La historia que me contaron en Berlín

Traducción al español por Daniela Sánchez

Caminé hacia la estación del metro Cottbus, aún era temprano. Afuera estaba lloviznando.
Cuando llegué a la estación entré a una pequeña cafetería para servirme un café. Junto a la
puerta un pobre hombres estaba tocando su violín, canciones agradables pero que no conocía.
Algunos pasajeros le dejaban monedas en una taza de cobre, mientras el perro que estaba
cerca miraba a la redonda descontento y aullaba como lobo.

Después de comer mi sandwich, tomé una taza de café con leche. Alguien había
dejado la vieja serie de “Bild” sobre la mesa. Mientras lo hojeaba, el metro llegó a la estación
y yo dirigí mi atención hacia él, consistente, llegaba siempre puntual.

En Alemania, la puntualidad es como una enfermedad. Si por ejemplo el metro tiene
que llegar a las ocho y cuarto de la mañana, a esa hora llegará siempre. Cuando vi por primera
vez a Mushtariy en esta estación, afuera caía un chubasco. Cuando el metro comenzó a
moverse yo ya esta dentro de él. Puedo recordarla, corriendo hacia la entrada para llegar al
vagón. Cuando la vi, trate de mantener la puerta abierta parándome entre las puertas, sabía
que los trenes no podían avanzar sin cerrarlas. En cuanto Mushtariy pudo entrar, me dio las
gracias.

-Lo hice porque me sentí mal por ti.

-Aún así, gracias. Evitaste que llegará media hora tarde.

Como estaba lloviendo afuera, su cabello suelto escurría, su cara morena goteaba con el agua
de lluvia.

-Parece que olvidaste tu paraguas.

-Tengo muy mala memoria. La mayoría de las veces no puedo recordar ni las cosas importantes.

Su traje era simple, color rosa y negro, pantalones de sastre clásicos, con una bolsa común, y
todo esto la hacia parecer sencilla. La paz interior y la reserva en su mirada invitaban a la
conversación…

Después de abandonar la estación, fui hacia la librería Heerstrasse. Después de que Mushtariy
dejará ese trabajo a otra mujer, que parecía latinoamericana, ocupó el puesto. Era atractiva y
morena. En cuanto entré a la tienda, acudió a mí y me preguntó si necesitaba ayuda. Casi no
había cambiado la librería. No me quedé mucho ahí, no creí que fuera buena idea comprar
algo. Salí con un libro de Kafka, no muy caro, debajo del brazo.

Todo se veía un poco diferente la primera vez: en cuanto entre pude reconocer a Mushtariy y
ella me dio una cálida bienvenida. Ella, también, pudo reconocerme del evento del metro, y
me dedicó una pequeña sonrisa, apenas en las comisuras. Después, comenzó a recomendarme
libros.

-Paso casi cualquier momento libre que tengo de la universidad aquí.- me dijo mientras me
recomendaba el libro de poesía de Rainer Maria Rilke.

No le preste mucha atención a lo que estaba diciendo, en ese momento no era inusual. En
Alemania, no sólo los estudiantes extranjeros pero también los locales trabajan en diferentes
tiendas, restaurantes y organizaciones por una paga. La razón por la que mantuvo mi atención
fue diferente. La mire sorprendido cuando me dijo que era de Uzbekistán.

-¿Por qué me ves así?

-Eres de la tierra natal de mi papá.

Me miró sorprendida, había pensado que yo era alemán. Fisicamente, parezco alemán, ya que
me parezco a mi mamá, que es alemana. Era un hombre blanco que hablaba alemán como si fuera su lengua materna. Era de espíritu alemán aunque mi abuelo había sido uzbeko. Aún
cuando nunca nos dijo nada de esto ni a mí ni a mi papá, lo supe después accidentalmente.
Encontré un diario que escribió hasta su muerte, incluyendo sus años infantiles, los años de
guerra y su vida algunos años antes. Era un niño en ese entonces, mi abuelo escribió que
odiaba a Stalin y a los Bolsheviks por haber exiliado a su madre a la helada región de Siberia,
por haber asesinado a su padre, y por causar la hambruna artificial y el desasosiego que
reinaba en el país. Tal vez fue por ello que se alió a la legión de Tukistán después de presenciar
las patéticas consecuencias del cautiverio y haber perdido su vida día tras día en el campo de
concentración Buchenvald como otros lo habían hecho durante la guerra. Hasta el final de la
guerra mi abuelo estuvo con Ruzi Nazar un amigo y compatriota, activo para no expirar los
Bolsheviks.

En su diario, él escribió que él era de una ciudad llamada Marghilan, que era un lugar hermoso
situado en un valle. Yo estaba leyendo sobre la tierra natal de mi abuelo por primera vez y me
sobrepasaba el deseo de conocer aún más de él. Hambriento, busque detalles sobre la tierra
de mi abuelo, aunque la tensión que se generaba en casa no me lo permitían.

Había una fotografía en nuestro comedor de mi abuelo con Ruzi Nazar usando los uniformes
del ejercito Nazi. No importa si era Navidad u otra fecha simbólica, mi abuelo nunca decía una
palabra, permanecía con los labios pegados y la cara hierática. Su estado y apariencia me
hacían creer que nunca me diría nada. Era especialmente reservado acerca de su tierra natal, y
yo no podía soportar las preguntas que se generaban en mi interior.

Antes de comer, siempre daba gracias en susurros en una lengua desconocida para mí. Oraba
orientado hacia el oeste sobre un pequeño tapete con flecos cinco veces al día, pero
permanecía alejado de su tierra y de sus memorias. Para librarse de esto se casó con una mujer
alemana, crió a mi padre como alemán y le buscó una prometida alemana. Mi papá me crió a
la forma alemana, con su lenguaje, sus costumbres, tradiciones. Yo no podía hablar otra lengua en mi casa, aunque no había necesidad de la prohibición, ya que todos hablábamos alemán
como lengua materna, gracias al esfuerzo de mi abuelo.

Algunas preguntas, lo irritaban demasiado y se oponía al activismo político que se
vivía en su tierra, así que aseguraba que no podían acusarlo por la forma en la que actúo. A
pesar de su enojo, irritación e incomodidad, no podía entender porqué le puso a mi papá
Bakhitiyor, y a mí Isfandiyor parecidos a su nombre, que a su vez le recuerdan a su tierra. Pareciera un guiño del destino, gracias a su nombre, no contábamos como alemanes aunque viniéramos de lugares muy lejanos a Turquía.

Mientras le contaba esto, Mushtariy comenzó a llorar. Su abuelo no había regresado de la
guerra. Tal vez, murió con alguna de las balas que mi abuelo disparó.

-La tierra natal de mi abuelo queda a 80 millas de la mía- me dijo Mushtariy cuando pudo
calmarse.

Después de hablar con ella, me llené de un ardiente deseo de aprender de la ciudad que nos
había creado. Marghilan, Andina, Fergana… Mushtariy me contó sobre la majestuosidad de las
montañas que enmarcan esos lugares, las tradiciones, las costumbres, y la forma de vivir de las
personas con gran entusiasmo.

Cuando terminé lo que tenía que hacer en el banco me apuré para pasar todo el tiempo
posible en la librería. Naturalmente, Mushtariy siempre estaba ahí. Una mano invisible me
seguía hasta la librería, y yo me encontraba fascinado con emociones desconocidas pero
dulces. Me sentía como si no tuvieron oxígeno, y sólo cuando estaba con ella podía respirar
bien, profundamente.

Pensé en llevarle un ramo de flores o invitarla a cenar a un restaurante elegante, pero nunca le
había prestado mucha atención a las mujeres porque soy tímido. Mi valentía se debilitaba y evitaba que pudiera pensar bien. Además, pensaba que era un poco pronto para pedírselo, ya
que apenas le había preguntado acerca de la tierra natal de mi abuelo, ya que evitaba otros
temas. Día tras día, ella ampliaba mi horizonte y mi conocimiento cuando describía para mí la
tierra distante donde mi abuelo había nacido. Como resultado, el deseo comenzó a arder en
mí, de conocer y ver una vista panorámica del lugar, estaba obsesionado con la idea. Un día
tomé el valor para pedirle a Mushtariy que comiera conmigo. Al principio no confiaba en mí,
pero con el tiempo comenzó a considerar mi propuesta. Me pareció extraño, ya que conocía la
cultura europea, pero ella no dio la respuesta que cualquier europea soltera daría.

Recuerdo que ese día comimos juntos. Como era domingo los dos nos sentamos relajados en
el restaurante.
-¿Te gustaría que te enseñara a hablar uzbeko?- me preguntó Mushtariy mientras comía
sardinas.
Yo estaba tomando agua mineral y me sorprendió.
-¿Cómo?
Comenzó a enseñarme en el restaurante, pude aprender algunas palabras y frases como
“hola”, “¿cómo estás?”, “ten un lindo día”, con la ayuda de Mushtariy. Mientras las
pronunciaba, experimenté una emoción extraña. Estaba hablando la legua de mi abuelo por
primera vez. Ella volteaba a ver hacia otro lado, y yo la veía, era mi mujer ideal.

-¿Sabes qué significa tu nombre?- me preguntó para remediar un silencio incomodo.

-Por ejemplo, yo sé el significado de Pedro, Paul, Sebastián, porque todos eran nombres de
santos. Pero nunca había pensado en el significado de mi nombre.

-Tu nombre significa “regalo de Dios”

Ella estaba en lo correcto, mi abuelo me había dado ese nombre con un propósito, Mi mamá
decía que ella sufrió mucho mientras daba a luz. Mi abuelo sufrió mucho más que mi papá,
oraba continuamente hincado en su tapete.

Después de eso, Muchtariy volteó a ver la calle desde la ventana y me susurró el significado de
su nombre.

-Aunque a ti no te interesa ya te dije.

Estaba ligado a ella por hilos invisibles en apenas seis meses, lo sentía desde el fondo de mi
corazón. Escuchar esto me preocupaba. Me repetía a mí mismo que ella no tenía ninguna
razón para quedarse. Me invadió una ola de ansiedad. Sorprendentemente, regresar a su lugar
de origen no la hacía muy feliz.

-Enseñaré alemán en la escuela donde yo estudié. – me dijo, desesperada, cuando le
pregunte por sus planes a futuro.
Mientras nos decíamos adiós, ella volteó:

-Extrañaré Alemania para siempre- tratando de no mirarme a los ojos.

Han pasado tres meses desde que se fue. ¡Tres meses! No está en Berlín, donde las personas
caminan como robots debajo de un cielo gris, como dentro del mecanismo de un reloj.
Cuando tengo un poco de tiempo paseo por la estación del metro, por la librería y en el
restaurante Tornstrasse ahogando las memorias del tiempo pasado con Mushtariy. Paso horas
sentado ahí tratando de pronunciar las palabras y las frases del uzbeco que ella me enseñó.

En la tarde camino desde Heerstrasse hacia Fridixstrasse, donde está mi tierra natal. Mis
padres estaban en casa, mi papá estaba ocupado leyendo el periódico.
Mientras caminaba por el pasillo, mire la foto de mi abuelo con Rusi Nazar. Cuando me
acerque a la mesa, él estaba usando un uniforme militar mostrando más su dolor que su
nobleza. Mi mamá sirvió un tazón con sopa.

-Papá, me gustaría visitar la tierra del abuelo. – lo voltee a ver

Mi papá dejó de leer el periódico, lo dobló a la mitad y me miró con sorpresa. Continuo
leyendo como si no pasará nada. Un corto silencio calló.
-¿Y, qué pasa con tu trabajo en le banco? – me preguntó después de un rato.

-Tomaré vacaciones- le dije.

-¿Es demasiado importante que vayas allá?- arrugo la frente

-Déjalo ir…- dijo mi mamá que estaba sentada en la esquina del cuarto.
-Papá lo pensó por unos momentos y asintió la cabeza. Mi mamá entró al cuarto del abuelo y
sacó unas cosas para mí. Era un pañuelo viejo con muchos colores y con camellos en las
esquinas.

-Tómalo, mi mamá me lo dio, tu abuelo siempre lo cargaba consigo cuando seguía vivo.

Me desperté prematuramente para mi vuelo con emociones fuertes. La oportunidad de ver la
tierra soleada de mi abuelo que se convertía en la tierra de Mushtariy. Más aún, cuando yo
hechicé a Muchtariy.

Mi papá se fue muy temprano al trabajo, sólo pude decirle adiós a mi mamá cuando el taxi
llegó. Mi mamá lloró mientras me daba un abrazo apretado.

-Primero visitaremos Heerstrasse, le dije al taxista en la autopista.
Él asintió y siguió manejando. Cuando llegamos al cementerio el sol estaba radiante. Encontré
la tumba de mi abuelo y mire la inscripción en el mármol. Pareciera que estuviera
preguntando, “¿a dónde vas Isfandiyor?”. Cuando me hinqué frente a él la imagen se hizo más
grande.

-Abuelo, iré a tu tierra,- le dije al mármol mientras miraba la imagen.

Ningún sonido salió de la lápida, de la imagen dejó en mí la pregunta;

-Isfandiyor, ¿a dónde vas?…


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).


Daniela Sánchez (Ciudad de México, 1998) estudia Escritura Creativa y Literatura en el Claustro de Sor Juana en la Ciudad de México e Ingeniería en Innovación y Diseño en la Universidad Panamericana. Participó en las Microficciones del Claustro de Sor Juana en el 2018. En el 2019 cursó el Diplomado en Literatura Europea Contemporánea en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. Actualmente, es editora de poesía y jefa de traducción en Cardenal Revista Literaria. Actualmente, es editora de poesía y jefa de traducción en Cardenal Revista Literaria.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s