VÁLIUM No abras la puerta madre en esta habitación hay un canto siniestro de fármacos y jeringas un hombre pronunciando el nombre de la tristeza un hueso deforme que asemeja la dureza del corazón Madre detrás de mis ojos están los ojos muertos de mi hermano detrás de mis manos de mi voz de mi angustia de mi sombra iluminada por las moscas Madre no abras la puerta puede ser que las bestias arrullen el alma de tu hijo que los chacales extingan su cordura sobre mi carne que mi risa recuerde a una mañana lluviosa en el cementerio Madre ¿quién está parado al otro lado de mis años? ¿quién se ríe de nosotros y voltea su mirada hacia la tumba? ¿cuántas veces mis lágrimas te han quebrado los ojos y pulverizado caricias que dejaron los fantasmas de los últimos años? Qué vergüenza haber nacido muerto qué vergüenza haber nacido en este oficio eterno de Caín levantando reinos con este espíritu de Lázaro ignorando la voz de Cristo con esta geografía de labios sin labios de rostro sin beso con estas treinta monedas de plata sobre mi lengua. No abras la puerta madre puede que te encuentres retratada sobre mis ojos que la primera palabra que escuches la hayan escrito los escarabajos entre mis dientes.
NICOTINA La araña teje en mis pulmones la raíz de mi próximo nacimiento.
LAMENTO DEL CARNERO El principio del terror es una página en blanco. La memoria arroja su sangre por la nuestra. Ambición estéril escupen los años, ambición de encontrarse al otro lado del fracaso. Madre, ¿me escuchas? Estoy escribiendo sobre una lápida que lleva el nombre de tus hijos y de los nietos que no llegaste a conocer. Nada. Nadie tiene sentido. Ninguna mano tapa mi vergüenza, ningún latido esconde mi morir. Me duelo doliendo tu dolor; me lloro viéndome llorar tu llanto. El principio del terror es una colmena que se agita, una lengua que se desliza por la espalda, un silbido que atraviesa los huesos, el páncreas, el hígado, los pulmones. He llegado para observar tus restos y los restos de mi niñez, para verme devorado por espejos y escuchar tu canto silenciando mis pupilas. Otra vez nazco derrotado en esta tierra, sobre dos guantes blancos y fríos, sobre el aroma ruidoso de la tristeza. Desde aquí te escribo, madre, desde tu vientre y mi renuncia. Este dolor no será importante para los periódicos, la conmiseración o para escribir un gran poema. No tendrá la estatura del vacío, ni cubrirá siquiera la geografía de mi soledad. Estoy solo desde antes que te fueras: desde que mi padre fue detestado por el suyo, enterrando los juegos a punta de patadas en sus costillas. El principio del terror es una cruz dibujada frente a mi voz, un abismo colmado por los colores del naufragio, una barca lluviosa estacionada a las orillas del invierno.
RECOMENDACIÓN PARA EL BUEN LECTOR No odies a la hormiga que devora al pájaro, ni ames al perro doméstico que lame los huesos: esto que digo es una alfombra peligrosa, un ojo cayendo desde todos los balcones. Toda la belleza cabe en el vientre del gusano. Toda amargura puede ser dicha desde los labios del silencio. Percibir el poema no es haberlo entendido todo, ni sentir amor por el lirio que ya es hermoso. Percibir el poema es una promesa con el vacío: saborear la gota de sangre que se queda en la boca.
Los textos anteriores pertenecen a El libro del carnero (Editorial EquiZZero, 2021).
EL FIN DE LA INFANCIA
Where childhood ends, poetry begins
Andrei Tarkovski
Al despertar,
mis labios aprendieron la arquitectura del frío.
Mi amor por el lenguaje
es el amor del río mismo contra las piedras.
Observo estos dedos,
que antiguamente acariciaron un vientre,
que se humedecieron al interior de la noche
en una planicie confusa de fiebres y costumbres,
observo estas manos, estas uñas, esta pareja de sombras,
que en algún momento reposaron en las espaldas de mis amigos,
que sostuvieron el rostro más inocente de mi hermano,
que se apretaron con tanta seguridad al brazo de mi madre.
Se me diluyen los ojos
y mi lengua es un tren descarrilado,
un músculo en que la palabra intenta
comprobar la flexibilidad del signo.
Ha llegado hasta mis huesos el final de la infancia.
Se evaporan todas las lágrimas,
se desdibuja la seguridad del día siguiente.
Con tu corazón no termina mi sangre;
lo repito y balanceo esa cordura que besaron tus labios.
Con tu corazón no termina mi sangre;
repito y limpio una lápida vacía para recibir cualquier nombre.
Con tu corazón no termina mi sangre;
digo, y guardo el rostro de aquel niño que fui.
Pasarán los años.
Alguien celebrará, este-mi-dolor con un beso
y dirá que mis palabras tienen la misma edad que mis ojos.
Desnudo su cuerpo frente a mis manos,
olvidaré por unos minutos que llegué a escribir este poema.
Rodará mi cabeza colina abajo de mis venas
como un dado multiforme para marcar mi suerte,
y mi corazón estará alejado de mi corazón,
y mi carne será prudente al conversar con el fuego.
De cara al insomnio
el hombre que fui será abrasado por mis canas,
y la tierra que seré:
pisoteada por la diminuta huella de algún niño.
Pasarán los años, digo,
sin tener la certeza de cómo envejecerán mis palabras,
o en qué manos amanecerán estas hojas,
si amarillentas y llenas de polvo serán encontradas,
si el hijo de alguien recogerá este libro
como quien recoge un gusano pequeño y energético,
que se retuerce,
parecido a una lengua extinta,
y del que no sabe, ni sospecha,
cuánta muerte lleva en su interior.
Pasaré, estoy seguro,
como han pasado frente a mis ojos:
estos 28 años de infancia.
HOUSE OF CARDS
Para mí, ser yo mismo no es suficiente,
¡dejadme ser todo el mundo!
Yevgueni Yevtushenko
Adónde banderas orgullosas para vaciar nuestra fe
adónde el abrazo que nos evita
empacar hijos propios en el amor extranjero
de los mares y los desiertos.
Joaquín Prada
He recibido el amor suficiente
y todavía llevo la orfandad como bandera.
He nacido tantas veces en tantos años;
hijo ilegítimo de la contradicción,
primogénito de una rabia
que espejea su rostro con el amor.
Una casa es incapaz de salvarte de un país.
El terror más puro cierra su párpado sobre nuestra sangre,
y comparto esta lágrima, esta espina,
estos látigos escritos como rieles en la mirada.
A lo largo de los años,
nos han dicho que Cristo fue capaz de caminar sobre las aguas,
pero nadie nos confiesa que, bajo aquellos pies,
eran sólidos los cadáveres, y firmes los llantos de dura sal.
Algo queda de esta tierra en la boca de mis hijos,
un tatuaje oscuro que les corta la lengua,
que les inaugura una vergüenza inédita por sus primeras palabras.
Gasa diminuta es mi último abrazo,
y soy aquella niña que recuerda a su madre
con una sonrisa de alambres torcidos
en medio de los coyotes.
Soy ese lenguaje de las arañas
y su geometría adivinando el vacío,
en algún vagón cargado de combustible y lamentos.
En esta baraja de nombres:
ninguno de nosotros importa.
Y es la frontera un corazón que palpita en nuestras bocas,
a la hora en que habremos de soltar las cenizas de nuestro último beso.
El cementerio del lenguaje es un cementerio de historias ocultas.
Yo escojo leer los nombres, recoger el musgo,
y en medio del llanto: masticarlo como el pan.
Los dos textos anteriores pertenecen a Revólver (Sión Editorial, 2023).

Josué Andrés Moz, 1994.
Es poeta, narrador, vendedor de libros, corrector de estilo y gestor cultural. Ha publicado: “Carcoma” (2017), “Pesebre” (2018), “Babel” (2020), “El libro del Carnero” (2021) y “Revólver” (2023). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, árabe y francés. En los últimos años ha participado en congresos, ferias del libro y festivales de literatura,
