Boris Rozas: selección de poemas 2013 – 2021

por Boris Rozas


WISLAWA EN PARIS

A la cola de un buffet de asado
converso con Wislawa.
Mi esposa nos acecha 
sin atreverse aún
a llamar a la puerta. 
Conoce los salones de los poetas,
llenos de niños
que juegan con hojas en blanco
como pequeños jilgueros,
entre las balas
que aúllan
al rozar la carne. 

SARA

A los que patinaban cerca de Essex House no les importaba Stevie Nicks 
con sus cuentos de hadas de finales inciertos, 
ellos no tocaban a escondidas la guitarra por las noches, no manejaban
pequeños barcos a la deriva como el mío.
Su noche de los estorninos blancos no terminó con el sabor a cenizas
en la boca,
los gusanos de seda en las ruinas del estómago.
Como reza nuestra canción, dijiste que me darías luz
pero nunca me hablaste del fuego,
supongo que esa parte tuve que aprenderla por el camino, como otros tantos,
en la oscura senda de los tiovivos vacíos, 
en la fría noche de los cuervos negros.
Tendrá que ser más adelante, junto a los viejos recreativos
de los sótanos del muelle, 
cuando tus vestigios de nieve blanca
se reencuentren con las notas de mi cuerpo
para tocar juntos los acordes de Sara
y embestirnos como bestias 
que somos
al final de casi todos los espejos.

EL CISNE

Retorciéndose en la hierba 
se me aparece el cisne de Bukowski,
recién muerto aún en la estación 
buena.
Está junto a la fuente de Bethesda
esperando a ser fotografiado
por los turistas.

AUTOROCK

I

Recuerdo tus manos como gacelas retorcidas ante la plenitud
de mi selva de instintos,
el fruto empalagoso del desmembramiento
de este salvaje tronco
hecho de abismos y crines de alazán,
recuerdo las pisadas fuertes como guirnaldas de cuero lacio, 
venidas a cuento entre retamas
puestas a dedo entre el vaivén de la noche
y las llamas. Recuerdo tu piel
vacía ya de impresiones.
Recuerdo las viejas fotografías en un blanco y negro arañado
por la aguja cruel del tiempo,
recuerdo tus manos con anillos engarzados
abrazando todos los besos,
la suave danza de la lluvia que ensayábamos por las tardes
envueltos en las mantas del amor sin techo
ajenos al rumor de las olas
de los vuelos nómadas sin escala. 
Recuerdo los árboles 
que me cobijaban mientras te veía partir 
sin saber si volverías a mi nido de paja,
recuerdo mañanas derramadas en tu ausencia
extrayendo el mineral para mis tumbas de papel.

II

Recuerdo las dulces palmeras alumbradas por el sol
vistiéndote de mediodía,
mechones como galgos aguerridos
cayendo por mi almohada
mientras la acera de la vida
se torna juventud en vena.
Recuerdo el lema de tu pecho encendido como las olas
en este mar de confesiones,
justo cuando regresa la resaca a lo largo 
de la fría cresta de las noches,

recuerdo tu corazón áspero como el llanto de una sala de espera
cayendo al suelo deshecho en pedazos,
túnel de viento para cuerpos enfermos 
marea diurna de creencias ocultas.
Recuerdo tus manos como gacelas abrazando la placenta 
de este bendito poema
nacido entre mares,
convertido en pasto para elefantes
que rememoran montañas sin nieve.
Recuerdo las líneas de tus cartas de amor perfectamente habitadas
por mínimos placeres a campo abierto,
piedras en el camino de este rebaño 
que recorre ya ciudades vacías,
recuerdo el disfraz de borracho para las noches sin luna
la daga que parte los sueños
entre andenes invisibles
como invisible es el alma que inocente me deshace.

III

Recuerdo la mar dormida ante tus ojos hechos 
de balaustradas
que sucumbieron en viejas iglesias,
el retablo de nuestro amor escondido entre lechos de hospitales
que ya ni existen. Añoro la lluvia golpeando con fuerza
mi camisa de seda de los domingos en misa,
tu pelo enredado entre los bordes
de la madera concéntrica
que no entiende de lamentos, sólo de tiempo. 
Añoro tu sonrisa dibujada en la arena blanca 
quemada por el sol,
cauterizada mi llaga entre volantes
-no espero ya otra cosa que ir dejando mis migas
en tu huella, amor-
Y recuerdo estrellas enanas percibidas entre tulipanes
de lirio en punta, adonde van esas tardes
no llegan ya los dardos precoces de la espera,
efímera quietud que se enroca entre primaveras
buscando por donde asirse ahora que me consumo.


Recuerdo el mal entrando a luchar con mis sentidos
en batalla desigual y precipitada,
el aliento frío de la boca que ya no puede besar como besaba
entre esperanzas como puñales,
aprendo a conjugar el miedo 
como quién poda un arbusto con cuidado 
y rezo en verde
por la sagrada virtud de la rama que se tornó vieja.


Hombre de crecimiento lento 
fui circunvalando por tu orilla
hasta sentirme como hogar sin trepadoras ni flores,
segundo plato de variadas y tenues primeras impresiones 
paisaje urbano
de fotografía amortizada en blanco y negro,
canto furtivo 
de aquellas madrugadas silenciosas.

TAMLA

Mi viejo tocadiscos de la Tamla, atado al principio de la invisibilidad muda, que recién ahora muerde el polvo en el trastero de una vida
con banda sonora, ha dejado atrás su solsticio de cuatro paredes
y no ha vuelto a dejarse escuchar. 
Siento que he muerto todavía pocas veces.
No se enciende lo suficiente mi espejo ante el sentimiento desbordado
del adolescente, que recién ahora mastica el amor en la parte trasera 
de un coche prestado, Mary Wells al volante del cielo que oscurece
para no volver jamás, Atisbo de inocencia perdida 
en el fondo del gin-tonic de no siento lo mismo por ti, 
agitado por el cheque sin fondo de los años 
que has pasado sin dejar de enamorarte, con resultado en puntos 
cardinales de sutura y el grito del amor que no ha vuelto
a dejarse escuchar. Siento que creas
que eres tan valiente como para poder morir sólo una vez.
Tarde de apuntes en una biblioteca vacía, donde sólo se estudia
el jolgorio de una calle embrutecida por el sol, que recién 
ahora mastica el sabor de la primavera, Mary Wells al volante
del cielo que se abre a mi paso como todos los años. Siento 
que creas que eres tan valiente.
Mi viejo tocadiscos de la Tamla ha dejado atrás 
su solsticio de cuatro paredes
y no ha vuelto a dejarse escuchar. Mi nueva silla Malkolm 
de altura e inclinación regulables
me devuelve a mi banda sonora de cobarde
que todavía ha muerto pocas veces. 

radio tristeza

Dicen que escucha por las noches el blues frío
de la Radio Tristeza, 
mientras sacude las viejas gárgolas
del Top of the Rock. Más otoño
que se le viene encima.
El corazón
salió hace tiempo
de reconocimiento, en limo en blanco
marfil,
dejando para siempre el alma 
por el viejo Nueva York.
“Was my idea”, 
me suele decir siempre. Más otoño
que se le viene encima.

calle ocho

Me había comprometido a llevarte una tarde de domingo
a la ribera de la calle ocho,
a ver a los viejos
que juegan al dominó, a las parejas 
que se reencuentran
en los arrabales del Bryan Park.
Nos vamos 
a Café Versalles, tenemos una cita
con 
el silencio.

EL APARENTE SIGILO DE LOS TRONCOS

La primera vez que salté por una escalera de incendios
lo hice para no quemarme con la fotografía de tu piel:
John Coltrane me persigue por los bajos de esta mañana espesa
como quién inventa un reclamo para los males domésticos,
no me quieras convertir tan pronto en bandera que izar a los cuatro vientos,
no anda sobrado de talento el que esperando persigue
insulsas canciones de cosmético.
En Japón existe un lenguaje de amor entre mujeres
donde una rama desnuda 
viene a significar que nunca seré nada tuyo. 


Dormía entre las macetas mi recuerdo, aprovechando los meses de verano
para imaginar nuevas rutas de escape de tu cuerpo,
fue como en “The Boy Cried Asesinato”
pero sin más testigos que la noche y el antro que nos hace esquina.
La primera vez que salté por una escalera de incendios
fue como una cruel inocentada de Romeos,
hasta que llegamos a Washington Square en primavera
y se terminaron los parterres del amor. 


Una señal de obras atiza la espuma de mis ojos
al colapsarse con el firme, van los dedos presos de pánico 
a cogerse de la hierba para acordarse de que es jueves
y aún no es tarde para regresarte. 
Imagino como quién imagina los grandes dirigibles enviarse gritando hacia tu ventana, 


los puentes que hemos construido estos años
lo son por el tiempo que nos han visto deambular entre la nada,
como en un olvido de fuego que nos resta del nudo de sed atirantada
para sujetar por el extremo gris 
lo que siempre permanece en el olvido.


Tú y yo somos la noche que sostiene estos dos ojos ciegos
tras el aparente sigilo de los troncos. 

Boris Rozas, vallisoletano de Buenos Aires (29-01-1972), poeta de amplia trayectoria con ya 15 poemarios a sus espaldas, entre ellos los multipremiados Ragtime (2012), Invertebrados (2014), Las mujeres que paseaban perros imaginarios (2017) o Annie Hall ya no vive aquí (2018). Ha recibido numerosos galardones por su obra entre los que destacan el León Felipe, Pilar Fernández Labrador, Francisco de Aldana, Hernán Esquío, Gonzalo Rojas Pizarro, Premio Nacional Coronio, Manuel Garrido Chamorro, Álvaro de Tarfe, Justas Poéticas de Laguna de Duero, Justas Poéticas de Dueñas, María Eloísa García Lorca, Villa de Ermua, Peñaranda de Bracamonte, Premio Umbral, Premio La palabra de mi voz, North Texas Book Festival, dos veces finalista del Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, Premio Sarmiento, etc. Ha participado en numerosas obras colectivas y antologías, además de colaborar en multitud de publicaciones de primer nivel. En 2018 compuso el Soneto para el Sermón de las Siete Palabras de la Semana Santa vallisoletana, siendo el primer autor hispanoamericano distinguido con tal honor. Desde 2014 es Ahijado literario de la Casa-Museo de José Zorrilla. Fotografía: Maica Rivera.

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