Primer cuento del doctor

por Camelia A. Vásquez

El Doctor era una persona extraña con dos grandes pasatiempos: arreglar autos y hurgar en cabezas ajenas para matar el rato. Mujeriego empedernido, había engendrado varios hijos en diferentes vientres y pasaba sus años tomando vasos de paciencia llenos a tope. Cuando no era una decepción, era otra. Sus hijos caían como piezas de dominó, uno detrás de otro y mientras el primero se había dedicado a la medicina, el quinto ya se había ido a cosechar chícharos en el campo, sin que le preocupase en lo más mínimo tener un título universitario. Con todo, el Doctor se había entrenado en el arte de la indiferencia y, así como dejaba a sus hijos hacer lo que quisieran, tampoco le importaba el resto de la gente. Dicho sea de paso, tenía una fuerte tendencia a inventar historias. Era, en buena medida, un mitómano sin remedio. Mi relación con él se limitó a unos cuantos encuentros, entre las que figuraron un par de sesiones fuera del consultorio hasta que logré reconciliarme con mis demonios internos y dejé de frecuentarlo.

Una mañana, a mediados de diciembre, lo telefoneé para avisarle que estaba de vacaciones en la ciudad y que me apetecía verlo. Me dio cita para ese mismo día, en un parque cercano al centro comercial. Siempre llegaba tarde, pero le molestaba si la persona en cuestión demoraba más de cinco minutos. A sabiendas de que no llegaría en punto, me senté y me puse a leer un libro mientras escuchaba el sonido de las fuentes, que cubría el ruidoso gruñido de los motores en la avenida. No sabría decir si leí una línea o diez páginas, pero en algún momento me interrumpió una mano en el hombro y la rasposa voz conocida del Doctor, quien echó a andar inmediatamente. Consciente de lo que eso significaba, fui detrás de él.

─ Tenemos que ir a que me entreguen mi camioneta ─ dijo.

─ ¿Qué camioneta?   

─ Ya verás. ¿Cuándo llegaste?

─ Ayer.

─ ¿Y cómo estás?

Le respondí encogiendo los hombros, sin mirarlo. Él rió con la despreocupación de siempre. Me palmeó la espalda en un gesto que, imagino, trataba de ser conciliador.

─ No estoy bien, pero tampoco estoy mal.

─ Estás.

 ─ Sí, como siempre.

 ─ Como siempre… ─ repitió.

─ Ajá.

─ Ven, vamos a tomar un taxi.

El Doctor era una persona difícil de leer; se movía en una frecuencia diferente a la de los demás. A sabiendas de eso y de mi dificultad para entender a los otros, me dedicaba a hacer lo que decía, sin tratar de cuestionar sus órdenes o decisiones. Nos acercamos al sitio de taxis de la central y uno se detuvo frente a nosotros.

─ Sube ─ me indicó.

Abrió la puerta trasera y entré. Luego la cerró y él subió en el asiento del copiloto.

─ Faltan tres personas para salir ─ dijo el conductor.

─ Vámonos, le pagaré el pasaje completo.

No trató de entablar conversación. Se puso a mirar por la ventana. Yo, que no sabía a dónde íbamos o cuan largo resultaría nuestro viaje, me quedé en silencio y decidí imitarlo; observé el horizonte que avanzaba como un carrusel infinito.

A decir verdad, nunca tuve una verdadera explicación para mis encuentros con el Doctor. Incluso ahí, en el mismo auto que él, me preguntaba por qué lo había llamado. No tenía algo que quisiera porque, simple y sencillamente, no quería nada. Ese sentimiento, sin embargo, no era exclusivo de mi relación con aquél hombre, sino que se trataba de una extensa neblina que abarcaba todos y cada uno de los aspectos de mi vida. Visto en retrospectiva, bien podría haber sido un personaje igual de estrambótico y peculiar que el Doctor. Por decir algo, no tenía interés alguno en las relaciones de ningún tipo y el menor contacto con gente desconocida me provocaba un desasosiego difícil de describir. Era como si me saliera de mi cuerpo y escuchara todo en un segundo plano, convertido en un murmullo lejano que apenas si llegaba a mis oídos. Las personas eran como personajes de una novela, dibujos de fondo de una obra teatral cambiando constantemente sin que eso me afectara de alguna manera.

─ Aquí está bien ─ dijo el Doctor y el taxi se acercó a la banqueta para permitirnos bajar. Pagó y el taxista continuó su rumbo, dejándonos en medio de una carretera en donde sólo había una gasolinera y una tienda de autoservicio.

─ ¿Dónde está su camioneta? ─ pregunté.

─ Apenas la van a traer.

No dio más explicaciones y entró en la tienda, conmigo detrás de él.

─ Toma un café.

─ No puedo beber café ─ confesé.

─ ¿Por qué?

─ Por el tratamiento.

 ─ Ah, sí, el tratamiento. ¿Qué importa? Lo que no puedes beber es el café de verdad, no este jarabe que ocupan para preparar estas cosas. Toma uno.

Era fácil creer lo que decía, pero no porque tuviera evidencia que respaldara sus afirmaciones, sino porque resultaba más fácil cometer errores excusándose en las órdenes o sugerencias de alguien como él. La responsabilidad de tomar cafeína, fuera o no contraproducente, ya no estaba en mis manos sino en las suyas. Fuimos a la caja, pagó por los cafés y salimos de nuevo. Luego nos sentamos en la acera a esperar.

─ Soy onanista ─ dije.

No había manera de iniciar o terminar una conversación con el Doctor. Simplemente sucedía. Se trataba de abrir o cerrar la boca sin una verdadera intención. Hablar por hablar, sin querer decir nada en concreto.

─ ¿Y eso?

─ No sé. Se convirtió en un hábito. Ahora mismo no me interesan cosas como definir mi sexualidad.

─ Ya veo.

─ En realidad no me interesa nada ─ continué ─. Creo que ése es el problema.

─ Pues sí ─ convino ─, porque entonces no tienes disparadores que te inciten a hacer las cosas.

─ Es justo de esa manera. La señora G dice que debo encontrar algo que me motive, pero mientras más busco, menos encuentro. No hay nada a lo que pueda aferrarme, nada que quiera hacer, nada de lo que no pueda prescindir.

 ─ Debe haber algo que quieras.

─ No lo hay.

─ Pues encuéntralo, aunque sea imaginario, Si tuvieras que elegir una vida, ¿cuál sería?

El sabor de un café demasiado dulce me llenó la boca mientras pensaba. Era más fácil enumerar todas las vidas que no quería tener que encontrar una que deseara. El Doctor no me presionó. Miró su reloj y luego el cielo, dándome tiempo para que encontrara una respuesta. Sabrá Dios qué tanto pasó por mi mente.

─ Si pudiera estar en una habitación sin tener hambre, sin producir gastos, leyendo todo el tiempo cosas que quisiera leer y haciendo lo que quisiera hacer sin dar explicaciones, entonces creo que ésa es la vida que quisiera.

─ Digamos que la tienes ─ dijo, saliendo de golpe de su estado de trance ─, ahora piensa en los problemas.

─ Mi principal problema sería el aburrimiento ─ respondí con total convicción ─. Me aburro de todo. De lo que hago, de lo que pienso, de lo que imagino que quiero hacer. Lo que hago lo hago porque la gente dice que debo hacerlo, sin ninguna otra explicación.

─ ¿Y tienes una solución para el aburrimiento?

─ Suicidarme ─ dije. El Doctor ni se inmutó ─. No peleo con la muerte, no me molesta. Siempre está ahí por si la necesitas. Si alguna vez me aburro demasiado, simplemente me mataré.

─ Estás a un paso de que suceda eso.

─ Lo sé.

─ ¿Llamas a eso vida?

─ No.

─ ¿Entonces?

─ Lo llamo “una existencia desapasionada”.

─ Existencia desapasionada, sí… ─ meditó en voz alta ─. Cuando no vives, todo lo que te queda es existir.

─ No es que no haya querido cosas, pero nunca soy capaz de obtenerlas. En lugar de ir por el camino principal, termino ocupando rutas aledañas porque son las únicas que me son accesibles.

─ Lo que sucede es que vives en un universo alterno ─ dictaminó.

─ No entiendo.

─ Lo que quieres hacer no lo haces, pero continúas haciendo lo que debes hacer de todos modos. Te dices que funcionas bien, pero en realidad llevas una carreta de hierro.

─ ¿Qué es una carreta de hierro?

─ Imagina que es una noche tranquila y de pronto alguien pasa por la calle arrastrando una carreta de hierro. Va lento, poco a poco, sin darse cuenta del daño que les ocasiona a los otros, orgulloso de dar un paso más con ese peso enorme que lleva encima. Eso es lo que te sucede, eres inconsciente.

─ Es que mi lógica no es la misma lógica que ocupan todos ─ me defendí ─. El mundo se mueve por causalidad: acción y reacción. Todos están de acuerdo en cosas tan básicas como que si te golpeas el dedo pequeño del pie te duele o que a la mañana sigue la tarde y a la tarde sigue la noche. Esas cosas no funcionan así para mí. Las reglas del mundo, como la moral, no las comprendo, porque tengo mis propias reglas. No entiendo el amor, ni la felicidad, ni la tristeza, no entiendo por qué la gente sufre. Los sinsentidos del exterior tienen sentido para mí, ¿entiende? Tan fácil como que al tres le sigue el cinco o algo así. Es un problema.

─ Yo no lo llamaría problema.

─ La señora G dice que lo es, me repite todo el tiempo que debo integrarme correctamente a la sociedad.

─ ¿Y tú qué quieres?

─ Que me dejen en paz.

─ No llega el hombre con mi camioneta ─ dijo el Doctor repentinamente.

Se puso de pie y sacó el teléfono para hacer una llamada. Mientras él hablaba con alguien, me dediqué a mirar a los despachadores de gasolina que reían y se rascaban las axilas por encima del uniforme, como un grupo de monos de zoológico divirtiéndose por tonterías. Quise reír, pero no pude porque simplemente no había porqué reír. Miré mis zapatos con la seguridad de que no existía certeza alguna de lo que sucedería al minuto siguiente o en una hora. No sentía nada. Mi cuerpo entero era un vacío inacabable. Mi mente sólo alcanzaba a procesar las cosas inmediatas que topaban mis ojos: un motociclista aproximándose, la encargada de la tienda maldiciendo, las dunas dejando el pavimento por el calor del día, el pájaro volando por encima de mi cabeza, las nubes arrastradas lentamente por el viento. Mi pequeña y vana existencia en medio de un lugar que desconocía, esperando a un hombre incomprensible que charlaba de alguna cosa con alguien más.

De pronto todo eso me pareció extrañamente absurdo. La situación entera de la camioneta, el onanismo y los monólogos, el Doctor mismo. La repentina consciencia de ello me arrancó una risa tonta. Unos minutos más tarde, llegó un hombre conduciendo una camioneta destartalada y negra.

─ ¡Ah, ya llegó! ─ exclamó el Doctor en un arranque de lo que parecía ser felicidad.

Los dos hombres se encontraron y se dieron la mano. Intercambiaron palabras, dinero y las llaves.

─ Sube ─ ordenó.

Tuve que tirar con fuerza de la puerta para que ésta se abriera. Subí e hice lo mismo para volver a cerrarla. Aquél vehículo estaba a punto de caerse a pedazos.

─ ¿De dónde salió esta camioneta? ─ pregunté una vez que el Doctor también estuvo arriba.

─ De la basura.

─ ¿Y por qué la tiene?

─ Porque es fea. Ésa es su principal característica: ser fea. Por eso mismo es que me la voy a quedar. Ésta sí que no la cambio.

─ Incluso si lo intentara, no creo que nadie la quiera.

─ ¿Crees?

─ Sí, eso creo.

─ ¿Y hay algo que puedas afirmar?

Se me vinieron a la cabeza un montón de clichés. El cielo es azul. El agua moja. El fuego quema. Todos morimos. Nada de eso salió de mi boca.

─ Soy onanista ─ dije por fin.

─ Ya, un hábito.

─ Como el de usted de arreglar coches y luego cambiarlos.

El Doctor se echó a reír y, no sin cierto esfuerzo, arrancó la camioneta. Aunque estoy seguro de que se lo contó a alguien, nunca volvimos a hablar de mi onanismo, que desapareció con el tiempo. En los encuentros que le siguieron no volví a ver la camioneta. Supongo que terminó por cambiarla, igual que todas las cosas.


Camelia A. Vásquez, Oaxaca de Juárez, 1997. Estudió literatura en el Centro de Educación Artística Miguel Cabrera y actualmente cursa la carrera de Letras Hispánicas en la UAM-I con enfoque en la investigación medieval. Fanática de la literatura japonesa y el decadentismo, busca hablar de aquello que nos pone incómodos.

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