del campo vino hacia mi visiblemente contrariado –¿Estás loco?– dijo nerviosamente. –Fue un premio por el trabajo que hiciste y en vez de saciar tu hambre le diste hasta la última migaja a los demás ¿Por qué lo hiciste?- antes de responder, aparecieron, como  imágenes de una película, la joven esposa de Umar Islambekov, la anciana madre de Naufal, el padre de Niyazov que perdió una pierna y otras imágenes más de mis compañeros.

–¿Por qué lo hiciste?– repetía con impaciencia el comandante del campo.

–Porque en mi patria, ellos tienen gente que los espera…a mí nadie me espera–.

Después de escuchar la respuesta que le di al comandante del campo, traducida por el intérprete, el oficial suspiró fuertemente. Fue en ese momento que me animé a mirarle a los ojos. En su mirada cansada, pude ver un resquicio de humanidad.

Se quedó pensativo por un momento, luego tiró el cigarrillo y miró alrededor. Con tristeza, miró al crematorio y la montaña de cenizas y dijo algo más para sí que para los demás: «Got vergib uns, wir sind alle Geshopfe»*.

Después de dar unas instrucciones más al jefe del campo, el oficial se dirigió al carro dando por terminada la visita. Mientras lo hacía, miró en mi dirección y susurró algo al interprete. Cuando el carro del oficial desapareció, el comandante le dio más instrucciones al interprete y éste a un soldado el cual me ordenó que lo acompañara. En ese momento lejos de mis camaradas me sentía como un condenado. Mis amigos, al otro lado, se acercaban más y más contra la alambrada. Sus ojos llenos de piedad y desesperación acompañaron ese sentimiento de muerte inminente que me empezaba a invadir.

–Islambekov, Chariev, Niyazov…mis amigos, no me recuerden con pena…– me decía a mí mismo. Mientras caminaba, mi vida entera pasó por mis ojos. Mamá, papá, mi hermana…nuestra casa…el jardín con los tres patos y los árboles…

La idea de que nadie llorara mi muerte, me ayudaba a aceptarla. Sin embargo, susurré una oración que aprendí de niño.

Contrario lo que esperaba, el soldado me llevó rumbo al comedor. Lo seguí silencioso. Cuando entramos me ordenó que me sentara en una de las mesas. Rápidamente el cocinero me trajo la comida; unas rebanadas de pan blanco, bistec y jugo de albaricoque.

Mientras trataba de entender lo que estaba pasando, el intérprete apareció. –El Brigadeführer ordenó que te dieran de comer. Así que siéntate y come…–.

Con las manos aún temblorosas, tomé la cuchara y comencé a comer. Mientras lo hacía, el intérprete sacó de su bolsillo un block de notas.

–¿Está bueno el pan? – me preguntaba con una cálida sonrisa. Solo atiné a asentir con la cabeza.

–No te avergüences y come. Es hora de almuerzo. Y tus amigos pronto serán alimentados, pero desde hoy tú serás alimentado aquí. Ya no comerás esa sopa de papas, sino comida de verdad. Es la orden del Brigadeführer.

–¿Cuál es tu nombre? – Por primera vez veía al intérprete tan de cerca. Él tendría la misma edad que yo, es decir, unos 25 años. Parecía un tipo amable y agradable.

–Mi nombre es Odil– respondí.

–Yo me llamo Richard. Aprendí ruso en la universidad de Berlín. Desafortunadamente, no pude terminarlo. En el 38 me alistaron en el ejército y de ahí a la guerra.– Richard se quedó un momento conmigo, hablamos un poco más y luego se levantó para retirarse, pero antes de cruzar la puerta del comedor, volteó hacía mí y aprovechando estábamos solo me dijo algo casi como una confesión. –Muy pronto tus tropas llegarán aquí. No queda mucho, será en cualquier momento–.

Nueve meses después, a finales de enero del 45, el ejército soviético liberó el campo de concentración de Auschwitz. Umar Islambekov no vio ese día, poco antes murió de tifoidea. Él era bastante joven, se casó a los 18 y lo llevaron al frente a los 19. Naufal se ahorcó en el otoño. Muchos más de mis amigos no pudieron soportar la dura vida en el campo de concentración y ese terrible lugar fue su último refugio. Solo yo, Niyazov y otro puñado de camaradas logramos sobrevivir al campo de la muerte.

Muchos años han pasado desde entonces, pero esos días seguirán vivos en mi memoria, especialmente aquel domingo del 44. No olvidaré el pan blanco y las caras de felicidad de mis camaradas cuando probaron lo que para ellos era el pan más delicioso del mundo. Tampoco olvidaré a mis enemigos, en especial al Brigadeführer y el traductor Richard que, a pesar de todo, mostraron compasión y piedad. Quizás ellos tampoco encontraron respuestas a tantas cosas que los atormentaban y al ver tanta sangre, muerte y sufrimiento, algo de humanidad se debió despertar en sus almas muertas. Es lo único que puede explicar lo que hicieron ese día.

Papá se quedó en silencio. Yo solo atiné a levantarme e ir hacia la ventana. La habitación estaba fría, así que cerré las ventanas. Papá seguía callado. Me quedé parada por un momento al lado de las ventanas y luego me acerqué a papá. Quería decirle algo. Él estaba mirando a lo lejos, sus manos temblaban mientras se aferraba a la silla.

–Papá, perdóname…–. Corrí hacia sus brazos y lloré. Él también lo hizo.

–Ahora lo sabes hija mía…ahora lo sabes…cada pedazo de pan, cada pedacito significa demasiado para mí pues aún deseo compartirlo con ellos…–.

Margilan, Abril, 2020.


*Traducción aproximada: “Dios nos perdone, todos somos pecadores”.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

El libro de Márquez

por Sherzod Artikov
traducido al español por Luis Alonso Álvarez


Amo Octubre. Es un tiempo lluvioso, de ventiscas y a menudo está nublado. Las hojas amarillas caen y crujen bajo los pies, verlas en esa danza trae paz y descanso al corazón.

Aunque ayer fue un día muy ventoso, hoy llueve. Al anochecer, todo parece más quieto, un olor agrio emerge desde el suelo que mezclado con la humedad se prolonga hasta el aliento.

En la noche la temperatura baja lentamente y siento como me enfrío en el balcón. Es momento de entrar.

Ya en la comodidad de mi habitación contemplo el largo y gran librero. Fui hacia él y me detuve un momento para pensar qué hacer. No estaba de humor para leer. Me dolía la cabeza y mi corazón latía fuerte. Un libro es lo último que me ayudaría.

Decidí sentarme y recordé que Nafeesa no me había regresado el libro que ella había tomado. Se había llevado “Cien años soledad” exactamente hace diez días. Desde entonces no la había vuelto a ver.

Conforme el tiempo pasaba el dolor de cabeza aumentaba. Me tomé la medicina con la ayuda de una refrescante cerveza y una taza de café amargo. Decidí regresar a mi cuarto.

En la casa de enfrente, vivía una anciana mujer rusa. Ella había muerto hace dos meses y fue cuando Nafeesa y su familia se mudaron. El hijo de la mujer se las había vendido.

El papá de Nafeesa era militar y trabajaba en el complejo militar de la ciudad y ella, si mal no recuerdo, estudiaba inglés en la escuela.

Nafeesa había escuchado, por los vecinos, que yo tenía una interesante biblioteca privada. Directamente nunca me lo preguntó, incluso aquella vez que nos conocimos en la calle. En esa ocasión solo atinó a hacerme un gesto de asentimiento, como saludo. Creo que se sentía incómoda para preguntarme algo más.

–¿Puedo leer alguno de tus libros?– La pregunta me sorprendió un día, cuando ella apareció repentinamente al frente de mi apartamento.

Nunca alguien me había pedido algo así, sin embargo, no pensé mucho y aún bajo el estado de shock, la invité a pasar.

–¡Tienes muchos libros!–

Ella miraba alrededor y se regocijaba como una niña pequeña. Yo estaba parado y silencioso frente a la ventana; presionaba un cigarrillo entre mis labios. Yo no iba a decirle nada, dejaría que ella se formara sus propias preguntas. Además, no solía hablar cuando fumaba.

–¿Puedo llevarme el libro de Jack London?– Preguntó.

Asentí como señal de consentimiento, luego inhalé el humo del cigarro y le di la espalda. Ella tomó el libro y me lo agradeció, sentí que lo hizo con todo el corazón.

–¡Muchas gracias! ¡Lo leeré rápido!– El libro que había tomado era “Martín Edén”.

Desde entonces ella venía tres o cuatro veces a la semana. No hablábamos mucho, ella siempre parecía un poco confusa especialmente cuando no le prestaba atención. Ella comenzó a conocer mi grado de indiferencia cuando me veía fumar cerca de la ventana, en ese momento ella regresaba el libro cuidadosamente al librero y rápidamente se iba.

Eventualmente, se volvió nuestra rutina, pero últimamente todo estaba cambiando. Y no sé porqué.

Ya no fumaba en la ventana y, por el contrario, me sentaba en una silla y no dejaba de mirarla.

Ella ya no estaba tan apresurada por irse y se paraba frente a la biblioteca, como siempre, y tomaba su tiempo hasta decidir cuál libro tomar.

Esa tarde, luego de una larga pausa, ella tomó “Cien años de soledad”. Lo miró con mucho interés mientras caminaba al centro de la habitación.

–¿Te gusta leer literatura de todo el mundo?– Le pregunté mirándola muy de cerca. Cuando ella dio cuenta de la pregunta y la situación, se sonrojó como un tomate.

–Sí, de vez en cuando leo literatura de todo el mundo–, dijo tratando de mantener la compostura mientras pasaba las hojas del libro.

No era atractiva, sin embargo, su comportamiento amable, suaves movimientos, una calma casi confidente al mismo tiempo que un brillo particular en sus ojos la hacía muy interesante.

–¿Has leído todos esos libros?–.

–Casi– le respondí después de mirarla más de cerca.

–Te envidio–. Lo dijo mientras cerraba el libro.

-¿Te gustaría una taza de café?- Le pregunté mientras ella ya estaba dispuesta a salir. –Hoy el clima está perfecto para un café–.

Nafessa ahora miraba a través de la ventana abierta, tal como yo lo hacía. Había aprendido.

–Bueno, si no es una molestia para ti–, respondió aún confusa.

–¿Con o sin azúcar?–.

–Si puedes, que sea sin azúcar–.

El café me hizo olvidar las acostumbradas misantropía y timidez al mismo tiempo. Hablaba con entusiasmo de los libros que leí y de mis autores favoritos. Ella me escuchaba con atención e interés.

Luego ella comenzó a hablar y lo hizo con no menos placer y entusiasmo. Escuchándola, me di cuenta que ella estaba fascinada por un hombre de mundo, como lo era yo. Éramos como dos gotas de agua y sentí ese dulce placer que no había sentido por tanto años.

Cuando se fue, estaba de nuevo solo con mis libros, como siempre. Estaba muy confundido, mi corazón estaba aturdido, pues acostumbrado a la soledad otra vez empezaba a deambular entre una serie de sensaciones.

Ahora, por primera vez en años, me sentía profundamente solo, como si estuviera rodeado de cuatro paredes totalmente oscuras.

Al día siguiente, al salir de casa, me encontré a Nafessa en la calle. Ella y su hermana estaban de camino a la escuela. Como de costumbre, la saludé con un gesto de asentimiento y caminamos en silencio hacia la parada del bus. Quería hablarle, pero me contuve. Quizás ella se avergonzaría porque había mucha gente alrededor nuestro. Ya en la parada del bus, yo tomé un taxi y ella tomó el bus.

En el camino, recordé el libro que ella había tomado la última vez y me pregunté si lo había leído. Me dije que de seguro lo había hecho.

Pasaron cuatro días sin noticias. Al quinto, su ausencia me torturaba la paz mental y del alma. Al sexto, contrario a mi naturaleza, mi corazón estalló y comencé a ponerme nervioso. Al sétimo, de nuevo comencé a fumar en la ventana, y con calma llegué a la conclusión de que leer dicho libro en una semana era imposible, lo cual me dio cierta calma.

Ayer mi estado mental se había deteriorado y no podía concentrarme en mi trabajo. No tenia idea como se puede leer un libro de 386 páginas en tanto tiempo y eso me rondaba todo el tiempo. Probablemente ella no tiene tanto tiempo como yo, me decía. Despues de unos minutos pensé que definitivamente a ella no le gusto el libro y me di por sentado que nunca más lo regresaría.

Muchos de mis colegas no estaban interesados en la lectura, excepto Feruza Anvarovna del departamento de Administración de Riesgos. Ella tendría casi treinta y cinco años. Ella era muy sincera e inteligente.

Durante el break, no pensaba en otra cosa que preguntarle acerca del libro de García Márquez.

–¿Puedo preguntarte algo Feruza Anvarovna?–. Ella estaba ocupada en sacar unos papeles de su escritorio.

–Por supuesto, Humayun–.

–¿Cuanto tiempo te llevaría leer un libro de 386 páginas?–. La pregunta la soprendió y le hizo pensar un rato.

–Depende del tipo del libro. Si lo encuentro interesante, podría terminarlo en 7 días. Si no, me puede tomar hasta un mes–.

Un poco después le hice a uno de mis clientes la misma pregunta.

–Si lo intentara, probablemente, lo acabaría en dos semanas–.

De camino a casa, le hice la misma pregunta al taxista.

–Para ser honestos, no me interesa leer–, me dijo mientras me miraba a través del espejo retrovisor.

Cuando llegué a casa, me paré en el pasillo, apoyándome contra la pared sin entrar del todo.

–Esto debe tener un significado–, me dije. –Si Nafessa me ha visto desde su ventana, probablemente venga a cambiar el libro–. Me quedé ahí esperando durante 20 minutos, pero nadie tocó la puerta.

Como estaba decepcionado, busqué en los bolsillos de mi pantalón la cajetilla de cigarro. La caja estaba casi vacía, pero había un último cigarrillo. Eso me ayudó a distraerme un poco y me dirigí al librero a tomar algunos de los libros que estaban ahí.

Uno de ellos tenía 254 páginas y el otro tenía 83. Un tercero tenía 124. Me quedé con ese último y el resto los devolví al librero. Lo comencé a hojear de principio a fin y decidí que ese le recomendaría a Nafessa la próxima vez que nos viéramos.

Moví mis entumecidas piernas por la habitación. Luego me incliné en el espaldar de una silla. El dolor de cabeza comenzó a menguar después de tomar las pastillas. Sin embargo, mi corazón seguía latiendo muy fuerte. Tuve que reclinar mi cabeza en el espaldar de la silla y cerré los ojos por un momento. La imagen de Nafessa aparecía frente a mis ojos, una y otra vez. Fue entonces cuando entendí que mi ansiedad, mi estado nervioso y de mal humor durante estos últimos diez días, era el resultado de esperar.

Desde que era pequeño, me había acostumbrado a no esperar nada, pero ahora esperaba encontrarla. Esperaba verla otra vez, escucharla que me hablara con su serena voz y llenara la habitación con ese sonido. ¿Por qué me mentía a mi mismo? Después de todo, no importaba el tiempo que tomara en leer el libro.

Cuando lo acepté, repentinamente comencé a reir. Mi risa estaba llena de pena, anhelo y tristeza, pero seguía riendo. Mi voz se hacía más y más fuerte.

Fue en ese preciso momento que alguien tocó la puerta. Al principio no presté mucha atención, pero de nuevo volvieron a tocar. Antes de abrir me arreglé la corbata y me abotoné la camisa, que estaban desacomodadas.

Nafessa estaba ahí, parada en el umbral de la puerta sosteniendo un libro en la mano.

–Lo terminé finalmente–, me dijo mientras intentaba sonreir y al mismo tiempo me mostraba el libro en la mano.

–Márquez me hizo sudar la gota gorda–.


The Book of Márquez

I love October. There is more wind and rain in October. The weather is often cloudy. Yellow leaves rustle under your feet, and a leaffall brings peace and comfort to your heart.

Yesterday it was windy, but today it rained. By evening, though it was quiet, the bitterness that came from the ground, and its wet smell was still lingering in my breath. In the evening, the temperature dropped very low, so I cooled down on the balcony. Then I went inside.

In my cozy room there was a long and large bookshelf. I went up to it and for a moment thought about what to do. I was not inclined to read. My head hurt and my heart was beating. It is unlikely that a book would help in such a situation.

When I fell down on a chair, I remembered again that Nafeesa had not come for the book. She took Márquez’s «One hundred years of solitude» exactly ten days ago. Since then, she has not been seen.

As time passed, the headache increased. I took a medicine and drank a freshly brewed bitter coffee in addition. After that, I started walking back and forth in the room.

In the house across the street from me lived a Russian old woman. She died two months ago, and Nafeesa and her family moved into her apartment. The old woman’s son, who lived abroad, sold the house to them. Nafisa’s father was military, worked in the military part of the city, and she herself, if I am not mistaken, taught English at school.

She must have heard from her neighbors that I have a private library. She herself never asked about it. When she met me in the street, she just nodded to greet me, without saying anything, it was probably inconvenient to ask for something.

–Can I read something from your books?– she asked me once, suddenly appearing in front of my apartment.

At first, I was very surprised. Nobody here asked me for books. Nevertheless, I invited her inside.

–You have so many books!–

She looked around my library and rejoiced like a little child. I stood silently in front of the window, pressing a cigarette to my lips. I did not want to answer her. I thought that then she would ask more questions. I was used to not answering anybody when I was smoking.

–Can I take Jack London’s book?– she asked.

I nodded as a sign of consent, inhaling cigarette smoke and turning my back on her. Nafeesa took the book and thanked me from the bottom of her heart.

–Thank you very much! I will read it quickly!–

Her first book was «Martin Eden». Then she began to come to me in every three or four days. We almost did not communicate, she was a little confused, especially when she saw that I do not pay attention to her. When she noticed how indifferent I was smoking at the window, she would carefully return the book she had read to the shelf and hurriedly leave.

Eventually, it turned into our routine. But for the last time, everything was different. I don’t even know why. This time, I did not smoke at the window. On the contrary, I sat in a chair and did not take my eyes off her. She was in no hurry to leave, too, leaving a book. She stood in front of the shelf longer than usual, as if she could not choose. After a long pause, she took Marques’s «One hundred years of solitude» and looked at it with interest, standing in the center of the room.

–It turns out that you like to read world literature?– I asked for the first time, looking at her closely.

When she caught my look, she blushed like a beet.

–Yes, I often read world literature–, she said, maintaining her composure and continued to flip through the pages of the book.

Perhaps, it was not attractive. Nevertheless, her polite behavior, smooth movements, calm confidence and at the same time the thirst for life, shining in her eyes, were extremely attractive.

–Have you read all these books?–

–Almost–, I said after looking at the closet.

–I envy you–, she continued, closing the book and going to leave.

–Would you like to have a cup of coffee?– I asked, suddenly standing up when she reached the doorstep. –Today is the right weather for coffee.–

Nafeesa looked out the open window.

–Well, if it doesn’t give you any trouble…–, she said confusedly.

–Do you want sugar or no sugar?–

–Let it be without sugar.–

For coffee, I forgot my inhumanity and shyness. I spoke with enthusiasm about the books I read and my favorite authors. She listened to me with interest and attention. When it was her turn, she spoke with pleasure and no less enthusiasm. Listening to her, I realized that I was fascinated by a man whose worldview was like mine, like two drops of water, and that I finally felt the sweet pleasure that had been lacking in my life for many years. 

When she left, I was again alone with my books. As it always was. I was very much mistaken, expecting that my heart, accustomed to loneliness, would again begin to wander quietly in its deserted corners. For the first time, I felt deeply alone, feeling the fullness of this dark feeling in four walls.

When I left the house the next day, I accidentally met Nafeesa in the street. Her sister was with her on her way to school. As always, I greeted her, but we walked silently to the bus stop. I wanted to talk, but then I thought about it. Maybe I was embarrassed again because of the people around me.

At the bus stop, I caught a cab and she got on the bus. On the way I remembered the book she had taken the last time.Then I began to wonder if she would read it quickly. In the end, I decided firmly that she would succeed.

Four days passed without any news. On the fifth absence Nafisa squeezed the peace of mind out of my soul. On the sixth, contrary to my nature, my heart fell, and I began to get very nervous. On the seventh day, as usual smoking at the window, I came to the conclusion that it is impossible to finish reading this book by Marquesa for a week, and this conclusion led me to seizures.

Yesterday my state of mind deteriorated and I could not concentrate on my work in the insurance company. I had no idea how I could read a 386-page book for so long, and I constantly thought about it. Other obsessive thoughts were dreaming in my head. Probably, Nafisa had no time to read the book, I said to myself. After a minute I thought she just did not like the book and forgot to return it.

Most of my colleagues were not interested in reading it, except for Feruza Anvarovna from the Risk Management Department. She was about thirty five years old – she was a sincere and very smart woman. During the break, I wanted to ask her about this book by Marquesa, which occupied all my mind.

–Feruza Anvarovna–, I said while entering. –Can I ask you something?–

At that time she was sorting stacks of papers on her desk.

–Of course, Humayun–.

–How many days will you read a book with three hundred and eighty-six pages?–

Feruza Anvarovna thought a little.

–It depends on what kind of book it is. If I am interested in it, I will finish reading it in seven days. If not, I will not read it even in a month–.

A little bit later I addressed to one of my clients with the same question.

–If I try, probably, to read it within two weeks–, he said after thinking.

On the way home, the cab driver also asked the same question.

–Honestly, I’m not interested in reading books–, he said, sneaking around through my rearview mirror.

When I got home, I stood in the hallway, leaning against the wall without going inside. This had an ulterior purpose: if Nafeesa had seen me from her window, she would probably have come to change the book. I stood like this for twenty minutes. But there was no knocking on the door. When I was disappointed, I put my hand in my pants pocket and took out a pack of cigarettes. The box was almost empty. Fortunately, there was the last cigarette left. It helped me to distract a little: I went to the bookshelf and took some books from there. One had two hundred and fifty-four pages, the other one had one hundred and eighty three, and the third one had one hundred and twenty-four pages. I left this third one and put the rest back on the shelf. Having flipped through the book from beginning to end, I decided to recommend it to Nafeesa next time.

Wandering around the room soon tired my legs. I leaned on the back of the chair. The pain in my head began to fade after taking a pill. But my heart was still pounding like crazy. Having put my head on the edge of the chair, I closed my eyes for a moment. The image of Nafisa swam before my eyes again and again. Then I realized that the discomfort, nervousness, bad mood for the last ten days were all the result of waiting. I, accustomed since childhood not to expect anything, was looking forward to meeting her as nothing else. I was looking forward to seeing her again, how she would talk to me and her pleasant voice would fill the room. Why should I lie to myself? After all, it really did not matter how long the book by Marquesa was read.

When I admitted this fact, I suddenly laughed. My laughter was full of pain, longing and sadness. I kept laughing. My voice was getting louder and louder. At that moment, there was a knock on the door. At first, I did not pay attention. Then somebody knocked again. Before opening, I corrected my tie and buttoned my shirt. After that, I opened it. Nafeesa was standing on the threshold holding a book in her hand.

–I hardly finished,» she said, trying to smile and showing me the book in her hand. –Márquez made me sweat a lot–.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

Deseos cumplidos

por Artiom Khisamov
traducido al español por Misael Rosete

—¡Hola!

—¡Hola!  Por favor entre, tome asiento.

—Gracias, ustedes fueron recomendados por un conocido, él me contó cómo cambiaron su vida.

—Sí, su amigo es nuestro mejor prospecto. Analizamos su solicitud y, ¿sabe?, la encontramos muy tratable, usted tiene tantos intereses; pienso que se convertirá en uno de los mejores prospectos. Bueno, ¿podemos empezar?

—Sí, por supuesto, sólo que no sé por qué parte hacerlo…

—¡No se preocupe!  Comience donde considere necesario.

—Bien.  Entonces empecemos:

La playa de arena, el viento cálido y salado golpeaba en nuestras caras, el ruido de la brisa de las olas absorbía los tímpanos, los rayos del sol se reflejaban en su cabello, estábamos sentados aún en la arena fría y nos miramos el uno al otro en silencio. Era una mirada irresistible, penetrante, me pareció que estaba mirando más allá de lo que puedo imaginar. Cómo quería desentrañar sus pensamientos, su bronceado oscuro que cubría su cuerpo, el cual antes fue pálido… podíamos sentarnos allí durante horas, mirándonos así en silencio. Su manera de actuar nos mantuvo juntos, como en esas escenas de películas en blanco y negro o libros clásicos.  Era un día cualquiera, los transeúntes pasaban apresuradamente por las aceras, los montones de automóviles circulaban por el camino, la calle estaba fresca.  Agradable clima para una caminata tranquila. Yo iba en lo que para mí era un lugar acostumbrado, donde parecía que la paz brotaba.  Fue uno de los primeros establecimientos de café en la ciudad.  Por detrás del mostrador durante veinte años estuvo el mismo hombre, era un tipo barbudo de cabello gris quien simplemente amaba preparar café. Los lugares allí siempre estaban ocupados; todos alguna vez intentaron encontrarse en la confortable atmósfera de lámparas aunque fuera por un instante. Ordené una tacita de bebida vigorizante y me senté en una mesa libre, al rededor estaban sentadas personas mayores, las cuales ya no tenían prisa para ir a un lugar o para  sortear algún pendiente.  La puerta se abrió y ella entró.  El primer recuerdo de ella fue uno de esos que son difíciles de describir con palabras y el cual incluso ahora  no podría explicar. Parecía que hubo un instante en que nos hablamos y nos dimos cuenta de que ya no podíamos estar separados, desde ese momento todo comenzó.  En general, este tiempo fue mágico, transportándonos a otro lugar, durante el cual lo vivimos todo: alegría, pasión, prosperidad, miedo, tristeza por una perdida y odio.  Y da lo mismo, nos quedamos juntos así, como éramos.

Sentado en esa playa, recordé todos estos momentos que viví con ella.  Nos tomamos de la mano, caminamos lentamente  por un lugar sin gente.  Todos nuestros viajes iniciaron allí, desde este lugar comenzaron, y siempre fue así.

En general, eso es todo.

—Bien, muy bien… ahora estoy preparándole un programa individual para su inmersión.  Tendrás que esperar un poco, mi asistente te llevará a la sala de espera.

—Está bien.

—¡Por favor, venga por aquí!  En unos minutos alguien lo recibirá.

—¡Espere, estoy muy nervioso! ¿Comprende?, tampoco entiendo qué esperar de esto.

—¡No se preocupe!  Le darán oportunidades que usted mismo querrá desarrollar.  Con la ayuda de nuestra tecnología, podrá permanecer sin nocividad por mucho tiempo en nuestra simulación virtual.

La mujer sale de la habitación, con nervios saco un cigarrillo de la cajetilla, empiezo a fumar sin entender qué sucederá después.  La esperanza y el humo amargo me llevan hacia adelante. Después de un tiempo entra una asistente.

—¡Por favor venga por aquí! Todo ya está listo para usted.


Получая, Желаемое

–Здравствуйте

–Да здравствуйте, прошу проходите, присаживайтесь.

–Спасибо, мне вас порекомендовал мой знакомый, он рассказывал как вы изменили ему жизнь.

–Да, ваш знакомый наш лучший кандидат. Мы посмотрели ваше заявление и знаете мы нашли его очень занимательным, у вас столько разных интересов, думаю вы станете одним из лучших кандидатов. Что же можем начать?

–Да конечно, только даже не знаю с чего начать.

–Не волнуйтесь начните оттуда где вы считаете нужным.

–Хорошо. Тогда начнём:

Песчаный пляж, теплый соленый ветер бил нам в лицо, шум бриза волн впивались в перепонки, солнечные лучи отражались от ее волос, мы сидели ещё на холодном песке и молча глядели друг на друга. Она была неотразима, проникающий взгляд мне казалось что она смотрела дальше чем я могу представить, как же я хотел разгадать ее мысли, ее смуглый загар покрывший когда то ее бледное тело, мы могли сидеть там часами вот так молча смотря друг на друга. Старомодные замашки свели нас вместе, как те самые сцены из чёрно-белых фильмов или классических книг. Был обычное день прошожие торопливо шли по тратуарам, кучи машин носились по дорогам, на улице было свежо приятная погода для размеренной прогулки, я шел в обыденное для меня место где казалось  умиротворение било ключом это была одна из первых кофейных заведениях в городе за стойкой на протяжении уже двадцати лет стоял один и тот же человек седой бородатый мужчина который просто любил готовить кофе места там всегда были заняты, все пытались хоть на мгновение оказаться в ламповой уютной обстановке. Я  заказал чашечку бодрящего напитка и сел за свободный столик, вокруг в основном сидели пожилые люди которым уже некуда спешить и чего то преодолевать. Дверь открылась и вошла она, да первое воспоминание о ней была одна из тех вещей что трудно описать словами и  вряд ли сейчас  бы смог это сделать. Казалось было одно мгновение как мы заговорили друг с другом и поняли что больше не можем быть раздельно с того то момента все и началось. Вообщем это время было  магия переносящая нас в другое время, за то время мы пережили все радость, страсть, благополучие, страх, горечь утрат, ненависть. И все равно мы оставались вместе такими какими мы есть.

Сидя на этом пляже я вспоминал все эти моменты которые мы пережили с ней. Мы взялись за руки медленно пройдясь по безлюдному месту. Все наши путешествия оттуда откуда  и начинались  и так было всегда.

В общем на этом все.

–Хорошо, очень хорошо, сейчас я подготовлю для вас индивидуальную программу для вашего погружение.Вам придется немного подождать, моя ассистентка проводит вас в зал ожидания.

–Ладно.

–Прошу пройдемте. через несколько минут вас пригласят.

–Постойте, я очень нервничаю понимаете а даже не понимаю от этого ждать.

–Не переживайте вам будут предоставлены возможности, которые сами захотите совершить,с помощью нашей технологии вы сможете без вреда находиться долгое время в нашей виртуальной симуляции.

Женщина выходит из комнаты я нервно достаю сигарету из пачки, закуриваю и не понимаю что же будет дальше. Надежда и горький дым продвигали меня вперед. Через некоторое время заходит ассистентка. –Прошу пройдемте для вас уже все готово.


Artiom Khisamov. Joven escritor originario de la costa del Pacífico, su interés por la literatura comenzó en la escuela, entre páginas en blanco donde nacieron pequeños poemas. Artiom ha participado activamente en el desarrollo y la preservación de la cultura nacional tártara. También ha hecho esfuerzos como KVN (en juegos humorísticos de televisión) y como organizador de festivales de rap musical.  En la ciudad de Kazán,  estudió para ser programador durante 4 años.  Durante este tiempo, comenzó a escribir guiones para cortometrajes, inspirado en los trabajos de directores como Andrei Tarkovsky, Alexei Balabanov, Quentin Tarantino, Stanley Kubrick, Alfred Hitchcock, Martin Scorsese, Sergio Leone, Woody Allen, Roman Polanski, Akira Kurosawa,  Hayao Miyazaki.  Durante este tiempo, ha probado varios géneros literarios.


Misael Rosete. Estudia Literatura rusa en el Instituto de Filología y Periodismo en la Universidad Estatal N.I. Lobachevsky de Nizhny Nóvgorod (UNN). Ha publicado el libro Parétesis y la plaqueta Galería de fragmentos. También ha sido publicado en la página del boletín Capilla Alfonsina, en la Antología de poetas mexicanos contemporáneos de la colección: Poesía visual mexicana: la palabra transfigurada y en algunas revistas electrónicas. Ha hecho presentaciones literarias en Cuba y Rusia; fue invitado a presentar su libro en España.

Hielo

por Oleg Ryabov
traducido al español por Misael Rosete

Papá zurcía una redecilla colgada en la cerca con una aguja de pescar de madera hermosa. Era temprano por la mañana; los pollos picaban el suelo caliente, buscando comida para sí mismos. Fui a la parte trasera del jardín para hacer pis, y, sin ser notado, miré a mi padre trabajar diligentemente — estaba descalzo, usando sólo un calzoncillo negro y una camisa corta y suelta. Papá tenía piernas largas y flacas como de corredor de largas distancias, estas no sólo eran largas sino hermosas; los pies eran sólidos y duros, como las suelas de las botas de Kirsovíe[1]: lo sé porque camina sobre el rastrojo y no siente dolor. En todos sus dedos él tiene esta piel insensible: para saber si un alambre tiene electricidad, él sólo escupe en sus manos y luego toma los extremos de alambre desnudo. Papá también tiene unas inusuales y viejas gafas redondas, una barba expresiva de tres días y su pelo raro gris, oculta una temprana calvicie. 

Por la tarde vamos a ir a pescar. Oxan — esto es un utensilio para pescar: es una red, delimitada con un saco y plantada sobre una varilla metálica de tres metros; la caña tiene una cuerda sobre el fondo del río y pesca al arrastre producido en una larga bolsa de cinco metros. El pez starlet, este bello entrometido, es considerado la peculiaridad en la pesca, ya que nada en el fondo. A papá le gusta pescar con este utensilio llamado oxan. Se dedica a nadar en las cálidas noches de verano, e incluso en otoño bajo la llovizna de la lluvia, y especialmente en primavera, cuando el hielo flota, mientras tiene que buscar los claros adecuados. Invita a nuestro vecino, el tío Igor, y a su pariente lejano, su amigo de la infancia, el tío Shura y juntos van a pescar. 

Vivimos en el campo, en Tatinze; es un antiguo pueblo con una iglesia tapiada y un pequeño muelle de pie en la orilla alta del río Volga. Mi madre vino aquí en primavera para alquilar esta casa durante todo el verano. Los dueños viven en la parte que sólo se puede usar en esta época del año, nosotros tenemos un amplio cuarto en la parte superior con una estufa, esta pequeña cocina está casi vacía pero tiene una terraza. Cada mañana compramos leche fresca y una docena de huevos. Hay tres filas de casas en este lugar. Todas son establecidas por los residentes de verano. Los cuales son muchos. Entre ellos organizan sus vacaciones: construyen una cancha de voleibol, van a nadar juntos y cruzan hasta la orilla opuesta del río, recogen hongos y nueces, se reúnen, beben té y platican.

Mi papá participa activamente. Muchos niños lo aprecian —tanto los que viven en el campo como los de las ciudades. Él juega con ellos alegremente, les gustan sus travesuras, se sienten protegidos. Pero él es estricto y severo conmigo. Lo entiendo: un padre tiene que ser severo y exigente con su hijo, especialmente si su hijo es adulto. 

La noche es cálida y ligera. Tiene una luz que viene de algún lugar en el cielo —probablemente, proviene de las raras nubes altas. Nosotros vamos río arriba en el bote de motor, y debemos ir con los remos abajo. Yo sé cómo remar y nadar en silencio. Papá se sienta en el travesaño del bote, manteniendo bajo control el extremo de la cuerda, a la que la oxan está atado; ve hacía el otro lado y ordena raramente: «Atrás a popa con el remo izquierdo», «Da la vuelta, vamos a tomarla». 

Yo hago que el bote dé vuelta con un remo, y papá, arreglando la soga rápidamente, saca la oxan, pone la caña a lo largo de la tabla y elige. Atrapamos pescado starlet prácticamente todo el tiempo, son muy grandes, si los pesamos hay desde medio kilo hasta muchísimo más. También se puede agarrar pescado starlet con una caña si hay fondo arenoso, pero como parece que tiene «clavitos» en las escamas —el instrumento puede desgarrarse. Y si hay hoyos en el fondo —es mejor usar oxan. 

Cuando el Volga es un río plano, y no se hace como una enorme cascada o como un enorme lago, siempre se descongela en primavera, de un golpe: en nuestra región esto sucede a mediados de abril y luego, el veintidós de abril, comienza la navegación. En general, el Volga es un río tranquilo, ya que fluye hacia el sur, al principio el hielo se derrite cerca de Volgogrado, luego cerca de Kazán, y luego fluye hacia el Mar Caspio. No es como el río Ob: mientras hay primavera en los tramos superiores, la hierba se vuelve verde, sube, el agua derretida destruye el hielo, que no tiene lugar para nadar, ya que todavía hay invierno abajo, en la Bahía del río Ob, allí hacen menos veinte grados, y ni siquiera hay un toque de primavera. Así que estos enormes pedazos de hielo llegan a la costa, arrancan árboles y destruyen asentamientos enteros.

El hielo en el río Volga no sólo debe verse, también debe escucharse: para ello basta con irse por la costa y no por la ciudad, debajo de las escaleras de Chkalov, y en algún lugar solitario, en una colina, entre jóvenes abedules, florecen sus sonidos de primavera. Miles de enormes bancos de hielo, chocando y rompiéndose, crean este sonido único e incomparable de campanas.

Estos dos, tres o cuatro días, mientras los bancos de hielo amarillos, rosados y azules flotan sobre el río en un tintineo loco, son el mejor momento para que los pescadores locales que viven en la orilla, atrapen peces. También, para ellos es la época más esperada del año: durante tanto tiempo no han lanzado sus botes al agua, no han usado sus remos. Escogerán el espacio más grande, el agujero exacto entre enormes bancos de hielo — y girarán sobre de él. Pues hay enjambres y nubes de peces, angustiados por la primavera. Estos peces, se quedaron sin aliento durante todo el invierno y ahora se están volviendo locos: no ven nada, no escuchan nada, no temen a nada — puedes tomarlos con las manos desnudas.

Nosotros, mi padre y yo, nadamos con la oxan en este lugar. Es difícil remar: pequeños pedazos de hielo constantemente se ponen debajo de la pala, y perturban aún más que los grandes — pues estos se pueden ver y mover. El sol está brillando, el tintineo está por todas partes y — siento una emoción interna por este festival.

Luego, el cielo se nubla, comienza a lloviznar y nos quedamos solos en nuestro bote — los otros pescadores se han ido. Al principio, la lluvia pareció ser cálida, pero luego se hizo más intensa, con nieve. Y el espacio donde estábamos disminuyó muy rápido: en primer lugar, era como un campo de fútbol, ​​y ahora no mide más de diez metros; la orilla no puede verse. Los grilletes comenzaron a zafarse: los grilletes — son unas sogas de cáñamo, que se colocan en unos palos, estos sobresalen por los costados del bote. Por alguna razón, mi padre me dijo que quitara la cubierta y que me sentara justo en el suelo, él mismo remó. Sin embargo, tampoco era muy bueno. Luego sacó un remo y comenzó a apartar los témpanos de hielo que se acercaban. Mientras llevaba el remo de un lado a otro, me golpeó fuertemente en la cabeza, sin siquiera notarlo. En realidad, yo tampoco lo noté, hasta que mi cabeza comenzó a zumbar.

Durante mucho tiempo, avanzamos hacia una franja de agua limpia y fría a lo largo de la costa y nos empujamos hacia ella. Y esta costa, era libre de las plantas que cubrió la nieve el último año, hasta que cayó la primera lluvia de la primavera. Yo quise suspirar, pero por la tensión con la que papá se sentó en el hielo costero, se quitó las botas y, metió los calcetines mojados en el bolsillo de la chaqueta y volvió a ponerse las botas, comprendí que lo más difícil aún no había terminado. Tal vez la principal razón que creó tensión, fue que papá se quedó en silencio sin poner atención en mí. En ese momento él estaba sentado sobre la fría costa, bajo la lluvia que caía de costado y como si cortara el suelo, me miró sentado en el fondo del bote, y se quedó pensando con profundidad en algo. Pero esto no continuó por mucho tiempo:

— Vamos cordonero.

—¿Qué tengo que hacer?

—Sáca el agua de tus botas y quítate los calcetines. Tenemos que jalar el bote. Yo jalaré la cadena, tú avienta un remo en la punta y con el otro remo ve al otro extremo, clávalo en la arena y empújanos. Después yo pondré la cadena en mis hombros y la arrastraré.

En ese momento la tensión de mi papá fue a mí: entendí cuánto trabajo tendríamos que hacer. Hasta la casa del baquenshik[2], fueron cerca de tres  kilómetros — el agua derivó en nosotros y no pudimos ver su pequeña casa porque la lluvia era como una enorme pared. Pero sin nieve y sin hielo.

La costa del río Volga fue para mí ese día, un enorme témpano de hielo cubierto por una capa de arena y escombros, los cuales se deslizaba entre nuestros pies; el remo se me escapaba y caía todo el tiempo, y el bote se daba de narices contra la costa. Yo también me caía. Intenté  volver a sujetar el remo pero se daba de topes en la punta del bote, y entonces papá lo tomó de nuevo, mientras yo seguía cayendo. Así duró eternamente, pero nosotros teníamos muchas fuerzas. Sólo vino la noción de la inmensidad del tiempo y la conveniencia de lo creado. Y la sensación de que algo inusual iba a suceder. Y sucedió.

El enorme pedazo de hielo que estaba cerca de la orilla, nos bloqueó el camino. Posiblemente no era un banco sino un montículo de hielo. Tenía un metro de espesor y la mitad estaba sobre la costa, y la otra mitad se hallaba en el agua helada. Papá aventó la cadena por encima del pedazo de hielo que empezaba a hundirse en el agua y la evadió, después yo me subí al enorme pedazo de hielo, y con el remo intenté liberar el bote. No conseguí nada. Y yo mismo en algún momento caí en la cuenta de que me deslizaba desde arriba, hasta la parte inferior, inclinado sobre mi propio estómago, en el río, en este negro y frío abismo. Y el remo se me soltó de las manos y se hundió haciendo pucheros…

No tenía miedo. Pero por alguna razón, empecé a recordar toda mi vida. Tengo — doce años. Y cuando yo era un niño — de siete, jugamos a los «guerrilleros partisanos» en el Kremlin, y nuestro comandante Sashka Garmoshkin (el apellido más «fascista» para mí desde entonces) me ha considerado un traidor y me ha dicho que me colgará. Me ataron los pies con una cuerda y me colgaron de cabeza con algunas piezas de la pared Kremlin — no muy alto, aproximádamente tres metros. Fue aterrador porque el escuadrón guerrillero se fue y entonces me salvaron los lugareños, fuimos con una pequeña botella para sentarnos sobre el pasto y admirar la puesta del sol. Me desataron y me dijeron muy serios que Garmoshkin no debe ser colgado, sino fusilado.

No sentí mucho miedo — papá estaba cerca. Tuve miedo en la segunda clase, cuando Tolka Bashmanov quien vive en nuestra calle, y los gemelos Pchelniki de nuestra clase, fuimos a jugar en la nieve, debajo de la nueva rampa para patinar. Yo estaba en un pequeño pedazo de hielo el cual me llevó río abajo, ellos empezaron a tener miedo — vi como se asustaban, — y corrían a casa. Estaba mojado hasta los huesos, pero no era muy importante, regresé primero por una pendiente y luego, caminé hasta mi casa a lo largo de las vías del tranvía llorando durante todo el camino — porque era humillante.

Yo recordé todo esto mientras gatié por el hielo, en el frío abismo del río negro de la primavera. Vi cómo papá se quitó las botas lentamente y subió al pedazo de hielo donde me encontraba. He visto sus hermosas piernas venosas — se quitó las botas. En el pie derecho tenía el dedo gordo aplastado — le cayó un transformador de trofeo alemán ante mis ojos. En ese tiempo yo era muy pequeño. El voltaje de la red era de ciento veintisiete voltios, y él lo arregló para que el transformador tuviera doscientos veinte, lo usaba  para afilar los cuchillos de la cocina. El transformador estaba de pie en la ventana, mamá lo tocó accidentalmente, y cuando papá vio que iba a caer, interpuso la pierna bajo esta pesada pieza de hierro para que no se rompiera.

Me resbalé hacia el agua: cuando papá llegó a mí y sujetó mi mano, ya no sentía frío en ella y él la puso en la cadena del bote. Me sujeté frenéticamente y con fuerza — casi como un muerto tembloroso se aferra a la vida. Después de eso fuimos hacia la costa. Y sacamos el bote. Papá me dijo que me quitara las botas y que les sacara el agua. Él mismo agitó su mano en algún lugar en dirección a la casa del baquenshik y murmuró: «Voy por los hombres», desapareció detrás de una red de lluvia helada. Él se escondió gradualmente — simplemente se disolvió.  Pero yo me quedé. Miré hacia atrás, me concentré en mirar atrás, pero no vi nada: ni un pueblo ni un padre. Se disolvió en la lluvia, y yo estaba sentado sobre un trozo de hielo, ya sin siquiera poder sentir frío…

—¿Qué pasa, que te ha venío con silencio, ni si quiera ha intentáo miráme de reojo, ha estáo sentáo aquí tre hora, y probablemente no quiere que te invite como huespe? ¿Y qué si no te hubiera visto con mis binoculares?

Junto a mí estaba Kolka, el nieto del baquenshik Basilich, a mi padre antes le gustaba visitarlo. Kolka bajó desde una montaña con su «Patriot», este es un gran vehículo todo terreno.                                  

—¡Vamo a mi gao, vamo a tomá samagón! Estás totalmente mojáo — porque aún llueve. Supongo que no no hemo visto por lo meno en cinco años, ¿no ha olvidáo?

—Sí, cinco años. ¿Y leche, puedes darme?

—Pue dale, qué ma da.


[1] Tipo de botas de lona rusas. Tenían un tejido de algodón resistente, fuerte, de varias capas y denso. Lo usaban los soldados rusos en la Unión Soviética.

[2] Baquenshik (бакенщик): Trabajador que sirve boyas (una indicación flotante que sirve para indicar los riesgos de la navegación a lo largo de la línea de embarcaciones).


Лед

Отец штопал охан, развешенный на плетне, красивой деревянной рыбацкой иглой. Было раннее утро, и куры яростно разгребали своими хищными лапами навозную кучу, выискивая там что-то полезное для себя. Я вышел на зады, чтобы пописать и, не замеченный, наблюдал за отцом, как тот босиком, в черных семейных трусах и короткой рубашке-распашонке старательно работал. У отца — худые длинные ноги бегуна-стайера, они у него не просто длинные и красивые: подошвы их твердые и жесткие, как кирзовые сапоги, он ходит по скошенной стерне и не чувствует. У него и на пальцах рук такая же кожа: чтобы узнать, есть ли напряжение в сети, он поплевывает сначала на пальцы, а потом уже берется за оголенные концы провода. Еще у отца необычные старинные  круглые очки, трехдневная выразительная щетина и седые редкие волосы, прикрывающие раннюю плешину. Вечером мы поплывем на рыбалку.

Охан — это такая рыбацкая снасть: сеть связанная мешком и насаженная на трехметровый металлический прут, этот прут тащится веревкой по дну реки и тралит рыбу, которая оказывается в длинной пятиметровой мотне. Особенностью такой рыбалки всегда остается надежда на стерлядь, речную носатую красавицу, она же придонная рыба.  Отец любит плавать с оханом. Он готов плавать и летними теплыми ночами, и осенью при моросящем дожде, а особенно весной, в ледоход, когда приходится кружить между огромными льдинами, выискивая удобные полыньи. Он приглашает на эту рыбалку и соседа дядю Игоря, и дальнего родственника, друга детства, дядю Шуру. Сегодня мы поплывем вдвоем: я уже взрослый, мне двенадцать лет.

Мы живем на даче в Татинце, старинном волжском селе, стоящем на высоком берегу, с заколоченной церковью и маленькой пристанью. Мама ранней весной приезжала сюда, чтобы снять этот дом на все лето. Хозяева живут в летней части, а в нашем распоряжении большая горница с печкой, кухонька и пустой скотный двор с сеновалом. Нам каждое утро приносят крынку молока и десяток яиц. В селе три порядка домов, и везде живут дачники. Их много. Они организовывают свой отдых: построили волейбольную площадку, вместе ездят купаться на пески, на другой берег Волги, компаниями ходят за грибами, за орехами, а по вечерам собираются у кого-нибудь и разговаривают или читают вслух книги.

Во всей этой летней дачной жизни самое деятельное участие принимает отец. Его очень любят ребята — и городские, и местные. Он с ними любит заниматься, ему нравятся их проказы, он за них всегда заступается. А вот со мною он всегда строг и суров. Я его понимаю: отец должен быть суровым и требовательным к своему сыну, особенно, если он уже взрослый.

Ночь теплая, светлая. Этот свет струится откуда-то с неба, наверное, этот из-за редких высоких облаков. На моторе мы поднимаемся вверх почти до Работок, а вот спускаться надо на веслах. Я знаю, как надо грести, и мы работаем почти молча. Отец сидит на транце лодки, надежно контролируя конец веревки, к которой прикреплен охан, смотрит в сторону, и только изредка командует: «потабань левым», «разворачивайся, будем вынимать».

Я разворачиваю лодку, вынимаю одно весло, а отец, быстро перебирая веревку, вытаскивает охан, кладет прут вдоль борта и выбирает мотню. Стерлядь почти всегда нам попадается, причем — крупная, мерная, полкило и выше. Стерлядь можно ловить и бреднем, по пескам, но там одни «гвоздики» мелкие, только сети рвать. А вот по ямам пройтись оханом — есть смысл.                           

Когда Волга была рекой, а не каскадом водохранилищ, она вскрывалась весной всегда в одно время: в наших краях четырнадцатого апреля, а двадцать второго уже навигация начиналась. Вообще, Волга правильная река, на юг течет, и сначала лед у Волгограда сойдет, потом у Казани, а наш уже по чистой воде в Каспий поплывет. Не то, что какая-нибудь Обь: в верховьях весна, трава зеленеет, талые воды лед разорвут, поднявшись, а тому плыть некуда — в низу, в Обской губе, в Салехарде зима стоит, минус двадцать, о весне и слыхом не слыхивали. Вот и прут эти льдины на берег, выворачивая с корнем деревья и снося на своем пути целые поселки.

Ледоход на Волге надо не только увидеть, но и услышать: выйти на берег не в городе, под «чкаловской лестницей», а где-нибудь в безлюдном месте, на высоком венце, среди только что выпустивших свои первые тощие сережки, молодых березок и услышать этот весенний звон. Тысячи льдин, сталкиваясь и ломаясь, создают этот, ни с чем несравнимый, и не передаваемый словами, звук звенящих колокольчиков.

Вот эти два-три-четыре дня, пока в сумасшедшем звоне и веселье прут по реке голубые, желтые, розовые горы льда, и есть самое уловистое время для местных деревенских рыбаков, живущих по берегу. Да, и самое ожидаемое: так долго они не спускали на воду лодки и не садились на весла. Выберут полынью побольше, чистое поле воды среди ледяных гор и кружат по нему на веслах. А стаи, просто тучи обезумевшей от весны рыбы, тоже тут. Эти рыбины, всю зимы задыхались в своих ямах без кислорода, и теперь сошли с ума: не видят, не слышат и не боятся ничего — выгребай их прямо мешком, прямо на дно лодки.

Мы тоже с папой идем с оханом в этой полынье. Грести трудно: все время под весла попадаются мелкие льдины, но они мешают еще сильнее — большие хоть видно, от них уйти можно. Солнце светит, стоит звон и азарт в душе непонятный от такого фестиваля.

Потом небо затягивается тучками, начинает моросить дождь, и мы остаемся на своей лодке в полынье одни — остальные рыбаки отловились. Дождь показался мне сначала теплым, но очень быстро он превратился в из моросящего в секущий, со снегом и льдом. И полынья быстро уменьшилась: она была с футбольное поле, а теперь не больше десяти метров, и берега не стало видно. И путы стали соскакивать с кочетков: путы — это такие веревочные из пеньки кольца, которые набрасываются на колышки, торчащие из бортов лодки — кочетки.

Папа зачем-то велел мне снять средние стлани у лодки и сесть на дно, а сам взялся за весла. Но у него тоже плохо что-то получалось. Тогда он вынул весло и стал толкаться от надвигавшихся льдин. Один раз он треснул меня крепко по голове, перенося весло с борта на борт, но даже не заметил. Я тоже в роде как не заметил, хотя в голове загудело.

Долго мы продвигались к чистой ото льда полоске воды вдоль берега и ткнулись в него, зеленеющий прошлогодней травой и покрывающийся на глазах снежной кашей, свалившейся вместе с первым весенним дождем. Я хотел с облегчением вздохнуть, но по напряжению, с которым папа уселся на прибрежный лед, снял сапоги и, засунув мокрые носки в карман ватника, снова их натянул, понял, что трудности еще не кончились. Главное, что создавало напряжение, это то, что папа почти все время молчал, почти не замечая меня. И вот в этот момент, сидя на холодном берегу под секущим, просто режущим дождем, он смотрел на меня, сидящего на дне лодки, и о чем-то напряженно думал. Но это длилось очень не долго.

— Пойдем бечевой.

— Это как?

— Вытряхни воду из сапог и сними носки. А пойдем, как бурлаки ходили: я буду тащить за цепь, а ты бери весло, упрись им в нос лодки и отталкивай его от берега. А я буду тащить.

Вот только теперь папино напряжение передалось и мне: я понял, какая большая работа нам еще предстоит. До домика бакенщика было километра с три — так нас снесло, и домик этот не было видно из-за стоящего стеной дождя.  Хотя уже без снега и льда.

Весь берег Волги стал для меня в тот день большой цельной замерзшей льдиной, покрытой слоем пески и мусора, который скользил под ногами, и весло все время срывалось и падало, а лодка упиралась в берег. Я тоже падал. Приходилось снова приноравливаться и упирать весло в нос лодки, и тогда папа снова тащил ее, а я снова падал. Так длилось вечность, но силы не оставляли. Лишь приходило сознание безбрежности времени и целесообразности творимого. И еще наваливалось ощущение, что должно произойти что-то необычное. И это случилось.

Огромная многометровая льдина, выползшая на берег, преградила нам путь. Наверное, это называется торосом. Она была с метр толщиной и плоско лежала на берегу и плоско спускалась в ледяную воду. Папа перекинул через нее лодочную цепь и обошел ее, а я забрался на плоскость льдины с веслом и попытался, отталкивая нос лодки, обвести ее вокруг. Ничего у меня не получалось. Да, и сам я в какой-то момент понял, что скольжу по льдине в низ, лежа на животе, в реку, в эту черную холодную бездну. И весло выпало из рук и улькнуло уже туда.

Было не страшно. Но почему-то вспомнилась вся жизнь. Мне — двенадцать. А когда я был маленьким — лет семь — мы играли «в партизан» в Кремле, и наш командир Сашка Гармошкин (самая фашистская фамилия для меня с тех пор) счел меня предателем и велел повесить меня. Меня привязали за ноги веревкой и повесили вниз головой с обломка кремлевской стены — не высоко, метра три. Вот тогда было страшно, потому что партизанский отряд ушел, и меня спасли местные мужики, они пришли с бутылочкой, чтобы посидеть в полыни и полюбоваться закатом солнца. Они отвязали меня и серьезно сказали, что Гармошкина надо не повесить, а расстрелять.

Было не обидно — рядом был папа. Обидно было во втором классе, когда мы с Толькой Вашмановым с нашего двора и братьями-двойняшками Пчельниками из нашего класса пошли кататься на льдинах под только что построенный трамплин. Меня на моей маленькой льдине понесло вниз, а они напугались — я видел, как они напугались — и бросились домой. А я потом мокрый до нитки или по пояс, неважно, сначала по Откосу, а потом вдоль по трамвайной линии шел до дома и всю дорогу плакал — было обидно.

Я вспоминал все это, пока сползал по льдине в холодную бездну черной весенней реки. Я видел, как папа медленно снимает сапоги и медленно забирается на мою льдину. Я видел его красивые жилистые ноги — сапоги он снял. На правой ноге у него был раздроблен большой палец — он его подставил под упавший немецкий трофейный трансформатор на моих глазах. Тогда я был совсем маленький. Напряжение в сети было 127 вольт, а трансформатор давал 220, что бы крутить моторчик. Трансформатор стоял на окне, мама его случайно задела, и папа подставил ногу под этот тяжеленный страшный кусок железа, чтобы не сломался нужный прибор.

Я сполз уже к самой воде, когда папа добрался до меня и поднял мою, ничего не чувствующую от холода руку на цепь лодки. Я судорожно и намертво ухватился. Потом мы выбрались на берег. И лодку вытащили. Папа велел снять мне сапоги и вылить воду. Сам он махнул рукой куда-то в сторону домика бакенщика, и, буркнув — «я пошел за мужиками», скрылся за сеточкой моросящего дождя. Он скрывался как-то постепенно — просто растворился. А я остался. Я все вглядывался-вглядывался, но ничего не видел: ни деревни, ни отца. Он растворился в дожде, а я сидел на льдине, и мне не было холодно…

— Ты чего приехал тишком, не заглянул, сидишь тут три часа, да, наверное, и не собираешься в гости-то? А, если бы я тебя в бинокль не разглядел?

Передо мной стоял Колька, внук того бакенщика Василича, к которому когда-то любил ездить папа. Он спустился в низ, с горы, на своем «патриоте», замечательном вездеходе.

— Поедем в хату, самогонки выпьем! Ты весь промок — дождик же идет.  Наверное, лет пять уже у нас не был, забыл?

— Да, пять. А молока нальешь?

— Не вопрос…


Oleg Ryabov. Nació y vive en Nizhny Novgorod. Se graduó del Instituto Politécnico de Gorki A.A. Zhdanova. Uno de los bibliófilos más famosos de Rusia. Ha publicado en las revistas: «Наш современник», «Нева», «Север» y en otras. Autor de los libros «Kogiz», «Huyendo – eche un vistazo o regrese a Vetluga», «Los patos no han regresado» y otros. Ganador del premio им. Шукшина, «Nizhny Novgorod»,  y otros. Finalista de los premios: «Ясная поляна», «Золотой Дельвиг» y otros.


Misael Rosete. Estudia Literatura rusa en el Instituto de Filología y Periodismo en la Universidad Estatal N.I. Lobachevsky de Nizhny Nóvgorod (UNN). Ha publicado el libro Parétesis y la plaqueta Galería de fragmentos. También ha sido publicado en la página del boletín Capilla Alfonsina, en la Antología de poetas mexicanos contemporáneos de la colección: Poesía visual mexicana: la palabra transfigurada y en algunas revistas electrónicas. Ha hecho presentaciones literarias en Cuba y Rusia; fue invitado a presentar su libro en España.