Impronta Dos años dijo mi madre, en dos años abuela tendrá 80 y debemos hacer una celebración. Le dije: vos tendrás cincuenta y también lo celebraremos. Mi hermana entrará a los 30. Yo estoy en la segunda década, siento los años de abuela y mi madre sobre mí, sus intentos de felicidad. Y me pesa cada pie que despego del suelo, cada lucha íntima contra la gravedad. Bendigo la brecha: esa dimensión que nos formó los sueños en diferentes capas de la atmosfera. Bendigo sus manos, sus sexos que decidieron parir. Bendigo el mío que les duele y me duele. Bendigo a las generaciones de las que no quiero ser culpable. Como en los libros bíblicos repito mi genealogía: Carolina hija de Claudia, hija de Carmen, hija a su vez de otra Claudia, hija de Adelia. En mis manos guardo sus gestos y entrego el amor como único legado. Imagino tus músculos cansados, el cuerpo mínimo de tu abuela luchando o dejándose ir. Pienso en el abuelo al que te parecés y no conocí, en mi abuelo desconocido al que se asemeja mi padre. Pienso en quien nos llorará cuando no estemos y si alguien será nuestro reflejo. La tristeza está en el ADN, se lleva a la vista de todos como la nariz y la boca. En el bar de esta esquina, mi madre pasa su infancia, la niña más hermosa que alguna vez trajo un padre. Mi abuelo ve su vida en los rieles del tren donde murió su padre, la fricción de todo lo que ha salido mal, mientras llega al hospital a despedir a su madre. El alma de la bisabuela escondida en alguna parte de Barrio Amón. Miro los nombres de los moteles a mi paso, sus ofertas, sus sábanas como periódicos con todas las historias que no fueron. Desnuda en la esquina de uno de sus cuartos, con la luz amarilla de un bombillo y el reflejo en sepia de las cosas. Mi bisabuelo arregla repetidas veces el tren negro de la Northern, que descansa en la Estación del Atlántico. Percibo su presencia de ave que vuela sobre la presa del tiempo. Me siento en la acera de esta calle y lo espero.
Migraciones
Lejos
las grandes migraciones animales:
los salmones que regresan
a su casa de agua dulce,
las tortugas de mar
que desovan en la playa donde nacieron.
Acá,
nos falta magnetismo,
cierta noción del espacio y del tiempo
que nos indique hacia dónde ir.
Una brújula dentro de las mariposas
las hace recorrer miles de kilómetros
sin perderse.
Los osos olfatean vida
a kilómetros de distancia
y los elefantes recuerdan siempre
a sus muertos.
Nosotros,
tenemos el recuerdo frágil
y una marca en los cromosomas
que nos hace huir
por mar por tierra.
Así,
migramos de un olvido a otro
guiados por el instinto.

Carolina Quintero Valverde
Nació a finales de 1989 en San José, Costa Rica. Formó parte desde el 2006 del taller literario Netzahualcóyolt. Publicó su primer libro Pequeña muerte en el Ártico, con editorial Perro Azul en el 2010, como parte del proyecto Poeta Joven y su segundo libro Datos Adjuntos con editorial Espiral en el 2016. Sus poemas han sido publicados en diversas revistas latinoamericanas y algunos han sido traducidos al italiano y al francés. Ha participado en diversos festivales y encuentros de poesía en Guatemala, El Salvador, Nicaragua, México y en su país. Es egresada de la carrera de medicina de la Universidad de Costa Rica y posee una maestría en Salud Pública y Epidemiología.
