El día de primavera

por Sherzod Artikov
traducido al español por Luis alonso Álvarez


La rabieta de mi hijo era insoportable. Todo intento por calmarlo era en vano y lo que había empezado como un pequeño gimoteo ahora era un llanto insoportable junto con pedazos de pan que volaban por toda la mesa. Y todo porque no quería el pan frío que le estaba dando.

–¡Saca a este mocoso de mi vista! – La voz sonó como un trueno. Era mi padre que nos había estado viendo en silencio. Su reacción me dejó paralizada y por un momento me pregunté si en realidad él había gritado.

Aún en shock hizo algo que me dejó todavía más sorprendida. Sin prestar atención en mí o el niño, comenzó a recolectar los pedazos de pan que estaban por toda la mesa e hizo una pila para luego besarla y después hacerles una reverencia. Parecía pedirle perdón a un dios dentro del pan.

–¡Toma a tu hijo y llévatelo de aquí, ahora! – Su voz volvía a tronar por el comedor mientras recogía las migajas de pan que aún quedaban esparcidas por la mesa.

El pequeño, que nunca había visto a su abuelo así, lloró desconsoladamente. Ese hombre que nos gritaba era alguien totalmente distinto a ese padre y abuelo discreto y cortes que conocíamos.

La situación me era insoportable así que tomé a mi hijo y salimos de la habitación, no sin antes decirle –Papa, él es solo un niño… ¡Piensa! Fue una travesura. Esas cosas suceden… –.

Aquel extraño hombre solo guardaba silencio, mientras se comía hasta la última migaja. Viendo su pasividad, me fui a la habitación muy molesta. Adentro solo atiné a abrazar la almohada y llorar amargamente.

Me quedé ahí sin atender a los llamados de mamá, mi hermano y hasta mi cuñada para ir a almorzar. No importó cuanto rogaron, yo no quería salir. Abrazaba a mi hijo sin decir palabra alguna mientras miraba por la ventana intentando también calmarlo.

Cuando mi hijo se quedó dormido, mi padre apareció en la habitación. Sostenía un plato de comida en una mano y en la otra un pedazo de pastel.

–Hija, tienen que comer sino arruinarán su estómago-mientras lo decía, sacó un pañuelo que puso en el suelo y sobre él dejó los platos–. Además, él podría desarrollar una úlcera y tú sabes que no hay peor enfermedad que esa. Puede ser muy dolorosa. –

Por un momento mi padre posó su mirada cansada en mí, tomó un profundo respiro y se sentó en una silla en la esquina de la habitación. Lo observé con detenimiento. Las arrugas de su rostro parecían más profundas y sus fuertes manos, rodeadas de gruesas venas, temblaban. A pesar de todo, encontraba a mi papá más hermoso que de costumbre.

–Es domingo– dijo tristemente mirando a través de la ventana. –¡Es un domingo de primavera! Y con ella llegan los días cálidos y las flores despiertan. La madre naturaleza se luce en toda su grandeza y su delicioso olor llenará cada célula de nuestro ser…–.

Se levantó a cerrar una de las ventanas del cuarto mientras abría otra. Yo seguía sentada y silenciosa, quería demostrarle que aún estaba resentida. Como para distraer mis sentimientos, acariciaba el alborotado pelo de mi hijo, que estaba profundamente dormido. Decidí mirarlo a los ojos y escucharlo.

–Durante la Guerra, la primavera era exactamente igual a esta…Ella nos ayudó a escapar de la realidad y sobrevivir. El horror de esos días se hacía menos terrible- mi padre movía mecánicamente las manos mientras hablaba-Durante esos días recordaba algunos momentos de felicidad. Recordaba a mis padres y mi hermana que solo vivió hasta los cuatro años. Podía verlos claramente, la cara amable de mi padre y la de mi amada madre trabajando el campo con su hermosa guadaña…

Pero la lluvia de balas y proyectiles, el sonido de los tanques y el agudo zumbido de los aviones, volando alrededor, me regresaban a la realidad. En esos momentos, me entraban unas ganas de salir de la trinchera y gritar a viva voz. –¿Por qué derramamos sangre? ¿Por qué está pasando esto?–

Era un nudo en la garganta que me ahogaba todo el tiempo tratando de escapar como un grito desesperado. Pero al mismo tiempo, tenía que guardarme aquellas preguntas y pensamientos que me atormentaban. El hecho de disparar a un completo extraño era algo doloroso y atormentador.

Por momentos esos muchachos alemanes-Karl, Sebastian y Paul-aparecen frente a mis ojos ¿Por qué teníamos que matarnos unos a otros? Antes de la guerra vivía pacíficamente en Margilan lo mismo que ellos en Munich o Dresden. No dejo de pensar en ellos…–.

En medio de su relato, recordé que papá nos tuvo cuando era un hombre ya mayor. Cuando nací, él tenía más de cincuenta y desde ese momento, mi hermano y yo fuimos la razón de su vida. Él nos dijo, alguna vez, que cuando nacimos tembló de la emoción.

Mis recuerdos de primavera eran de aquellas cálidas tardes, después del trabajo, cuando papá solía pasearnos en su bicicleta por los alrededores de la ciudad. Terminábamos sentados frente a la fuente de la ciudad y disfrutando nuestro helado favorito de chocolate.

 En esos momentos, papá nos contaba historias tan interesantes sobre su vida, pero en ningún momento nos decía algo sobre la guerra. Cuando mi hermano y yo queríamos escuchar algo sobre sus hazañas militares, él cambiaba inmediatamente el tema. Y ahora el se estaba abriendo ante mí…

–Fue en Ucrania, no lejos de Lviv, donde nuestra compañía fue capturada. Casi de inmediato, fuimos embarcados en un tren rumbo a Polonia. La incertidumbre nos acompañó durante el viaje.

El tren nos dejó a las afueras de Cracovia, pero el destino final era el campo de concentración de Auschwitz; el lugar más terrible del planeta. Para los alemanes era un simple nombre, para los lugareños era “el campo de la muerte”.

Auschwitz estaba formado por tres secciones y así como a este lo habían dividido en grupos, lo mismo hacían con todos los prisioneros que, días tras día, llegaban al campo.

Se formaban cuatro grupos entre los recién llegados. El primero lo conformaban todos aquellos que no eran aptos para el trabajo. Ahí estaban los enfermos, ancianos, discapacitados, los que se veían débiles, obesos, niños y todo aquel que ellos veían no apto. Su destino inmediato era la cámara de gas y sus cuerpos terminaban en los crematorios.

En el segundo grupo, estaban aquellos prisioneros que se veían sanos y fuertes. Estos serían usados como mano de obra para labores pesadas en los complejos industriales que estaban alrededor del campo.

El tercer grupo lo formaban los gemelos, enanos, discapacitados y cualquiera que tuviera una malformación física. Ellos serían usados para diferentes experimentos médicos por los doctores de Tercer Reich.

El cuarto y último grupo, lo conformaban, en su mayoría, mujeres guapas, las que eran seleccionadas como personal de servicio para los alemanes. Ellas atenderían en las lavanderías o cantinas del campo.

Yo fui seleccionado en el segundo grupo y por lo tanto me enviaron a trabajar a una fábrica que estaba a media hora del campo. Allí se producían piezas de repuesto para los tanques, así que el trabajo era extremadamente duro y peligroso. Además, el lugar estaba tan mal ventilado que para el mediodía teníamos a varios de los prisioneros inconscientes. A eso había que agregar los insultos y latigazos que recibíamos de los guardias tal cual si fuéramos esclavos. Para empeorar la situación, nos alimentaban con una sopa de cáscara de papa y un pedazo de pan negro y duro.

Al anochecer, cuando terminaba la jornada, teníamos que caminar de regreso a las barracas. Durante el camino, era tanta la fatiga que muchos prisioneros caían exhaustos al suelo. Si estos no se levantaban, cuando lo ordenaban los guardias, simplemente les disparaban. Aún recuerdo como uno de ellos, reuniendo todas sus fuerzas y coraje posibles, llegó hasta el campo de concentración, pero al tener que subir al segundo de piso de las barracas perdió el conocimiento. No se volvió a levantar. En el campo, la vida y la muerte iban de la mano.

Trabajábamos todos los días, incluidos los domingos, pero cuando una máquina fallaba y debía ser reparada, éramos forzados a tomar “el día libre”. Los “días libres” consistían en ser llevados a una gran plaza, a cielo abierto y rodeada de alambres, en dónde debíamos pasar todo el día parados ya sea bajo el granizo y la lluvia del invierno o bajo el calor abrazador del verano.

Cerca de nuestras barracas había cuatro cámaras de gas y varios crematorios. Los fines de semana, solíamos ver los cuerpos de los prisioneros muertos entrar en los hornos. Entre ellos había gente muy joven. Mientras tratábamos de digerir la situación, un olor horrible se metía por nuestras narices. Eran las chimeneas trabajando. Junto con ese olor, las cenizas de los muertos se iban juntando alrededor de los crematorios hasta formar un cúmulo. Era la montaña de los muertos.

Los prisioneros que trabajaban en los crematorios llevaban, unos tras otros, los cuerpos de los que habían muerto sin descanso. Era muy doloroso reconocer que entre los cuerpos había personas que hasta hace unos momentos estuvieron vivos y ahora, de un momento a otro, estaban listos para ser cremados.

Una vez, si no me equivoco fue en abril del 44, nos llevaron nuevamente a la plaza. Exhaustos por el hambre y las difíciles condiciones, nos movíamos a duras penas hacia la plaza. Caminábamos más como muertos que como vivos.

Recuerdo que ese día todos estábamos asustados porque era Pascua y sabíamos que los alemanes, durante los días festivos, solían divertirse a costa de nosotros y lo hacían de las formas más retorcidas.

Solían organizabar competiciones. Una de ellas era una carrera en la que participaban cuatro personas. El ganador, sobrevivía y los otros tres esperaban la muerte en un paredón. En otra ocasión la competencia era de canto. Ordenaban a varios de nosotros pararse en formación a lo largo de una cerca de alambre. Uno haría de solista y el resto de coros. Nos obligaban a cantar canciones Nazis y si nos negábamos o lo hacíamos mal, según su criterio, terminábamos en el paredón. Pero la peor era cuando nos obligaban a correr de un lado para el otro, con el brazo derecho en alto, gritando “Heil Hitler”. El primero que se cansaba, moría.

Estos y otros “juegos” solían ser usados para llevar a más prisioneros, y sobre todo judíos, a las cámaras de gas. La “ceremonia de despedida” era macabra. Los sobrevivientes debíamos hacer el saludo nazi ante los condenados que iban camino a la cámara de gas. Si alguien no lo hacía de la manera apropiada, se unía a la fila de la muerte.

Pero ese día de Pascua era diferente, los guardias se veían más serios. No había ese ánimo de fiesta, y sus rostros reflejaban preocupación y ansiedad. Eso nos hizo sospechar que algo muy importante iba a suceder, pero cuando vimos a los hombres de la SS, con sus rifles automáticos en la mano, cuadrarse frente a la alambrada no nos quedó duda; un alto oficial vendría al campo. Y efectivamente, a lo lejos pudimos divisar la llegada de un gran carro negro el cual se acercaba cada vez más rápido al campo.  El comandante del campo y sus asistentes, al ver al carro a pocos metros, salieron corriendo de sus puestos y se fueron a formar en la línea junto con los guardias y los hombres de la SS.

Finalmente, teníamos el carro ante nosotros. La lluvia no había parado en toda la noche, por lo que el suelo estaba cubierto de barro y arcilla y el carro se había ensuciado con ellos.

–¡Heil, Hitler!–. El comandante del campo y sus soldados saludaron a una sola voz al invitado.

El oficial saludo a todos y comenzó a mirar a su alrededor. Se le veía cansado y molesto al ver la montaña de cenizas cerca del crematorio. También mostraba desprecio al ver nuestras barracas. Luego, se aproximó hacia las alambradas y comenzó a inspeccionarnos.

Él era un hombre fornido, de hombros anchos y de entre cuarenta y cinco y cincuenta años. De forma accidental su mirada se posó en mí y por algún motivo, le llamé la atención. Con un gesto me llamó hacia él e inmediatamente un intérprete se acercó.

–¿Eres judío?– el oficial preguntó mirándome de pies a cabeza. El joven interprete traducía sus preguntas.

–No, soy uzbeko…– respondí sin levantar la cabeza.

–¿Ves aquel carro?– él apuntó al auto en el cual había venido.

–Sí, lo he visto…–.

–En media hora ese carro tiene que estar limpio. El tiempo ya está corriendo…–.

Al principio no pude entender las instrucciones, solo después de una segunda explicación lo entendí. Moví la cabeza en señal de aceptación. El conductor del carro y un soldado de la SS trajo un balde con agua, un trapo y me puse a trabajar.

Por primera vez en mi vida, estaba al frente de un portento de la tecnología como aquel. Lo tenía ante mis propios ojos y además podía tocarlo con mis manos. Antes solo había visto algo así en fotos.

Recordé que mi padre tenía una posada en el distrito donde vivíamos. Ahí habían llegado oficiales rusos en sus autos Kokand Arba y Phaetos, pero ahora frente a este carro hermoso, negro, brillante con un asiento suave y con muchos dispositivos, todo lo visto antes era absolutamente nada. En el capó del carro estaba escrito “Mercedes”. A pesar de mis pocas fuerzas, limpié el carro con mucho gusto.

Terminado mi trabajo retorné con los demás prisioneros. Me senté en el suelo, me apoyé en una de las cercas y tomé un respiro, estaba exhausto. Mientras tanto el oficial, acompañado del jefe del campo, dejaron el edificio donde estaban reunidos y fueron hasta el auto. El oficial de la SS empezó a revisar mi trabajo. Rodeó el carro de principio a fin, y mientras lo hacía, pasaba su dedo índice por todo el carro. Se le veía satisfecho. Le gritó algo al comandante del campo, quien a su vez dio instrucciones al soldado que estaba cerca.

Mientras tanto, el oficial paró un momento y apoyado contra el carro comenzó a fumar. Repentinamente un soldado apareció con un plato de pan blanco y fresco. El comandante del campo se aproximó a las alambradas y me llamó. Me acerqué a él y con una palmada en mi huesudo hombro hizo un ademán como diciendo que eso era para mí.

Yo veía esos pedazos de pan en el plato y parecían una fantasía, solamente el olor y los latidos de felicidad que producían en mi corazón daban cuenta que eran reales. Por un momento todas esas sensaciones parecían que me iban a volver loco. Solo atiné a recibir el pan y me apresuré a regresar a mi sitio.

Estaba contento, no lo puedo negar, absorto en mi “premio”, pero de nuevo aterricé en la realidad. La realidad era la mirada de los demás prisioneros. En el fondo yo solo quería cerrar mis ojos, olvidar todo y comer ese delicioso pan, pero mi consciencia no me lo permitía. Me sentía egoísta y culpable. Algo debía hacer y lo hice.

–¡Toma, Umar!– Mi amigo de la ciudad de Tashkent fue el primero al que me acerqué con el pan. Lo tomé por sorpresa y no se atrevió a estirar la mano de inmediato solo en la segunda oportunidad que le ofrecí, él tomó un pedazo del pan y se lo comió.

–¡Mira qué pedazo de pan Naufal!– Le dije al joven de Tajikistan cuando me acerqué. –¡Vamos, pruébalo!–  Y él también tomó otro pedazo y lo comió. Repetí la invitación al resto de mis compañeros. El último pedazo se lo di a un camarada kazajo.

Cuando retorné el plato vacío al soldado, el jefe del campo vino hacia mi visiblemente contrariado –¿Estás loco?– dijo nerviosamente. –Fue un premio por el trabajo que hiciste y en vez de saciar tu hambre le diste hasta la última migaja a los demás ¿Por qué lo hiciste?- antes de responder, aparecieron, como  imágenes de una película, la joven esposa de Umar Islambekov, la anciana madre de Naufal, el padre de Niyazov que perdió una pierna y otras imágenes más de mis compañeros.

–¿Por qué lo hiciste?– repetía con impaciencia el comandante del campo.

–Porque en mi patria, ellos tienen gente que los espera…a mí nadie me espera–.

Después de escuchar la respuesta que le di al comandante del campo, traducida por el intérprete, el oficial suspiró fuertemente. Fue en ese momento que me animé a mirarle a los ojos. En su mirada cansada, pude ver un resquicio de humanidad.

Se quedó pensativo por un momento, luego tiró el cigarrillo y miró alrededor. Con tristeza, miró al crematorio y la montaña de cenizas y dijo algo más para sí que para los demás: “Got vergib uns, wir sind alle Geshopfe”*.

Después de dar unas instrucciones más al jefe del campo, el oficial se dirigió al carro dando por terminada la visita. Mientras lo hacía, miró en mi dirección y susurró algo al interprete. Cuando el carro del oficial desapareció, el comandante le dio más instrucciones al interprete y éste a un soldado el cual me ordenó que lo acompañara. En ese momento lejos de mis camaradas me sentía como un condenado. Mis amigos, al otro lado, se acercaban más y más contra la alambrada. Sus ojos llenos de piedad y desesperación acompañaron ese sentimiento de muerte inminente que me empezaba a invadir.

–Islambekov, Chariev, Niyazov…mis amigos, no me recuerden con pena…– me decía a mí mismo. Mientras caminaba, mi vida entera pasó por mis ojos. Mamá, papá, mi hermana…nuestra casa…el jardín con los tres patos y los árboles…

La idea de que nadie llorara mi muerte, me ayudaba a aceptarla. Sin embargo, susurré una oración que aprendí de niño.

Contrario lo que esperaba, el soldado me llevó rumbo al comedor. Lo seguí silencioso. Cuando entramos me ordenó que me sentara en una de las mesas. Rápidamente el cocinero me trajo la comida; unas rebanadas de pan blanco, bistec y jugo de albaricoque.

Mientras trataba de entender lo que estaba pasando, el intérprete apareció. –El Brigadeführer ordenó que te dieran de comer. Así que siéntate y come…–.

Con las manos aún temblorosas, tomé la cuchara y comencé a comer. Mientras lo hacía, el intérprete sacó de su bolsillo un block de notas.

–¿Está bueno el pan? – me preguntaba con una cálida sonrisa. Solo atiné a asentir con la cabeza.

–No te avergüences y come. Es hora de almuerzo. Y tus amigos pronto serán alimentados, pero desde hoy tú serás alimentado aquí. Ya no comerás esa sopa de papas, sino comida de verdad. Es la orden del Brigadeführer.

–¿Cuál es tu nombre? – Por primera vez veía al intérprete tan de cerca. Él tendría la misma edad que yo, es decir, unos 25 años. Parecía un tipo amable y agradable.

–Mi nombre es Odil– respondí.

–Yo me llamo Richard. Aprendí ruso en la universidad de Berlín. Desafortunadamente, no pude terminarlo. En el 38 me alistaron en el ejército y de ahí a la guerra.– Richard se quedó un momento conmigo, hablamos un poco más y luego se levantó para retirarse, pero antes de cruzar la puerta del comedor, volteó hacía mí y aprovechando estábamos solo me dijo algo casi como una confesión. –Muy pronto tus tropas llegarán aquí. No queda mucho, será en cualquier momento–.

Nueve meses después, a finales de enero del 45, el ejército soviético liberó el campo de concentración de Auschwitz. Umar Islambekov no vio ese día, poco antes murió de tifoidea. Él era bastante joven, se casó a los 18 y lo llevaron al frente a los 19. Naufal se ahorcó en el otoño. Muchos más de mis amigos no pudieron soportar la dura vida en el campo de concentración y ese terrible lugar fue su último refugio. Solo yo, Niyazov y otro puñado de camaradas logramos sobrevivir al campo de la muerte.

Muchos años han pasado desde entonces, pero esos días seguirán vivos en mi memoria, especialmente aquel domingo del 44. No olvidaré el pan blanco y las caras de felicidad de mis camaradas cuando probaron lo que para ellos era el pan más delicioso del mundo. Tampoco olvidaré a mis enemigos, en especial al Brigadeführer y el traductor Richard que, a pesar de todo, mostraron compasión y piedad. Quizás ellos tampoco encontraron respuestas a tantas cosas que los atormentaban y al ver tanta sangre, muerte y sufrimiento, algo de humanidad se debió despertar en sus almas muertas. Es lo único que puede explicar lo que hicieron ese día.

Papá se quedó en silencio. Yo solo atiné a levantarme e ir hacia la ventana. La habitación estaba fría, así que cerré las ventanas. Papá seguía callado. Me quedé parada por un momento al lado de las ventanas y luego me acerqué a papá. Quería decirle algo. Él estaba mirando a lo lejos, sus manos temblaban mientras se aferraba a la silla.

–Papá, perdóname…–. Corrí hacia sus brazos y lloré. Él también lo hizo.

–Ahora lo sabes hija mía…ahora lo sabes…cada pedazo de pan, cada pedacito significa demasiado para mí pues aún deseo compartirlo con ellos…–.

Margilan, Abril, 2020.


*Traducción aproximada: “Dios nos perdone, todos somos pecadores”.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

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