Fiebre por deshidratación

por Karsten Ricklefs
traducido al español por Ilana Marx

Tuvieron que dejarlo atrás. Que Dios los perdone.

Lo habían cargado turnándose, ese pequeño cuerpo de niño, delicado y aún vivo, en la frontera mexicana, no lejos del país del dólar; lo habían cargado en diferentes posiciones, ese cuerpo, cada vez más débil, cada vez más frío, que perdía cada vez más vida y tensión muscular. Las manos frías de ese niño se aferraban al skateboard con bordes amarillos como si hubieran estado unidos inseparablemente durante toda una vida. El coyote parecía cada vez más indiferente, su tono habitual de súper macho dominante se iba perdiendo y su revólver bamboleaba descuidadamente de la pretina de su pantalón. Él creía seguir la ruta fijada que debía llevarlos al país del dólar.

Allí estaba esa pequeña cabaña provisoriamente armada con madera; al principio no era reconocible como tal a través de la nube de calor de brillo juguetón. Apáticos, agotados, sedientos, acalorados, los hombres se detuvieron, con las mochilas raídas y las bolsas de plástico agujereadas de los supermercados baratos mexicanos, y miraban fijo esa cabaña, incrédulos, inseguros.

Santiago depositó a su compañero de ruta con el skateboard: el pequeño cuerpo aterrizó con cuidado sobre tierra mexicana y enseguida, una capa de polvo de grano fino marrón cayó sobre su camiseta blanca, y ese niño estaba quieto, no decía nada, ni una palabra, y tampoco los hombres decían nada, hasta que Enrique, el coyote, señaló en dirección de la cabaña, y el movimiento de su brazo era como en cámara lenta.

Enrique se acercó a ese cuerpo de varón, y en un primer momento, daba la impresión de querer abrazarlo; sus fuerzas fallaron, no pudo alzarlo, ese cuerpo, los músculos de sus brazos no estaban a la altura del movimiento requerido, y sus piernas amenazaban con ceder bajo el peso; quedó tendido allí, el niño con el skateboard, cuyos cortos cabellos negros brillaban al sol. Podían verse los primeros pelitos de la barba, muy levemente distribuidos en su mentón, y pronto, tendría que afeitarse; sus labios estaban resecos, agrietados, reventados, sangrantes, y su nuez de Adán levemente abultada se movía apenas, a la expectativa de transportar líquido urgentemente necesario, y esos  ojos marrones miraban vacíos al cielo azul del desierto.

Habían proseguido su camino sin él, los hombres, y él no sabía dónde estaba, olía a leña quemada y a tortillas, y en esa cabaña recién amanecía, y él podía ver un trozo de cielo azul a través de una pequeña apertura en la pared de tablas de madera. Debajo de su espalda sentía algo blando. Su mano agarraba algo conocido, su skateboard, recubierto con todas las pegatinas estadounidenses que había juntado; algunas, sin embargo, ya se habían soltado, de manera que sólo podían verse partes de la bandera americana y su pegatina preferida, en la que decía en letras mayúsculas: “GOD BLESS AMERICA”, que había perdido la palabra “America” y ahora, en su lugar, podía verse el desteñido fondo rojo. Una de las ruedas amarillas se había desprendido de la tabla, “siempre fue la rueda problemática” pensó, un poco preocupado.  Sus zapatillas azules, desgastadas,  estaban sobre la mesa, al lado de esa lámpara, y, a veces, al caminar, podía ver el dedo pequeño de su pie izquierdo. Recordó aquel día en que, feliz y orgulloso, colocó sobre el mostrador el importe ahorrado con esfuerzo, y el viejo señor López Ramírez le entregó solemnemente esos zapatos. Desde ese día, hubiera querido no sacárselos más, esos zapatos.

El chico sentía el frío que subía como una ola, sus músculos comenzaron a temblar descontroladamente, como si le estuvieran aplicando choques eléctricos, y sentía que la cabeza le explotaba de dolor. Con cuidado, unas manos le pusieron una manta sobre el cuerpo agitado y tembloroso, que, sin embargo, sólo le llegaba a los tobillos y dejaba ver sus pies congelados. Sus pies estaban tan fríos, y tan cansados por el largo viaje, y él pensaba en su familia, y un dolor profundo atravesó su joven alma.

Desesperado, intentó decir algo, pero le faltaban las fuerzas. Se deslizó hacia la evasión de los sueños afiebrados, soñó con el muro en la frontera que se convertía en una masa fría y pegajosa y lo aplastaba. Allí estaban los caballos, ese retumbar de los cascos que lo inquietaba, le parecía tan fuerte en su sueño, ese golpeteo y relincho.

Y entonces, volvió a ver ese brazo, esa mano cubierta de manchas marrones de la vejez, que se le acercó con una taza blanca de porcelana, era fría y dura al tacto esa taza, en sus labios, y bebió un poco de ese líquido transparente y precioso, y vio a esa mujer muy vieja y delgada, con sus largos cabellos grises, sentada al borde de su cama.

Cuánto amaba ese sueño y ese país soñado, lleno de skateboards y de restaurantes de comida rápida, y esas hamburguesas, que le gustaban tanto, y él haría realidad ese sueño, muy pronto. Le construiría una casa a su familia, en Alegría, El Salvador, su país. Su madre tendría una cocina y no tendría que seguir cocinando sobre la vieja llanta de auto, y él se casaría con una estadounidense y tendrían muchos hijos y su familia iría a visitarlos para las Pascuas y las Navidades.  “Alegría” —pensó— “qué alegría”, y su sentimiento de felicidad en el sueño fue reemplazado nuevamente por el golpeteo, relincho y pataleo de los caballos, y esta vez escuchó una detonación, un tiro, y esa detonación era cada vez más fuerte, pero él no sabía de dónde venía ese ruido, hasta que volvió a ver esa mano que le acariciaba la frente, era áspera, esa mano, tranquilizadora y raspaba un poco, la mano de esa mujer muy vieja, que tomó con mucho cuidado su mano izquierda, casi tiernamente y dibujaba pequeños movimientos circulares en la palma de su mano, y en ese momento, pensó en su abuela en el cielo, y miró inquisitivamente a esa mujer tan vieja, sentada al borde de su cama.

—¿América?

—Sí, mi niño, América—, y ella dejó de hacer los movimientos circulares y tomó cariñosamente su mano fría.

Un último suspiro atravesó su cuerpo, su mano se aferró al skateboard, y cerró los ojos.


Durstfieber

Sie mussten ihn zurücklassen, Gott möge ihnen vergeben.

Sie hatten abwechselnd diesen kleinen zierlichen noch lebenden Jungenkörper getragen, im mexikanischem Grenzgebiet nicht unweit des Dollarlandes, in unterschiedlichen Positionen, diesen Körper, der zunehmend kraftloser wurde, sich kälter anfühlte, Leben aushauchend, Körperspannungen verlor. Die kalten Hände dieses Jungen umklammerten das Skateboard mit den gelben Rädern als wären sie schon ein Leben lang untrennbar miteinander verbunden gewesen. Der Schlepper schien zunehmend gleichgültiger zu werden, sein sonst so dominanter Macho Ton verlor sich und sein Revolver baumelte nachlässig an seinem Hosen Bund. Er glaubte, der festgelegten Route zu folgen, die sie in das Dollarland führen sollte.

Da war diese kleine provisorisch mit Holz zusammengezimmerte Hütte, anfangs war sie als solche nicht erkennbar durch die flimmernde verspielte Hitzewolke. Apathisch, erschöpft, durstig, erhitzt, blieben sie stehen, die Männer mit ihren abgewetzten Rucksäcken und den zerlöcherten Plastiktüten aus den mexikanischen Billigdiscountern und starrten diese Hütte an, ungläubig, unsicher.

Santiago legte seinen Weggefährten mit dem Skateboard ab, behutsam landete der Körper auf der mexikanischen Erde und es legte sich sogleich eine feinkörnige bräunliche Staubschicht auf sein weißes T- Shirt und dieser Junge war still, sagte nichts, kein Wort und auch unter den Männern wurde kein Wort gewechselt bis Enrique der Schlepper in Richtung der Hütte zeigte und seine Armbewegung wirkte wie in Zeitlupe.

Enrique nahm diesen Jungenkörper an sich, und es erschien im ersten Moment so als wolle er ihn umarmen, seine Kräfte versagten, er bekam ihn nicht aufgehoben, diesen Körper, seine Armmuskeln waren der erforderlich abverlangten Bewegung nicht gewachsen und seine Beine drohten ihm unter dem Gewicht nachzugeben und er blieb liegen, der Junge mit dem Skateboard dessen kurze schwarze Haare in der Sonne glitzerten. Da waren die ersten kleinen Barthärchen zu sehen, ganz fein verteilt an seinem Kinn, und schon bald würde er sich rasieren müssen , seine Lippen waren ausgetrocknet, rissig, aufgeplatzt, blutig und sein leicht hervorgetretener Kehlkopf bewegte sich leicht in der Erwartung dringend benötigte Flüssigkeit zu transportieren, und diese braunen Augen blickten leer in den blauen Wüstenhimmel.

Sie waren ohne ihn weitergezogen, die Männer, und er wusste nicht an welchem Ort er sich befand, es roch nach verbranntem Feuerholz und Tortillas und es dämmerte leicht in dieser Hütte und er konnte durch eine kleine Öffnung in der Bretterwand einen Fetzen blauen Himmels sehen. Unter seinem Rücken fühlte es sich weich an. Seine Hand umfasste etwas Vertrautes, sein Skateboard, versehen mit all den amerikanischen Aufklebern, die er gesammelt hatte, einige hatten sich jedoch bereits gelöst so dass nur noch Teile der amerikanischen Flaggen zu sehen waren und sein Lieblingsaufkleber auf dem in großen Lettern stand „ GOD BLESS AMERICA“ das Amerika eingebüßt hatte und das stattdessen jetzt die verblichene Grundfarbe Rot zu sehen war. Eines der gelben Räder hatte sich vom Board gelöst, „es war schon immer das Problemrad“, dachte er ein wenig besorgt. Seine blauen Sneaker standen zerschlissen neben dieser Lampe auf dem Tisch und manchmal konnte er beim Laufen den kleinen Zeh seines linken Fußes sehen. Er erinnerte sich an jenen Tag, an dem er glücklich und stolz den unter Mühe zusammengesparten Betrag auf den Verkaufstresen legte und der alte Herr Lopez Ramirez ihm diese Schuhe feierlich überreichte. Seit diesem Tag hätte er sie am liebsten nie wieder ausgezogen, diese Schuhe.

Der Junge spürte die Kälte wie eine Welle auf sich zukommen, seine Muskeln begannen unkontrolliert zu zucken ,als wenn er mehre Stromstöße verabreicht bekommen würde und er spürte seinen Kopf vor Schmerz explodieren. Zwei Hände legten ihm behutsam eine Decke über seinen sich schüttelnden zitternden Körper, die jedoch seine eiskalten Füße aussparte und ihm nur bis an die Knöchel reichte. Sie fühlten sich so kalt an, seine Füße, und sie waren so müde von der langen Reise und er dachte an seine Familie und ein tiefer Schmerz durchzog seine junge Seele.

Verzweifelt versuchte er sich mitzuteilen aber seiner Stimme fehlte die Kraft. Er glitt hinab in die Flucht der Fieberträume, träumte von der Grenzmauer, die sich in eine kalte klebrige Masse verwandelte und ihn erdrückte. Da waren die Pferde, dieses Hufgetrampel, welches ihn unruhig machte, es erschien ihm so laut im Traum, dieses Geklapper und Gewieher.

Da sah er wieder diesen Arm, diese von braunen Altersflecken überzogene Hand, die sich ihm mit einer weißen Porzellantasse näherte , sie fühlte sich kalt und hart an, diese Tasse, an seinen Lippen und er nahm etwas von der kostbaren durchsichtigen Flüssigkeit zu sich und er sah diese sehr alte dürre Frau mit ihren langen grauen Haaren am Rand seines Bettes sitzend.

Wie sehr er diesen Traum liebte und dieses Land seiner Träume, voller Skateboards und Fast Food Restaurants und diese Burger, die er so sehr liebte und er würde diesen Traum verwirklichen, schon bald. Er würde seiner Familie ein Haus bauen, in Alegria ,El Salvador, seinem Land, seine Mutter würde einen Herd bekommen und sie müsste nicht weiterhin auf der alten Autofelge kochen und er würde eine Amerikanerin heiraten und sie würden ganz viele Kinder haben und seine Familie würde sie Ostern und Weihnachten besuchen kommen.“ Alegria“, dachte er,“ ja welch Freude“ und sein Glücksgefühl im Traum wurde wieder durch das Geklapper, Gewieher, und Getrampel der Pferde abgelöst und dieses Mal hörte er einen Knall, einen Schuss, und dieses Knallen wurde immer lauter aber er wusste nicht woher dieses Knallen kam bis er wieder diese Hand sah, die ihm über die Stirn streichelte, sie fühlte sich rau an, diese Hand, beruhigend und ein wenig kratzig, die Hand dieser sehr alten Frau, die vorsichtig behutsam fast zärtlich seine linke Hand nahm und kleine kreisende Bewegungen in seiner Handinnenfläche vollführte und er dachte in diesem Moment an seine Großmutter im Himmel und schaute fragend diese sehr alte Frau an, die an seinem Bett saß.

„America?“

„Ja, mein Junge, America“ dabei hielt sie in ihren kreisenden Bewegungen inne und umschloss liebevoll seine kalte Hand.

Ein letztes entspanntes Seufzen durchzog seinen Körper, seine Hand umklammerte das Skateboard, und er schloss die Augen.


Karsten Ricklefs. Nació en Oldenburg, Alemania. Este relato ganó un premio literario; trata el tema de migracion en Mexico donde trabajó como voluntario en un albergue para personas migrantes sin documentos. Este relato corto es su primera obra publicada. Vive en Hamburgo y trabaja como enfermero en un hospital.  Escribe relatos cortos y una novela que todavia no ha terminado.


Ilana Marx. Nació en Montevideo, Uruguay. Estudió en Alemania, volvió al Uruguay y ahora vive en Berlín. Traducciones literarias, ensayo y teatro. Novela: Glueckskind de S. Uhly; Wir hier draussen (“Nuestra casa en el bosque”) de Andrea Hejlskow; Teatro: Lulú. Erdgeist de F. Wedekind; 3 obras de Falk Richter, 2 obras de Martin Heckmanns, „El reino de los animales” de Roland Schimmelpfennig, entre otros; Ensayo: Arte: varios catálogos de exposiciones, entre ellos para la Bienal de Venecia 2008. Sociología: “Pensar por sí mismo. Instrucciones para la resistencia” de Harald Welzer. Psicología: P. Flechsig, A. Ritter, Fechner. www.ilanamarx.com

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