Sótanos

por Alex Reyes

Se suponía que dar el portazo significaba anular toda transacción sentimental. Salir de la casa y echarse a andar en el coche, cruzar los puentes vallados y ver los altos anuncios de propaganda barata, prepararse de nueva cuenta para lo desconocido. Lanzarse en caída libre al vacío. Algo había sucedido allí. Una rotura en un corazón compungido, una contusión irremediable. Un robo, como si el presente le chupara la vida entera al pasado y lo arrastrara cuesta arriba al igual que a un cadáver. Ahora que su mujer se ha ido para siempre, sabe lo que es echarla en falta.

Hasta ahora, solo ha tenido tiempo de contemplar el retrato. Christa lleva el vestido corto y chillón que usaba siempre en primavera, un listón amarillo en el cabello y el bolso blanco que Rich le obsequió en su cumpleaños.  Es un panorama que no admira, lo que a él le importa es Christa, su rostro cálido y diáfano, la curvatura de sus caderas y la prominencia desproporcionada de sus pechos, la sonrisa discreta que se perpetua en ese pedazo de madera. De poco sirve, piensa él, porque hace años que no la ve. Tampoco es que no quiera hacer otra cosa, es solo que todo lo que sabía y había aprendido hacer, tuvo lugar junto a ella. Lo dejaría todo por escuchar su voz o verla emperifollarse frente al tocador, pero eso es imposible; él la ha obligado a marcharse.

El viento impela la cama de nubes que se alzan sobre la casa. Son bloques negros que se arrastran como cerdos rollizos. Algunas son altas y desacordes, se deshilan en un puñado de ribetes; otras son bajas y bien definidas, flotan como la neblina. Roy piensa que, si sube a la azotea y levanta su mano, podría alcanzarlas. Aunque no sabe de qué le serviría. Es una estupidez, musita, y en gran parte tiene razón: todo ha sido una estupidez. Y mientras lo dice, las olas son empujadas a la orilla, revientan y lo que resta de ellas vuelve a su sitio. El ciclo se repite. Es un constante vaivén, una desintegración belicosa que no puede ni debe escapar al brillo de sus ojos. El mar, en otros tiempos, era el lugar al que asistían durante las noches.  Christa salía de casa con su kimono fucsia y se sentaba al filo del puerto, antes de que el mar se tragase al sol y se desdibujara la mantilla dorada que se trazaba frente a sus pies, ellos sabían que terminarían allí, como siempre.

Su madre corresponde a su desprecio. Piensa que la echó con tal de causarle problemas, esa afirmación dista bastante de ser aquella. No quiero verte hasta que Christa vuelva a casa, le dijo ella. En realidad, lo que a Roy le pasó no escapa a la compresión humana. Quizá debía entender que el amor, después de todo, no fue hecho para todos, y que bien o mal, hay relaciones cuyo futuro está destinando a sumirse en un socavón. El problema es que él parece estar inmerso junto a todo aquello que se fue en balde. No era un capricho, sino coraje. Y es probable que el coraje no fuese sino otra forma de refinamiento.

Ahora la historia es distinta. Han pasado doce años desde la última vez que la vio y las cosas han cambiado. Roy sospecha que Christa sale con otro hombre o que ha salido, al menos, con otros tres más. Es una ausencia licenciosa, piensa él, ella puede salir con quien lo desee y él, si así lo quisiese, podría hacerlo también. No. No es verdad. Lo que él piensa es que ella ha tenido mejores oportunidades; que su vida, a diferencia de la de él, no es tan airada y vertiginosa. Él cree que ella ha caminado sobre el agua sin hundirse, mientras él se ha sumergido hasta el fondo del océano. Eso piensa. Pero ¿de qué sirve?

No es momento de entregarse a las reflexiones. Por más larga que parezca la vida, sus pendientes son cortas y precipitadas, un paso en falso y todo se puede ir al carajo. Consiguió su número la semana pasada. Se hizo de una cuenta falsa en Facebook y luego usurpó la identidad de Clarrie Walsh, de Queenstown. Algo se había mencionado sobre la etapa de intercambio universitario, la larga —y atribulada— temporada que Christa pasó en Hannover junto a la neozelandesa. Se sabía bien la historia. O, al menos, había atado bien cada cabo. Aprovechándose de la inactividad de su cuenta, creó el artilugio perfecto: Clarrie estaría en la ciudad un lapso más bien efímero; si Christa decide no visitarla, seguro Clarrie se olvidaría de ella. Eso debe pensar. Sí, eso lo que quiere que Christa piense.

El frío del invierno ha llegado sin previo aviso. Mientras baja al sótano, repite el mismo soliloquio de siempre. Ha esperado durante mucho tiempo. La espera es larga, pero el fruto en sí vale la pena. Su cuerpo tirita, pero no de frío. Los estremecimientos vienen de otra parte: del deseo desesperado de conseguir lo que le hace falta. Si pudiera acelerar las horas, seguro lo haría. No hay nada que pueda impedirlo, no hay muros ni barreras que puedan detenerlo. Su ambición es críptica y desmedida. No sabe en sí cómo llamarle a ese amasijo de sentimientos, porque lo que siente no tiene fondo ni fin. Ni nombre.  

MENSAJE DE TEXTO (Christa):

Estoy en camino. El tráfico es denso y la lluvia arrecia.
Besos,
Christa.

MENSAJE DE TEXTO (Clarrie):

He dejado la puerta de la casa abierta. Entra, que estaré haciendo la cena. cariños,
Clarrie.

Un coche se estaciona frente a la casa. Un Volkswagen. Es el mismo coche, piensa Roy, solo que averiado. Christa se apresura y baja, deja el bolso en la parte trasera del coche. No hay nadie, salvo la tormenta que después de cesar, retoma su vehemente fuerza. Los cipreses se sacuden tempestuosos como un manojo de cabello mojado. Roy ve una figura blanca que cruza frente a la ventana con dificultad. No es neblina, se dice él, pero, entonces, ¿qué es? Pasa la mano por los vidrios y la ve de soslayo. Una gaviota. Una gaviota con las alas mojadas que vuela contra todo pronóstico.  Así se empujan las ilusiones, dice él, contracorriente.

—¿Clarrie? —dice Christa.

Un silencio solemne se abre paso por la ventana. Hay silbidos afuera, estremecimientos, árboles que mecen sus cabezas y perros que entierran sus patas en el fango; un gato empapado en el tejado, chillidos de ratas que pronto caerán ahogadas, la misma gaviota ahora asediada por los busardos. Las nubes caen y la neblina se instala sobre la casa. Hay una corriente de agua que entra por el ático.

—¿Clarrie? —repite Christa.

MENSAJE DE TEXTO (Clarrie):

Baja al sótano, Christa, que tengo una fuga en la tubería. ¡Carajo! A buena hora pasan estas cosas.

Ok. Esa es su respuesta y se echa a andar. La casa es fría y las luces de los pasillos son débiles, demasiado tenues. Siente que avanza por un sitio al que no le encuentra final. Se sostiene de la pared mientras anda. Los muros son fríos y porosos, por algunos escurren hilos de agua. No sabe hacia dónde va, pero, antes de llegar al fondo del pasillo, cruza a la derecha. Reina una penumbra espesa. No hay bombillas y ha olvidado el móvil en el coche. Una vez que llega, advierte que la fuga está controlada. O al menos eso prefiere pensar. No hay ruido. ¿Bajará?, sí, lo hace. La puerta se cierra.

Roy tira del interruptor y la bombilla se enciende.

—¿Roy? —dice ella, atónita.

—¿Por qué la cara? —dice él, sonriendo—. ¿Acaso soy un espantajo?

Es un terreno violento y reducido. Ninguno de los dos imagina lo que puede perder. Christa sabe que está en el lugar equivocado, que se ha metido en la boca del lobo.

—No —responde ella—, es solo que no sabía que Clarrie te había citado también —miente.

Él sonríe, luego dice:

—Bueno, es que no hay ninguna Clarrie aquí.

—Ya veo —dice ella en tono solemne.

—Te quedarás aquí el tiempo necesario —dice él avanzando hacia ella—. Esta es tu casa. Nuestra casa.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Bien —se sacude los hombros y estira el pecho—, es un nuevo comienzo. ¿Entiendes? Tú, yo, esta casa, apartados de la ciudad…

—Ah.

—Estarás bien —dice él—. Te prometo que así será.

—Sé para dónde va esto —dice ella—, así que deberías hacerlo rápido. Sé lo que es estar en tu lugar.

—No —responde él, furibundo—. No lo entiendes. Tú nunca lo entenderías.

—Créeme que sí —dice y se acerca a él, luego se sienta sobre una caja de madera vieja—. Lo hice alguna vez.

—¿Qué?

—Eso. Retener a alguien. He hecho lo mismo que tú.

—No me vengas con boberías, Christa.

Ella sonríe aviesa y luego dice:

—No tendría por qué mentirte.

—Bien —dice él, con interés—. ¿Cómo?

 —Henry.

—¿Qué con él?

—No sé si sea recomendable mencionarlo.

—Al carajo, Christa, dilo de una puta vez.

—¿Recuerdas el coche del garaje?

—Sí, el de los zapatos en la cajuela.

—Eran de Henry.

—Supongo que los olvido, ¿no? ¿Qué con ello?

—No —dice ella y se para junto a él.

 —Con un demonio, Christa —dice él—, déjate de rodeos.

—Henry fue un buen hombre, tanto como tú… —explica—… Tenía sus diferencias, claro, era violento y obstinado en algunas ocasiones, por el resto, anodino. Una vez me amenazó con irse y dejarme por cualquier puta que se le pusiera enfrente.

—¿Y? —objeta él.

—Lo hizo —responde ella y da un breve, pero intenso suspiro—. Se la cogió en la cama mientras yo estaba en la imprenta. Había olvidado las últimas revisiones de un texto que el señor Owen me había pedido, de modo que volví antes de lo acostumbrado. Estaban en la recámara. Cuando entré, ella estaba sobre él. Es probable que no me hayan visto, pero yo sí lo hice. ¿Imaginas cómo se siente que todo tu mundo se venga abajo? ¿Que lo haga luego de que tú lo advertiste?

Roy se encoge de hombros. En el fondo, él lo entiende, es solo que ahora no sabe cómo explicarlo. Siente que el piso se sacude. No, no siente eso. Es aún peor: es como si el suelo se abriera frente a él y lo succionara todo. Teme ser arrastrado por sus percepciones.

 —Así fue —continua ella—. A los pocos días me dijo que se iría de la casa, que la relación lejos de funcionar se había convertido en un evidente problema para él.

 —¿Y lo hizo? —cuestiona Roy.

—No —responde ella—.  No se lo permití. Mientras hacía sus maletas, lo golpeé con el florero en la cabeza. El resto, qué va… el resto es historia.

—¿Qué quieres decir con «historia», a ver?

—Al igual que tú —confiesa ella— lo aseguré en el sótano. Vivíamos solos. Nunca hubo tiempo para pensar en los hijos. Los del trabajo llamaron en dos o tres ocasiones para advertirle que, si acumulaba otra falta, lo echarían. Para ellos no es tan difícil: un empleado suple a otro con gran facilidad. Es un juego de reemplazos. ¿Qué no?

—Te crees muy lista —dice él, entre risas, y ella lo ataja al mismo tiempo:

—Tanto como tú.

—Me estás tomando el pelo —dice él, observándole.

—¿Cómo explicas la sangre de los zapatos?

Roy no sabe con certeza qué responder, de modo que contesta:

—No lo sé.

Un silencio se hace entre esas cuatro paredes. Afuera la lluvia azota, la puerta se abre y se cierra empujada por el aire. El sonido es sórdido y otros estrépitos emergen dentro de la casa. Ha dejado el resto de las puertas abiertas.

—Tuve que matarlo —confiesa ella, en seco.

—Mientes —objeta él.

—Ahora quisiera hacerlo —dice ella—, pero no hay mucho que pueda cambiar. El pasado es irrecuperable. Supongo que tú harás lo mismo, Roy, de modo que espero que lo hagas rápido.

—Ajá —dice él, con arrogante desfachatez.

—Mi móvil está en el coche. Así que, si quieres hacerlo bien, debes arrojarlo al mar o algún lugar lo bastante lejano de aquí. Las llaves del coche están en la entrada, sobre el taburete.

El sótano está lleno de piedras. A Roy aquello no le infunde ningún deseo, aunque sabe que puede molerla a golpes si así lo desea.

—Lo encontrarán, de un modo u otro. Lo harán —alega él.

—No te lo pensaste bien —dice ella—. Después de todo —y en esto hace una pausa—, no eres tan listo.

—Oh, vamos, ¿lo dices en serio? —dice él, molesto, pero sabe que no debe seguirle el juego—. Te estás fatigando, deberías sentarte. Y callarte.

No quiere escucharla, pero lo hace. Su voz se cuela por sus oídos como una melodía irritante. Afuera el viento mece los sauces. Hay una lechuza ululando. El sonido chirriante se propaga por los alrededores. La gaviota está sobre los ramajes, despedazada. Hecha añicos. Su cabeza está en la boca de un gato jaspeado que da un salto para perderse entre la maleza. Una muerte, tras otra muerte, tras otra, significa poder.

—Más vale que te quedes aquí —advierte él—. Ya tendré tiempo de pensar qué hacer contigo.

—Hombre, claro. ¿Adónde iría?

—Dímelo tú.

Ella guarda silencio y se encoge de hombros.

—Calladita —dice él.

 —Henry —dice Christa y él voltea a verla. Está molesto. Entonces, dice—: perdón, quise decir…

—Cállate, cállate de una buena vez, pedazo de puta.

Roy sale apresurado y Christa aguarda en silencio. No hay mucho que pueda hacer. La noche es tempestuosa y es poco probable que la lluvia ceda. No hay espacio para la calma. Christa camina sobre el perímetro, le gustaría creer que está en otro lugar. Busca una salida, pero no hay ninguna. La puerta está bloqueada. Debe haber algún modo, piensa ella, pero de momento no sabe cuál. Luego de un rato, se acuesta sobre un colchón viejo y amarillento. El olor es desagradable a juzgar por sus gestos. Huele a remolacha rezagada. No hay muchas opciones, piensa ella, y a veces es mejor tener una cosa a no tener ninguna. De cualquier modo, se dice ella, las mujeres nunca han tenido mucho de dónde escoger.

—Traje esto —dice Roy mientras entra. Son papas fritas y leche cortada—, ya habrá algo mejor si te lo sabes ganar.

«Si te lo sabes ganar», piensa ella. ¡Cuánto remoque en aquellas palabras! ¿Adónde quiere llegar?, se pregunta ella, y luego se pone de pie y avanza hacia él. Recorre con su mano tibia su espalda fría. Está mojado. Estuvo fuera de casa, confirma ella. Baja la mano hasta adentrarla en sus nalgas. Él se detiene, sorprendido, y la ve bajar ahora sobre su ombligo. No puede resistirse a la sensación de sentir sus labios recorriendo su piel, su lengua caliente tocando la cabeza de su glande, el líquido viscoso que se cuela entre sus dientes. La está pasando bien, piensa él, y empuja su cabeza adelante-atrás. Estoy por venirme, dice él, y ella aprieta sus nalgas con sus manos, luego le sacude los huevos. Siente la boca llena. Sabe que debe tragar. Y lo hace.  Está caliente. Es agrio y glutinoso, siente cómo resbala por su garganta y se adhiere a sus cavidades. Pero sigue, con delicadeza, frotando con la lengua sus testículos. Son grandes, le dice, y él se llena de júbilo. Ha sido un gran halago. Un hombre de huevos prominentes siempre es un gran trofeo, se dice él para sus adentros. Siente sus dientes recorriendo la bolsa escrotal, ese roce ligero y caliente que lo hace vibrar. Si sigue así, se vendrá por segunda ocasión. Podría pasar la noche entera haciéndolo. No hay gran problema. Él está dispuesto hacerlo. Y, mientras empuja de nueva cuenta su cabeza contra el tronco de su verga, ella lo muerde con fuerza y le tuerce las bolas. Clava sus uñas y tira del frenillo. Roy no hace sino retroceder hasta caer al suelo. La sangre escurre por la entrepierna de Roy y la barbilla de Christa. Ella sale, corriendo, con la boca atestada de líquidos. No sabe adónde ir ni cómo hacerlo.  

—Hija de la gran puta —dice él, en la distancia, y ella lo escucha como una vocecilla muy lejana.

Ahora trata de encender el coche. Debe calentarlo para echarse andar. Sabe que el tiempo es corto y que no puede sacarle más vueltas al asunto. Gira la llave, pero no arranca. En la distancia, el viento sacude y desplaza los nubarrones. Es una suerte. Una suerte pequeña, piensa ella. No, no piensa eso. Al menos, ya no. La luna se asoma por completo. Cuarto menguante, dice atenta al cielo, un mal augurio. Muerte. Funeral. Lo siniestro y demoníaco. ¿Qué más puede significar? Son supersticiones, se dice ella. «No prestes demasiada atención. Son supersticiones», recuerda las palabras, aunque no sabe de quién ni cuándo las escuchó.  No hay tiempo para futesas. Ahora debe pensar en cómo eclipsarse. Ha dejado el hombre tirado con los huevos lacerados. Se lo merece, se dice, y golpea el volante.

Christa toma el móvil y escribe un mensaje de texto sin destinatario. Un perro aúlla en la distancia. El viento gélido golpea el coche. Qué caótico es, se dice ella para sus adentros, tan caótico y repulsivo. El vértigo del porvenir, el éxito de la huida, ahora no puede pensar en otra cosa. Se siente extasiada, motivada, decidida a salir de ese lugar. Se estremece, sí, sí que lo hace. Una vaharada tibia entra por su pecho, es una premonición, un presagio de que todo estará bien. Es cuestión de minutos, dice ella, luego el coche se echará andar. Y mientras espera, llama a su madre.

—Tardaré en llegar —dice ella.

—¿Está todo bien, cariño?

—Sí —miente—, todo está en orden. Besos.

—Besos de regreso.

Está lista para colarse por la carretera empinada rodeada de sauces y olmos, para fundirse entre el frío y la soledad de la madrugada. Es una especie éxito. Poder escapar de lo que una vez le hizo daño, y adentrarse en los brazos del destino. No sabe con certeza qué le espera, pero un presagio acrecienta la esperanza.

Una vez que deja el móvil en el asiento de copiloto, un aire de júbilo insufla su osadía. Entonces, se vuelve regocijada a la izquierda.

—Hola, Christa —dice Roy.

Un disparo resuena en la distancia.


Alex Reyes (San Luis Potosí, 1997) es un escritor y periodista mexicano. Estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Sus cuentos y artículos de crítica literaria se han publicado en diversos medios digitales e impresos. Publica semanalmente en su columna, “La rabia y el orgullo” a través del diario El Universal, donde además comparte entrevistas de enfoque cultural. Actualmente trabaja una novela de corte distópico y un libro de cuentos. Las temáticas de sus cuentos están orientadas a desentrañar la naturaleza de la violencia humana, sus inseguridades, los deseos y motivos que empujan al hombre a volcar su vida.

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