La sinfonía del otoño

por Sherzod Artikov
traducido del inglés al español por Daniela Sánchez


Llegué muy tarde al restaurante “Le Procope”, Maftuna ya había llegado y me estaba esperando, sentado sólo en la mes, hojeando una revista de solapas rojas. Me había parecido muy raro que su esposo no estuviera con ella.

–Llegas muy tarde– me dijo ella mientras se levantaba de su silla, sonreía. Me senté, pesadamente, en la silla que estaba frente a ella.

Tenía muchísimo trabajo en la embajada.

Maftuna cerró la revista que tenía en la mano y me miró cómo si no creyera en mi excusa.

–Pedí el pato asado en salsa de tomate– me dijo mientras hojeaba el menú con interés.

Después, volteó hacia mí. – ¿Qué vas a ordenar tú?

–¿Me podría traer un omelette y la sopa de cebolla, por favor?– le pedí al mesero, sin haber visto siquiera el menú.

–¿Qué va a tomar?– me preguntó el mesero.

Jugo de naranja, por favor.- le contestó primero Maftuna.

–Yo quiero lo mismo– añadí.

Cuando el mesero se fue Maftuna estiró su cuello y miró a su alrededor, como si buscará algo. Se veía fresca, muy bien vestida, probablemente esto fuera un reflejo de su estado de ánimo. Su cabello oscuro le caía lacio sobre los hombros. Traía un vestido negro con una cadena dorada alrededor de su cuello, se veía muy guapa.

–Te ves muy mal– me dijo mirándome intensamente. –De todos modos, no te molesta que mi esposo no haya venido, ¿verdad?–

–Para nada, pero me sorprendió mucho. Pensé que estaría aquí, me invitaron los dos juntos.–

–Tuvo una emergencia de trabajo.–

No mucho tiempo después, el mesero regresó con nuestros platos. Me tomé  el  jugo  de naranja de un trago antes de comenzar a comer. Ella comenzó a comer el pato, cortándolo en pequeños pedazos. El restaurante estaba repleto, los comensales trataban de celebrar bajo el pretexto de una cena elegante, compartían sus preocupaciones diarias y las frustraciones que habían acumulado durante el día. Sonaba una melodía, creo que era Jazz, pero estaba tan desafinada que pareciera que uno estuviera en un mercado y no en un restaurante.

Probablemente, por esto desde que llegue un dolor de cabeza no me abandonaba.

–Me gusta mucho Paris–, me dijo Maftuna mientras comía. Hizo un pequeño círculo en el aire con su tenedor. –Especialmente, con este clima. Me gustaría poder quedarme más tiempo,  le dije a mi esposo, espero podamos alargar un poco más el tiempo de nuestra visa. ¿Tú qué crees? ¿Será posible?–

En lugar de contestarle, negué con la cabeza mientras tomaba una cucharada de mi sopa. El hecho de que Maftuna estuviera comiendo ávidamente influyó en mí, ya que comencé a comer con la misma rapidez, tratando de distraerme del dolor de cabeza. Aunque no era un experto en platillos, me pareció que la sopa sabía muy ácida y el omelette parecía sobre cocido.

–Si no te molesta, te quiero preguntar algo– me dijo Maftuna, yo seguía  pensando  y  juzgando la comida en mi mente. –Es una pregunta un poco tonta, pero desde el día que    nos conocimos en el Louvre quise preguntarte. No tienes que contestarme si no quieres.

–¿Qué quieres preguntarme?– le dije y paré de comer. Ella dudó unos segundos pero al final me dijo.

–He escuchado a muchos decir que París es la ciudad del amor– dijo alegremente. –¿Es eso cierto?–

–Es un rumor infundado que circula entre la gente– le dije, mi cuello se endureció y mi tartamudeo regresó.

–Las francesas son mujeres hermosas, ¿no?–

–En realidad, no les he prestado mucha atención.–

–Pero, no pareces una persona totalmente despreocupada, hasta donde yo sé.–

–No me parece que ésta sea una ciudad tan interesante. Mi trabajo está aquí y por eso estoy aquí. Muchas veces cuando la ciudad no me interesa, las personas dentro de ella tampoco.–

Sin explicación alguna comenzó a reírse.

–Ese es un buen hábito– me dijo todavía riéndose, y siguió comiendo aún más ávidamente. –Me encanta la carne de pato, y aquí la preparan riquísima. ¡Está excelente!–

Sus ojos brillaron por un momento, me veía mientras tomaba su jugo de naranja.

–Significa que no a todos les gusta Paris, aún siendo tan famosa.–

–¡Exactamente!–

–Creo que tu descubrimiento es muy bueno.–

–¿Estás redescubriendo la ciudad a tu manera?– le dije mientras me reía un poco.

–¿Por qué no?– me dijo Maftuna y su cara se iluminó un poco más. –La estoy redescubriendo y me encanta estar haciéndolo.–

Continuamos la conversación pero Maftuna actuaba muy raro, parecía mucho más curiosa que como normalmente era.

–Si no te gustaron estos platillos, tal vez deberías pedir otra cosa.– Me miraba sorprendida mientras yo arrimaba los platos enfrente de mí.

–No, de todos modos no tengo mucha hambre.–

–Lo entiendo.–

Se veía un poco nerviosa, se aclaró la garganta y tosió un par de veces. Maftuna dejó sus cubiertos sobre la mesa de un sólo movimiento.

–Este lugar inmediatamente me sobresaturó. No hay mucho aire aquí. ¿Quisieras dar una vuelta conmigo en el coche?– me susurró, acercando su cabeza hacía la mía.

Cuando escuché su propuesta fruncí el ceño, justo en ese momento recordé que no había escrito el guión para un evento que sería la próxima semana. Además de eso, quería recostarme, me moría de sueño y estaba exhausto. No me atreví a decirle que no a Maftuna, no quería ser descortés con ella.

–Ok…–

–Ya terminamos–, le dijo Maftuna al mesero y le pidió la cuenta. –Vamos,  tomemos un poco  de aire fresco. Ya me engenté.–

Salimos y nos encontramos con las personas que salían del restaurante, algunos parecían estar borrachos. Maftuna no perdió su semblante alegre cuando salimos, aunque sí se veía un poco menos contenta. Caminaba derecha sobre sus tacones.

–¿Te importa si manejamos alrededor del Arco del Triunfo?– me dijo mientras manejaba sobre la avenida. Como estaba enfrascado en mis pensamientos no pude contestarle a tiempo.

–¿Qué es tan interesante sobre el arco?– le dije después de unos minutos. Atardecía en París y el coche veía cada vez más lúgubre. Los dos suspiramos y bajamos cada uno nuestra ventana.

–Tal vez no sea interesante para ti porque has vivido aquí mucho tiempo, pero es muy interesante para los demás. Como yo, no sé cuando volveré a estar aquí.–

Cuando llegamos al arco, Maftuna paró el coche y salió. No había mucha gente frente al arco, y las pocas personas que había caminaban tomadas de la mano.

–Remark escribió sobre este arco–, me dijo Maftuna mientras nos acercábamos. Volteó a verme y me preguntó, –¿Lo sabías?–

Siguió caminando esperando mi respuesta. Tuve que acelerar mi paso para poder alcanzarla.

–Lo había leído antes–, le dije cuándo pude alcanzarla. –El libro trataba sobre un doctor judío  y su amante, si mal no recuerdo.–

Maftuna inclinó su cabeza para poder ver mejor el arco.

–¿Hay algo que no hayas leído?– me preguntó y me miró de arriba a abajo. –¿Hay algo que no sepas? Has leído a Balzac, a Victor Hugo, a Dickens, a Márquez. Y ahora también a Remark. Hablas francés e inglés fluidamente. Eres un buen traductor y además muy guapo.–

De repente se acercó mucho a mí. El aroma intoxicante del su perfume me invadió.  La distancia que había entre nosotros cada vez se reducía más, hasta que estuvimos tan cerca que podía escuchar su respiración. Su respiración era agitada y sus ojos estaban posados sobre los míos. Me besó apasionadamente, y yo me perdí en el beso, había sido totalmente inesperado.

Cuando volví a ser consciente de mí, me separé de ella, lo que hirió su orgullo.

–¡Cobarde!– me dijo riéndose con amargura.

No importó qué tanto intenté controlarme, estaba muy enojado con ella por lo que dijo.

–¿Sería entonces un hombre valiente si coqueteará con una mujer casada?– le dije elevando mi voz.

–Todos los hombres son iguales–, continúo diciéndome, caminando cada vez más lejos de mí.

De repente se quedó parada donde estaba.

–No sólo mi padre, que me dio a un hombre deshonesto cuando tenía dieciséis. Ni es persona, que no puede ni recordar cuando me traicionó, ni con quién, ni en dónde, pero que vive muy orgulloso de quién es.

Volteé a ver hacia el arco para no verla a ella y me quedé así unos minutos. Maftuna se reía, no se parecía nada a la mujer modesta que encontré hace cuatro días en el Louvre, ni la que llegó antier a la embajada para alargar su estadía, tomada del brazo de su esposo. De repente caminó hacía el coche. Aunque no quería, la seguí hasta el coche.

–Abre la puerta, Maftuna.– Le dije cuando llegué. Me ignoró y aceleró el coche. Enojado caminé hacia los taxis vacíos junto a la acera.

–Por favor, siga al Citroen rojo.– Le dije al conductor que estaba parado más cerca.

El conductor aceptó y la siguió a una velocidad moderada. Cuando intentó alcanzar a Maftuna, ella deliberadamente aceleró el coche, aún cuando ya iba rápido antes.

–¡Qué carajo! ¿Está atentando contra su vida?– me preguntó el conductor sorprendido. –¡¿Cómo es posible que pueda manejar tan rápido en la ciudad?!–

En la vuelta hacía el río Siena, un camión apareció como caído del cielo en el carril opuesto, Maftuna apenas pudo dar la vuelta a la izquierda. La maniobra hizo que su coche se quedará atorado en la acera. El coche al otro lado de la acera pitó y siguió su camino. Salí del taxi y  corrí hacía ella con el corazón desbocado. Maftuna estaba sentada, sin mover un sólo músculo, con la cabeza en el volante, sorprendentemente no tenía ninguna herida.

–¡Abre la puerta– le grité y golpee el cristal –¡Te digo que la abras!–

Ella abrió la puerta, la cargué y la saqué del coche. La dejé sobre una de las bancas junto al Siena.

–¡¿No te importa tu vida?!– le grité con todas mis fuerzas. Maftuna me miró ausente.

–No es de tu incumbencia si me importa o no.–

Ella estaba temblando en su asiento. Aparentemente, el accidente no la había lastimado pero  sí le había afectado psicológicamente, estaba completamente aterrorizada. Yo también estaba asustado y la adrenalina corría por mis venas. Sentía mi corazón palpitar con todas su fuerzas, mientras estaba parado frente a ella.

–Estoy cansada de todo.– Me dijo Maftuna, mirando el ir y venir del río.

Septiembre estaba a punto de terminar, la tarde estaba fría. Los últimos tres o cuatro días aquí en París habían sido algo fríos y algunos días, llovía un poco. Aún hoy el día estaba un poco frío, el cielo estaba nublado y la luna estaba escondida, un día típico, otoñal.

–No apagaste las luces de tu coche– le dije mientras me sentaba junto a ella. Maftuna miró el coche con disgusto.

–Un Citron rojo, demasiado rojo– dijo, repitiéndolo varias veces.

Seguía temblando, aunque ahora lo hacía por el frío. Me quité el saco y lo puse sobre sus hombros. Me agradeció con un susurro y no dijo nada más. Yo tampoco abrí la boca.

–Mi padre quería que me casará a los dieciséis– dijo Maftuna, rompió el silencio pero seguía mirando el río. –No tomó en consideración mi juventud, ni siquiera prestó atención a mis lágrimas. Lo recuerdo mucho, apenas los había cumplido. Era tan bonita en esa época. Como todas las niñas, estaba obsesionada con mis fantasías, y un día todo eso acabó, me casé. Sabía que algún día tendría que casarme, pero nunca creí que ese momento llegará tan pronto. Me casé sin siquiera saber lo que era ser independiente. Cuando era niña, soñaba con un hombre como el Señor Darcy de ‘Orgullo y Prejuicio’. Deseaba que mi futuro esposo fuera tan noble, tan leal, tan valiente como él, pero ese sueño no se volvió realidad. Fue en ese momento en que me encontré con un hombre y me entristeció saber que era  muy diferente del hombre de mis sueños, no se parecía nada al Sr. Darcy. Aún así, no dije nada, ni me opuse a mi padre. También mi mamá aprobaba la unión, y que se realizará de esa manera. Así que me casé. Si te digo la verdad, nunca me gustó mi esposo. No sentía nada por él, aún hoy no siento nada por él. Estaba desilusionada, yo tampoco le gustaba a él, sabía que algún día me traicionaría. Pasaron los días, las semanas y los meses, ni siquiera me di cuenta cómo pasó el tiempo, me sentía como en otro planeta. Como resultado, mi   vida y mi motivación se redujo día con día. Viví así ocho años de mi vida, mis sueños se evaporaron en el aire, y ya no tenía ninguna intención de convertirme en abogada. Dejé de leer los libros de mi tarea y mi pasión por el lenguaje desapareció. Mi vida dejó de tener significado para mí. Al octavo año de mi matrimonio descubrí que estaba embarazada. Créeme, fue como si la vida hubiera regresado a mí. Estaba tan feliz, fue con si Dios me hubiera regresado la felicidad que había perdido cuando me casé. Mis sueños cambiaron, y quería ser madre. Este pensamiento me inundó de felicidad. Un día fui al hospital, y ahí vi a mi hijo en la pantalla del ultrasonido. El doctor vio la imagen y se río, parecía que el bebé se estaba bañando con sus manitas. Después de ese día comencé a hablarle al bebé que crecía en mi vientre. Le contaba historias y le compraba ropa para el día en que naciera. Toda mi motivación para vivir había regresado. Un día, al quinto mes de mi embarazo, regresó mi esposo, fue un viernes por la noche. Olía al perfume de una mujer y estaba borracho. Me insultó severamente como si algo le hubiera hecho. Me golpeó con los ojos muy abiertos y gritando como un animal salvaje. Sentí un intenso dolor a lo largo de mi cuerpo, algo se había roto dentro de mí y mi corazón parecía gritar con todas sus fuerzas. Perdí a mi bebé al día siguiente en el hospital.–

Maftuna rompió a llorar en ese momento. Sus hombros temblaban violentamente y un eco de profundo dolor resonó en su llanto.

–Pasé muchísimo tiempo en el hospital, mientras recuperaba la consciencia. Estaba devastada y profundamente deprimida. No quería ver a nadie, sólo quería  dormir.  Ni  siquiera quería ver a mis padres, me asqueaba la sola presencia de mis esposo. No podía ni siquiera imaginarme volver a vivir en la misma casa con quien ya no era feliz y a quien comenzaba a odiar. Pero regresé a él, mi padre me dejó con él asegurándome que tendría otro bebé algún día. ¿Qué chistoso, no? ¿Por qué es así la vida y las personas? No puedo encontrar respuestas a esto. El comportamiento de mi esposo es aún más ridículo. El hombre que golpeó a su esposa hasta que perdiera a su hijo la trajo a París para que se divirtiera un poco.–

Ahora me veía directamente, y yo luchaba para no voltearla a ver.

–El primer día que llegamos aquí, no deje el hotel, ni siquiera me asomé afuera. Ni siquiera me gustaba la ciudad, que es el sueño de millones de personas, la herida en mi corazón era demasiado profunda. Me sentaba sobre la cama y miraba la torre Eiffel todo el día. Mi esposo se iba todas las mañanas y regresaba todas las noches. Yo sólo miraba la ciudad a través de la ventana del cuarto. El cuarto día, finalmente, le pregunté a mi esposo por la casa-museo de Victor Hugo. Él accedió a llevarme, me dejó ahí sola y prometió regresar por mí después. Estaba sola frente a la casa del mi escritor favorito. Cuando pude entrar, parecía haber una reunión en la entrada. Era más una ceremonia de presentación que una reunión. No pasó mucho tiempo antes de que uno de los empleados del museo se acercará y verificará mi teoría. ¿Recuerdas ese día? Había una presentación sobre el trabajo y la escritura de Víctor Hugo, que tu tradujiste al uzbeco, le contabas a las personas sobre el escritor y su papel en la cosmovisión uzbeca. Me senté a una orilla y te miré, por un momento olvidé el dolor que atormentaba mi alma, sus heridas abiertas y escuché tu discurso, me sentí como si otra vez tuviera dieciséis. Después te conocí, me dijiste que trabajas en la embajada. Hablamos sobre Víctor Hugo y la literatura francesa. Yo había leído casi todas las obras de Víctor Hugo, y cuando escuchaste esto tu cara se iluminó. Él también era tu escritor favorito. Cuando regresé del museo me sentí mucho mejor. Como si una tormenta dentro de mi alma por una vez se hubiera detenido, por primera vez en mucho tiempo, y sentí la suave brisa de la tranquilidad. Mi humor mejoró, abrí  la ventana y miré alrededor. Me encontré con la idea de que la vida en realidad era hermosa, y no sólo se veía en blanco y negro. Lo más interesante fue que comí con apetito esa tardes y dormí tranquilamente toda la noche sin despertarme ansiosa.

–Me dijiste que todos los fines de semana vas al Louvre, y faltaban dos días más para que llegara. Perdí el tiempo hasta el domingo, y ese día me desperté temprano y fui al Louvre, quería encontrarte. En cuanto llegue, quede atónita, era un lugar enorme lleno de personas. Recuerdo que hablaste sobre la Mona Lisa. Pregunté dónde estaba y llegué hasta ella, ahí te vi. Me alegré cuando te encontré, me acerqué para llamar tu atención. Estabas parado, ocupado, escribías algo en tu cuaderno. Te miré un momento, en silencio, aunque te diste cuenta al instante y me sonreíste. Tuvimos una maravillosa conversación sobre la Mona Lisa y recorrimos juntos el museo.

–Cuando regresé al hotel, mi esposo estaba bebiendo champaña, y me dijo que sólo faltaban dos días hasta que nuestra visa expirará. Le rogué que la extendiéramos un poco más. Me miró sorprendido, pero logré convencerlo. De verdad quería quedarme un poco más en París. Ni siquiera sé porqué, sólo quería quedarme más tiempo, no quería irme a otro lado, ahí me  sentía como si mi corazón hubiera despertado.

–Dos días después mi esposo y yo visitamos la embajada. Te encontré una vez más, y tú nos ayudaste a extender nuestra visa. Mi esposo y yo te invitamos a cenar, estuve aún más feliz cuando aceptaste. Desperté esta mañana soñando con esta cena. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez que me había visto en un espejo, y me senté frente a él un momento. Me pondría el vestido que compré por si algún día tuviera algún evento. Esta vez   me costó trabajo encontrar qué ponerme, tampoco sabía que collar usar. Este collar había estado abandonado en una maleta por años. Conforme el tiempo pasó y la cita se acercaba,  no podía controlar mi emoción, o los nervios de llegar tarde. En la tarde, mi esposo salió como si tuviera trabajo. Me pidió que te pidiera que lo perdonaras. Así que vine sola en el coche que él rentó. Me sentí mucho más relajada en el restaurante, lo sé, porque tenía el privilegio de hablar con la persona con la que más quería hablar. Eso me distrajo un momento, y como resultado te pregunté puras tonterías durante la cena. Olvidé como controlarme y tú, obviamente, pensaste que era una cabeza- hueca. También yo me odié a mi misma. Ese sentimiento tomó el control de mi cuerpo e hizo que se me nublarán los ojos, y que el velo de  la vergüenza empañara mi cara. Por ello es que entré al coche para librarme de ese sentimiento que echaba mi alma a perder, pero fue entonces cuando me dolió más aún. Limpie mis ojos de la agonía y aceleré aún más. Llegué a la absurda conclusión de que este sentimiento, que empeoraba cada vez más, me abandonaría si muriera. El odio por uno mismo puede causar que una persona actué así, y eso fue lo que me ocurrió a mí hasta que me encontré con el camión. Estaba demasiado asustada cuando apareció el coche, no quería morir. No era ni lo suficientemente fuerte o débil para hacerlo.–

Maftuna se levanto y se acercó al río. Observó la oscuridad de la noche y escuchó el sonido del Siena por unos minutos. Después, regresó sin prisa, ya no lloraba más, se había calmado y se veía mejor.

– Cuando el otoño llega a nuestra vida, es difícil que la primavera regresé–, me dijo mientras miraba el río a la distancia, suspiró y comenzó a recitar un poema de memoria:

“Esperé por alguien, creía en algo,
Miré hacia el cielo como un álamo,
Ni siquiera puede caer como las hojas,
Como si aún te necesitará a ti.
La lengua rara vez tiembla como una hoja,
El otoño triunfante esparce otra vez su humo,
Yo pintaría el mundo con un hermoso color,
Lo siento, el otoño ha llegado antes, perdón….”

Después de recitar el poema, tomó mi saco, lo doblo con cuidado y lo puso junto a mí. La miré en silencio.

–Mañana me iré de París– me dijo mientras miraba a su alrededor y al instante se decepcionó cuando nuestros ojos se encontraron. –En realidad, como tú, no estoy interesada en absoluta en la ciudad. La razón por la que me quedé no tiene nada que ver con la belleza de la ciudad.–

Me levanté y dudé un momento si debía decirle algo. Francamente, no sabía si aclarar las  cosas con ella o si debía consolarla. Cuando me acerqué a ella, Maftuna se alejó de mí e hizo un gesto con las manos para alejarme. Me quedé donde estaba, nada sonó dentro de mí, nada que pudiera consolarla o tranquilizarla. Mis ojos estaban empañados y mi mente estaba repleta de pensamientos confusos como si una bruma hubiera caído sobre mí. Después de un rato ella comenzó a prepararse para irse, no me dijo adiós y caminó hasta su coche, con las luces todavía prendidas. Sin voltear, se levantó una vez más y caminó, dignamente hacia el coche.

–Citroen Rojos, demasiado rojo– me dijo mientras caminaba hacia el coche. –Un regalo de mi amable esposo…–


Sherzod Artikov nació en 1985 años en la ciudad de Marghilan de Uzbekistán. Se graduó de Instituto Politécnico de Ferghana en 2005 año. Sus obras se publican con mayor frecuencia en prensas interiores republicanas. Principalmente escribe cuentos y ensayos. Su primer libro “The Autumn’s symphony ”se publicó en el año 2020. Es uno de los ganadores del concurso literario nacional “Mi región de la perla” en la dirección de la prosa. Fue publicado en Rusia y Ucrania. revistas de la red como “Camerton”, “Topos”, “Autograph”. Además, sus relatos fueron publicados en las revistas literarias y sitios web de Kazahstán, EE. UU., Serbia, Montenegro, Turquía, Bangladesh, Pakistán, Egipto, Eslovenia, Alemania, Grecia, China, Perú, Arabia Saudita, México, Argentina, España, Italia, Bolivia, Costa Rica, Rumania, India, Polonia, Guatemala, Israel, Bélgica Indonesia, Irak, Jordania, Siria, Líbano, Albania, Colombia y Nicaragua.

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