El libro de Márquez

por Sherzod Artikov
traducido al español por Luis Alonso Álvarez


Amo Octubre. Es un tiempo lluvioso, de ventiscas y a menudo está nublado. Las hojas amarillas caen y crujen bajo los pies, verlas en esa danza trae paz y descanso al corazón.

Aunque ayer fue un día muy ventoso, hoy llueve. Al anochecer, todo parece más quieto, un olor agrio emerge desde el suelo que mezclado con la humedad se prolonga hasta el aliento.

En la noche la temperatura baja lentamente y siento como me enfrío en el balcón. Es momento de entrar.

Ya en la comodidad de mi habitación contemplo el largo y gran librero. Fui hacia él y me detuve un momento para pensar qué hacer. No estaba de humor para leer. Me dolía la cabeza y mi corazón latía fuerte. Un libro es lo último que me ayudaría.

Decidí sentarme y recordé que Nafeesa no me había regresado el libro que ella había tomado. Se había llevado “Cien años soledad” exactamente hace diez días. Desde entonces no la había vuelto a ver.

Conforme el tiempo pasaba el dolor de cabeza aumentaba. Me tomé la medicina con la ayuda de una refrescante cerveza y una taza de café amargo. Decidí regresar a mi cuarto.

En la casa de enfrente, vivía una anciana mujer rusa. Ella había muerto hace dos meses y fue cuando Nafeesa y su familia se mudaron. El hijo de la mujer se las había vendido.

El papá de Nafeesa era militar y trabajaba en el complejo militar de la ciudad y ella, si mal no recuerdo, estudiaba inglés en la escuela.

Nafeesa había escuchado, por los vecinos, que yo tenía una interesante biblioteca privada. Directamente nunca me lo preguntó, incluso aquella vez que nos conocimos en la calle. En esa ocasión solo atinó a hacerme un gesto de asentimiento, como saludo. Creo que se sentía incómoda para preguntarme algo más.

–¿Puedo leer alguno de tus libros?– La pregunta me sorprendió un día, cuando ella apareció repentinamente al frente de mi apartamento.

Nunca alguien me había pedido algo así, sin embargo, no pensé mucho y aún bajo el estado de shock, la invité a pasar.

–¡Tienes muchos libros!–

Ella miraba alrededor y se regocijaba como una niña pequeña. Yo estaba parado y silencioso frente a la ventana; presionaba un cigarrillo entre mis labios. Yo no iba a decirle nada, dejaría que ella se formara sus propias preguntas. Además, no solía hablar cuando fumaba.

–¿Puedo llevarme el libro de Jack London?– Preguntó.

Asentí como señal de consentimiento, luego inhalé el humo del cigarro y le di la espalda. Ella tomó el libro y me lo agradeció, sentí que lo hizo con todo el corazón.

–¡Muchas gracias! ¡Lo leeré rápido!– El libro que había tomado era “Martín Edén”.

Desde entonces ella venía tres o cuatro veces a la semana. No hablábamos mucho, ella siempre parecía un poco confusa especialmente cuando no le prestaba atención. Ella comenzó a conocer mi grado de indiferencia cuando me veía fumar cerca de la ventana, en ese momento ella regresaba el libro cuidadosamente al librero y rápidamente se iba.

Eventualmente, se volvió nuestra rutina, pero últimamente todo estaba cambiando. Y no sé porqué.

Ya no fumaba en la ventana y, por el contrario, me sentaba en una silla y no dejaba de mirarla.

Ella ya no estaba tan apresurada por irse y se paraba frente a la biblioteca, como siempre, y tomaba su tiempo hasta decidir cuál libro tomar.

Esa tarde, luego de una larga pausa, ella tomó “Cien años de soledad”. Lo miró con mucho interés mientras caminaba al centro de la habitación.

–¿Te gusta leer literatura de todo el mundo?– Le pregunté mirándola muy de cerca. Cuando ella dio cuenta de la pregunta y la situación, se sonrojó como un tomate.

–Sí, de vez en cuando leo literatura de todo el mundo–, dijo tratando de mantener la compostura mientras pasaba las hojas del libro.

No era atractiva, sin embargo, su comportamiento amable, suaves movimientos, una calma casi confidente al mismo tiempo que un brillo particular en sus ojos la hacía muy interesante.

–¿Has leído todos esos libros?–.

–Casi– le respondí después de mirarla más de cerca.

–Te envidio–. Lo dijo mientras cerraba el libro.

-¿Te gustaría una taza de café?- Le pregunté mientras ella ya estaba dispuesta a salir. –Hoy el clima está perfecto para un café–.

Nafessa ahora miraba a través de la ventana abierta, tal como yo lo hacía. Había aprendido.

–Bueno, si no es una molestia para ti–, respondió aún confusa.

–¿Con o sin azúcar?–.

–Si puedes, que sea sin azúcar–.

El café me hizo olvidar las acostumbradas misantropía y timidez al mismo tiempo. Hablaba con entusiasmo de los libros que leí y de mis autores favoritos. Ella me escuchaba con atención e interés.

Luego ella comenzó a hablar y lo hizo con no menos placer y entusiasmo. Escuchándola, me di cuenta que ella estaba fascinada por un hombre de mundo, como lo era yo. Éramos como dos gotas de agua y sentí ese dulce placer que no había sentido por tanto años.

Cuando se fue, estaba de nuevo solo con mis libros, como siempre. Estaba muy confundido, mi corazón estaba aturdido, pues acostumbrado a la soledad otra vez empezaba a deambular entre una serie de sensaciones.

Ahora, por primera vez en años, me sentía profundamente solo, como si estuviera rodeado de cuatro paredes totalmente oscuras.

Al día siguiente, al salir de casa, me encontré a Nafessa en la calle. Ella y su hermana estaban de camino a la escuela. Como de costumbre, la saludé con un gesto de asentimiento y caminamos en silencio hacia la parada del bus. Quería hablarle, pero me contuve. Quizás ella se avergonzaría porque había mucha gente alrededor nuestro. Ya en la parada del bus, yo tomé un taxi y ella tomó el bus.

En el camino, recordé el libro que ella había tomado la última vez y me pregunté si lo había leído. Me dije que de seguro lo había hecho.

Pasaron cuatro días sin noticias. Al quinto, su ausencia me torturaba la paz mental y del alma. Al sexto, contrario a mi naturaleza, mi corazón estalló y comencé a ponerme nervioso. Al sétimo, de nuevo comencé a fumar en la ventana, y con calma llegué a la conclusión de que leer dicho libro en una semana era imposible, lo cual me dio cierta calma.

Ayer mi estado mental se había deteriorado y no podía concentrarme en mi trabajo. No tenia idea como se puede leer un libro de 386 páginas en tanto tiempo y eso me rondaba todo el tiempo. Probablemente ella no tiene tanto tiempo como yo, me decía. Despues de unos minutos pensé que definitivamente a ella no le gusto el libro y me di por sentado que nunca más lo regresaría.

Muchos de mis colegas no estaban interesados en la lectura, excepto Feruza Anvarovna del departamento de Administración de Riesgos. Ella tendría casi treinta y cinco años. Ella era muy sincera e inteligente.

Durante el break, no pensaba en otra cosa que preguntarle acerca del libro de García Márquez.

–¿Puedo preguntarte algo Feruza Anvarovna?–. Ella estaba ocupada en sacar unos papeles de su escritorio.

–Por supuesto, Humayun–.

–¿Cuanto tiempo te llevaría leer un libro de 386 páginas?–. La pregunta la soprendió y le hizo pensar un rato.

–Depende del tipo del libro. Si lo encuentro interesante, podría terminarlo en 7 días. Si no, me puede tomar hasta un mes–.

Un poco después le hice a uno de mis clientes la misma pregunta.

–Si lo intentara, probablemente, lo acabaría en dos semanas–.

De camino a casa, le hice la misma pregunta al taxista.

–Para ser honestos, no me interesa leer–, me dijo mientras me miraba a través del espejo retrovisor.

Cuando llegué a casa, me paré en el pasillo, apoyándome contra la pared sin entrar del todo.

–Esto debe tener un significado–, me dije. –Si Nafessa me ha visto desde su ventana, probablemente venga a cambiar el libro–. Me quedé ahí esperando durante 20 minutos, pero nadie tocó la puerta.

Como estaba decepcionado, busqué en los bolsillos de mi pantalón la cajetilla de cigarro. La caja estaba casi vacía, pero había un último cigarrillo. Eso me ayudó a distraerme un poco y me dirigí al librero a tomar algunos de los libros que estaban ahí.

Uno de ellos tenía 254 páginas y el otro tenía 83. Un tercero tenía 124. Me quedé con ese último y el resto los devolví al librero. Lo comencé a hojear de principio a fin y decidí que ese le recomendaría a Nafessa la próxima vez que nos viéramos.

Moví mis entumecidas piernas por la habitación. Luego me incliné en el espaldar de una silla. El dolor de cabeza comenzó a menguar después de tomar las pastillas. Sin embargo, mi corazón seguía latiendo muy fuerte. Tuve que reclinar mi cabeza en el espaldar de la silla y cerré los ojos por un momento. La imagen de Nafessa aparecía frente a mis ojos, una y otra vez. Fue entonces cuando entendí que mi ansiedad, mi estado nervioso y de mal humor durante estos últimos diez días, era el resultado de esperar.

Desde que era pequeño, me había acostumbrado a no esperar nada, pero ahora esperaba encontrarla. Esperaba verla otra vez, escucharla que me hablara con su serena voz y llenara la habitación con ese sonido. ¿Por qué me mentía a mi mismo? Después de todo, no importaba el tiempo que tomara en leer el libro.

Cuando lo acepté, repentinamente comencé a reir. Mi risa estaba llena de pena, anhelo y tristeza, pero seguía riendo. Mi voz se hacía más y más fuerte.

Fue en ese preciso momento que alguien tocó la puerta. Al principio no presté mucha atención, pero de nuevo volvieron a tocar. Antes de abrir me arreglé la corbata y me abotoné la camisa, que estaban desacomodadas.

Nafessa estaba ahí, parada en el umbral de la puerta sosteniendo un libro en la mano.

–Lo terminé finalmente–, me dijo mientras intentaba sonreir y al mismo tiempo me mostraba el libro en la mano.

–Márquez me hizo sudar la gota gorda–.


The Book of Márquez

I love October. There is more wind and rain in October. The weather is often cloudy. Yellow leaves rustle under your feet, and a leaffall brings peace and comfort to your heart.

Yesterday it was windy, but today it rained. By evening, though it was quiet, the bitterness that came from the ground, and its wet smell was still lingering in my breath. In the evening, the temperature dropped very low, so I cooled down on the balcony. Then I went inside.

In my cozy room there was a long and large bookshelf. I went up to it and for a moment thought about what to do. I was not inclined to read. My head hurt and my heart was beating. It is unlikely that a book would help in such a situation.

When I fell down on a chair, I remembered again that Nafeesa had not come for the book. She took Márquez’s “One hundred years of solitude” exactly ten days ago. Since then, she has not been seen.

As time passed, the headache increased. I took a medicine and drank a freshly brewed bitter coffee in addition. After that, I started walking back and forth in the room.

In the house across the street from me lived a Russian old woman. She died two months ago, and Nafeesa and her family moved into her apartment. The old woman’s son, who lived abroad, sold the house to them. Nafisa’s father was military, worked in the military part of the city, and she herself, if I am not mistaken, taught English at school.

She must have heard from her neighbors that I have a private library. She herself never asked about it. When she met me in the street, she just nodded to greet me, without saying anything, it was probably inconvenient to ask for something.

–Can I read something from your books?– she asked me once, suddenly appearing in front of my apartment.

At first, I was very surprised. Nobody here asked me for books. Nevertheless, I invited her inside.

–You have so many books!–

She looked around my library and rejoiced like a little child. I stood silently in front of the window, pressing a cigarette to my lips. I did not want to answer her. I thought that then she would ask more questions. I was used to not answering anybody when I was smoking.

–Can I take Jack London’s book?– she asked.

I nodded as a sign of consent, inhaling cigarette smoke and turning my back on her. Nafeesa took the book and thanked me from the bottom of her heart.

–Thank you very much! I will read it quickly!–

Her first book was “Martin Eden”. Then she began to come to me in every three or four days. We almost did not communicate, she was a little confused, especially when she saw that I do not pay attention to her. When she noticed how indifferent I was smoking at the window, she would carefully return the book she had read to the shelf and hurriedly leave.

Eventually, it turned into our routine. But for the last time, everything was different. I don’t even know why. This time, I did not smoke at the window. On the contrary, I sat in a chair and did not take my eyes off her. She was in no hurry to leave, too, leaving a book. She stood in front of the shelf longer than usual, as if she could not choose. After a long pause, she took Marques’s “One hundred years of solitude” and looked at it with interest, standing in the center of the room.

–It turns out that you like to read world literature?– I asked for the first time, looking at her closely.

When she caught my look, she blushed like a beet.

–Yes, I often read world literature–, she said, maintaining her composure and continued to flip through the pages of the book.

Perhaps, it was not attractive. Nevertheless, her polite behavior, smooth movements, calm confidence and at the same time the thirst for life, shining in her eyes, were extremely attractive.

–Have you read all these books?–

–Almost–, I said after looking at the closet.

–I envy you–, she continued, closing the book and going to leave.

–Would you like to have a cup of coffee?– I asked, suddenly standing up when she reached the doorstep. –Today is the right weather for coffee.–

Nafeesa looked out the open window.

–Well, if it doesn’t give you any trouble…–, she said confusedly.

–Do you want sugar or no sugar?–

–Let it be without sugar.–

For coffee, I forgot my inhumanity and shyness. I spoke with enthusiasm about the books I read and my favorite authors. She listened to me with interest and attention. When it was her turn, she spoke with pleasure and no less enthusiasm. Listening to her, I realized that I was fascinated by a man whose worldview was like mine, like two drops of water, and that I finally felt the sweet pleasure that had been lacking in my life for many years. 

When she left, I was again alone with my books. As it always was. I was very much mistaken, expecting that my heart, accustomed to loneliness, would again begin to wander quietly in its deserted corners. For the first time, I felt deeply alone, feeling the fullness of this dark feeling in four walls.

When I left the house the next day, I accidentally met Nafeesa in the street. Her sister was with her on her way to school. As always, I greeted her, but we walked silently to the bus stop. I wanted to talk, but then I thought about it. Maybe I was embarrassed again because of the people around me.

At the bus stop, I caught a cab and she got on the bus. On the way I remembered the book she had taken the last time.Then I began to wonder if she would read it quickly. In the end, I decided firmly that she would succeed.

Four days passed without any news. On the fifth absence Nafisa squeezed the peace of mind out of my soul. On the sixth, contrary to my nature, my heart fell, and I began to get very nervous. On the seventh day, as usual smoking at the window, I came to the conclusion that it is impossible to finish reading this book by Marquesa for a week, and this conclusion led me to seizures.

Yesterday my state of mind deteriorated and I could not concentrate on my work in the insurance company. I had no idea how I could read a 386-page book for so long, and I constantly thought about it. Other obsessive thoughts were dreaming in my head. Probably, Nafisa had no time to read the book, I said to myself. After a minute I thought she just did not like the book and forgot to return it.

Most of my colleagues were not interested in reading it, except for Feruza Anvarovna from the Risk Management Department. She was about thirty five years old – she was a sincere and very smart woman. During the break, I wanted to ask her about this book by Marquesa, which occupied all my mind.

–Feruza Anvarovna–, I said while entering. –Can I ask you something?–

At that time she was sorting stacks of papers on her desk.

–Of course, Humayun–.

–How many days will you read a book with three hundred and eighty-six pages?–

Feruza Anvarovna thought a little.

–It depends on what kind of book it is. If I am interested in it, I will finish reading it in seven days. If not, I will not read it even in a month–.

A little bit later I addressed to one of my clients with the same question.

–If I try, probably, to read it within two weeks–, he said after thinking.

On the way home, the cab driver also asked the same question.

–Honestly, I’m not interested in reading books–, he said, sneaking around through my rearview mirror.

When I got home, I stood in the hallway, leaning against the wall without going inside. This had an ulterior purpose: if Nafeesa had seen me from her window, she would probably have come to change the book. I stood like this for twenty minutes. But there was no knocking on the door. When I was disappointed, I put my hand in my pants pocket and took out a pack of cigarettes. The box was almost empty. Fortunately, there was the last cigarette left. It helped me to distract a little: I went to the bookshelf and took some books from there. One had two hundred and fifty-four pages, the other one had one hundred and eighty three, and the third one had one hundred and twenty-four pages. I left this third one and put the rest back on the shelf. Having flipped through the book from beginning to end, I decided to recommend it to Nafeesa next time.

Wandering around the room soon tired my legs. I leaned on the back of the chair. The pain in my head began to fade after taking a pill. But my heart was still pounding like crazy. Having put my head on the edge of the chair, I closed my eyes for a moment. The image of Nafisa swam before my eyes again and again. Then I realized that the discomfort, nervousness, bad mood for the last ten days were all the result of waiting. I, accustomed since childhood not to expect anything, was looking forward to meeting her as nothing else. I was looking forward to seeing her again, how she would talk to me and her pleasant voice would fill the room. Why should I lie to myself? After all, it really did not matter how long the book by Marquesa was read.

When I admitted this fact, I suddenly laughed. My laughter was full of pain, longing and sadness. I kept laughing. My voice was getting louder and louder. At that moment, there was a knock on the door. At first, I did not pay attention. Then somebody knocked again. Before opening, I corrected my tie and buttoned my shirt. After that, I opened it. Nafeesa was standing on the threshold holding a book in her hand.

–I hardly finished,” she said, trying to smile and showing me the book in her hand. –Márquez made me sweat a lot–.


Sherzod Artikov nació en 1985 en la ciudad de Marghilan, en Uzbekistán. Se graduó del Instituto Politécnico de Ferghana. Su trabajo se publica en la prensa republicana. Escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn´s Symphony” se publicó en 2020. Fue uno de los ganadores del concurso literario nacional “My Pearl region” en la categoría de prosa. Fue publicado por las revistas digitales, rusa y ucraniana, “Camerton”, “Topos” y “Autograph”. Sus cuentos se han publicado en la revista literaria de Kazajstán “Dactyl”, en el periódico estadounidense “Makonim”, y en los sitios literarios “Petruska Nastabma” (Serbia), “Nekazano” (Montenegro) y “Dilimiz ve edebiyatimiz” (Turquía).

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