Sinestesia

por Royina Arróniz

A negra, E blanca, Y roja, U verde, O azul: vocales,
algún día diré vuestro origen secreto;

Arthur Rimbaud

En muchas ocasiones la gente se ha burlado de mí por decir cosas como que el estómago me duele a «A» intermitente o describir alguna sensación como «azul, azul, azul», que colocados en el supuesto de ese dolor en particular resultan sinónimos.

Cierto día experimenté un «I» tan fuerte y constante que me hizo consultar de inmediato con el médico. Al llegar a su consultorio me pidió describir lo que sentía con detalle, por lo que, con el torso aún doblado hacia el frente, no pude sino definirlo de la siguiente manera:

—Es como si trajera una «I» atravesada, doctor, siento el abdomen de un amarillo tan intenso que por momentos toma tonalidades anaranjadas.

(Cabe mencionar que, en medio de un suplicio tan intenso, todavía me permití sentirme avergonzada por haber proporcionado a su eminencia el galeno tan pueril descripción.)

 Lo más sorprendente fue que lejos de la burla, en un tono por demás solemne me auscultó preguntando:

 —¿Si oprimo aquí se vuelve naranja? ¿Y si levantamos la pierna sigue amarillo? ¡Uy no, a que eso ya fue rojo!

—No, doctor —me atrevía a corregir—, no es rojo, pero sí naranja como la lava que escupen los volcanes en erupción.

—Mira —explicó—, si ya estamos en esa tonalidad es mejor que no tomes o comas nada, ve a Rayos X a que te tomen esta placa, no esperes la interpretación, me traes de inmediato la radiografía —dijo, mientras garabateaba una receta.

Así fue como a las veinte horas con treinta minutos de ese mismo día, veía desfilar una serie de luces blancas que me recordaban algún túnel de carretera, sin embargo, mi destino distaba mucho de ser algún lugar paradisíaco, me llevaban boca arriba, con las defensas derrotadas sobre una camilla hacia el quirófano, mientras me despedía de mis familiares con la tonta sonrisa que la anestesia coloca en la cara. Desde entonces, me provoca pavor cuando un dolor amarillo de varias íes aqueja mi cuerpo, pero también desde aquel día, otorgué al doctor Manrique la distinción de ser llamado mi médico de cabecera.

Y es que el doctor Manrique, a quien después de tanta empatía llamaba ya por su primer nombre, era, a mi juicio, el único capacitado para recetarme lo indicado aún vía telefónica ya que ambos sabemos que cuando algo duele a «O» lo correcto es tomar simples analgésicos, pero cuando el mal suena como «A» ya requiere el consumo de antibióticos.

Algún tiempo después de la operación, acompañé a un amigo a la zapatería porque le urgían unas botas de montaña para ese fin de semana. Para mí seguía siendo natural comunicarme como lo hacía con el doctor, por lo que sin más, y arrugando la nariz, se me ocurrió decir tranquilamente que esa zapatería olía a café. Él pensó con esa mente sencilla que tienen algunas personas, que probablemente el aroma provendría de la cafetería del piso inferior, pero recriminándole tal tontería me atreví a corregirle:

—¿Cómo va a oler a café si estamos en una zapatería?

¡Habrase visto tal incongruencia!, olía a color café. Mi amigo entornó los ojos mirándome de lleno a la cara para comprobar que hablaba en serio. Nunca sabré lo que vio, pero soltó una carcajada que hizo que las empleadas de la elegante tienda nos miraran con un poco de desdén.

Fue entonces que decidí mudarme de nuevo a la seguridad del silencio obligándome a reprimir delante de cualquier extraño semejantes comentarios por demás absurdos, pero en la intimidad de mi cerebro el frío seguía siendo azul y no como algunos supondrían blanco, porque eso no es una percepción, sino una asociación de ideas blanco-nieve-hielo. El azul corresponde a la letra «A» no porque sea la letra inicial de la palabra sino porque no hay de otra, la «A» es azul, tanto como la «I», como se dijo, es amarilla. Las muelas por ejemplo duelen a letra «A», por tanto, a un azul que va oscureciendo su tono a medida que la consulta con el dentista se retarde.

(El dentista se burló de mí cuando le describí el dolor como de «A», color azul marino. Nunca volví con ese dentista.)

Antes de proseguir, quiero aclarar que nunca he tomado bien la crítica, por ello evitaba en la medida de lo posible expresar mi problemilla en voz alta por temor a que se me tachara de desequilibrada mental. Soy también algo conservadora, así es que hasta hoy he evitado el uso de drogas o sustancias que puedan alterar mi percepción o asesinen mis neuronas; para mí es algo totalmente normal, por ello no alcanzaba a comprender por qué los demás no lo experimentaban.

En este momento tan represivo de mi vida andaba, cuando José, un alto, moreno y guapo hombre que me habían presentado, me confesó en nuestra primera cita que tenía una migraña verdosa, le comprendí tan bien que de inmediato pedí la cuenta. Esa noche manejé su auto dejándolo cual príncipe, hasta la puerta de su casa. (Una debe comprender que una migraña así resulta incapacitante, el verde es tan fuerte que a veces interfiere con la capacidad para articular palabra.) 

Algunas semanas después, mi amiga, la poeta, me regaló su último libro. En seguida llamaron mi atención algunos versos que decían algo así como: «Escucho tu aroma que se acerca / huele a un lila fresco / como de jacarandas…». Le hubiera preguntado qué locura era aquella, pero para entonces me hallaba disfrutando de ese estado de abstracción que implica el enamoramiento. Mi cabeza no daba sino para estar pendiente de José, balbucir algunas frases rosas cuando hablábamos por teléfono o tratar de ser medio funcional en mis actividades diarias, en fin, todo lo que conlleva ese peculiar estado del ser humano en que uno no piensa, pero siente tal felicidad que apapacha la propia estupidez. En definitiva, el olor a lavanda fresca del amor debería extenderse en el tiempo, la ausencia de pensamiento que provoca otorga sin lugar a dudas mucha tranquilidad.

Un domingo fuimos a un concierto, al entrar en la sala nos encontramos con mi amiga la poeta, así es que no perdí la oportunidad de preguntarle por aquellos versos que me habían inquietado. Liliana nos expuso que se trataba de un recurso retórico llamado sinestesia el cual consistía en unir dos imágenes o sensaciones procedentes de diferentes dominios sensoriales; dijo también que no era raro, de hecho, era bastante utilizado en la poesía e incluso en la literatura, pero también podía encontrarse en cualquiera otra de las bellas artes.

Sobra decir que José y yo jamás habíamos comentado lo de su migraña «verdosa», pero una vez acomodados en nuestras butacas, él comenzó a extraer lo salvable del discurso de mi amiga:

—Así es que los poetas utilizan esa mezcolanza sensorial ante la impotencia que para describir los sentimientos tiene el lenguaje.

Yo permanecía en silencio, no podía dejar de pensar que nuestra «condición» resultara ahora hasta poética. Huelga mencionar que disfrutamos muchísimo ese concierto, pues, al paso del tiempo, José me confesó que el primer movimiento era de tonalidades violáceas, mientras que el tercero era de un blanco sublime.

Creo que fue la semana siguiente al concierto cuando perdí del todo el estado límbico de enamorada ridícula, pues me dediqué a buscar referencias de lo que había dicho Liliana, encontrando cientos de ellas por todos los libros.  A lo largo de la historia, en todos los ámbitos, habían existido sinestésicos. Sinestésicos escritores como Darío con su poemario «Azul» o Nabokov quien escribiera que la letra «M» era de color rosa. Se repetía, sobre todo, en los movimientos de vanguardia, a mi parecer, se trataba de crear imágenes perceptibles por diferentes sentidos. Como decía José, ante la pobreza del idioma, artistas y escritores definían algo por lo que experimentaban, y casi puedo asegurar que yo lo sentía junto con ellos. Había también sinestésicos pintores, allí estaban Kadinski o Klee, sinestésicos músicos como Scriabin o probablemente Tchaikovski, sencillamente se trataba de algo que algunos seres humanos tenían o teníamos la capacidad de «sentir» o bien, un recurso del que se echaba mano para lograr transmitir alguna emoción o mensaje.

Así es que no éramos finalmente un par de locos, ya me escucharían de nuevo mis amigas decir que algo olía morado o quejarme de manera abierta cuando algunas etiquetas se sentían grises al roce con el cuello. ¿Para qué voy a negar que me deje llevar a las alturas? ¡Caray mi sensibilidad resultaba ahora artística!

Mi relación con José pasó de la suavidad lavanda al coral, empezando a tomar visos matrimoniales. Teníamos muchos amigos de los denominados «pachangueros» por lo que no había fin de semana que pasáramos en casa. Así cuando en alguna reunión alguien se quejaba de cierta dolencia, en seguida decía «Mmm, eso duele en color naranja, mejor ve al médico, te recomiendo al mío que es buenísimo». Ante la extrañada cara de mi interlocutor, por decir lo menos, pero siempre con un guiño cómplice de José, él me defendía mediante el ataque: «es una sinestesia —explicaba condescendiente— ¿Una qué? ¡Ah, pero qué linda era aquella palabra, SI-NES-TE-SIA! Me recetaba aquello de “es recurso retórico que consiste en… en el arte ha habido varios ejemplos de…”», así desarmada, la persona en cuestión abría los ojos como platos por lo que cuando mucho, exclamaba un respetuoso: ¡Ah!

(José es hoy mi señor marido, aunque nuestras peleas a veces presentan cromatismos disonantes, al cabo de algún tiempo nuestra relación vuelve a transcurrir en un lila inmejorable.)

Claro que no faltaban los amigos acomedidos, de esos que siempre desean contribuir: «o sea que orinar es chchchchchc», a lo cual yo rebatía que eso era una onomatopeya. No, la «U» era morada, la «O» café y la «E» verde, nada puede sentirse o verse ch. Fue extremadamente divertido mientras duró, pero un día en que mi cocina comenzó a despedir un olor verdaderamente negro, sin saber por qué motivo, en lugar de llamar al plomero, me dio por googlear la palabra sinestesia, en la búsqueda se desplegaron un sinnúmero de páginas. Una de ellas hacía referencia a la figura retórica, ¡todas las demás eran páginas de psicología o aún peor, de neurología! Después de leer todas las páginas médicas, aquel ladrillo que me había mantenido en las alturas por tanto tiempo de la mano con mi señor marido, se desmoronó todito.

(Él tampoco está loco, aunque hemos tomado la decisión de abstenernos de procrear. Hemos acordado también, hablar de nuestra sinestesia únicamente en privado.)

***

Justo ayer Pepito le pidió a José que quitará por favor ese disco porque la música se veía toda roja. Miré a José de tal manera que no tuvo otra opción sino poner el disco de música infantil que tanto le gusta, porque la música totalmente roja, todos lo sabemos, vuelve loca a cualquier criatura. (No recomiendo para nada el método del ritmo.)


Royina Arróniz Sehedi. Licenciada en Derecho y radicada en Ciudad de México. Su gusto por la literatura la llevó a estudiar un diplomado en Autores latinoamericanos en la UNAM, así como diversos cursos y talleres. En 2009 publicó el libro “Mujer de mil colores”. Es coautora del poemario “Fuego a tres voces”. Cuenta con publicaciones en diversas antologías, así como en varias revistas digitales e impresas. Actualmente forma parte del colectivo Escritoras en movimiento.

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