Poesía costarricense actual: Carlos Manuel Villalobos

Ars curandera

Para sembrar esta luz
hay que abrir los ojales de la sombra
y coser con la palabra.

Para alumbrar esta semilla
hay que aruñar adentro
y aporcar el ama
con los arados de la metáfora.

No se nace sin la tijera
que corta los cordones
ni se vuelve a nacer de otro modo.

Nadie es héroe sino se sale victorioso del infierno.

No hay vuelo sin que duela la caída

Este antiguo y sanador este ritual.

Pero hay que entrar descalzo
y alumbrarse con la jaula de la herida.

Diana

No. No fue la primera oscuridad de Dios.
No fue la herida que llamó a la muerte.

Diana fue la primera luz de los profetas,
la primera sed que da la sal cuando amanece.

No fue fácil esconder la sangre de mujer en los silencios.
No fue fácil negarle el deseo al labio de la piedra.

Lucifer, su hermano, lo supo demasiado tarde.
Quiso matarla con las misas de la culpa,
pero Diana fue siempre más astuta.

Ahora ella es el ojo de un felino,
el caldo de las ollas,
y la yema de las llamas.

Es ella la que corta yerbas para amar.
Es ella la que sube por los montes en busca de la llaga.

Los hombres que cortejan a la muerte la buscan para hacerla suya,
pero Diana es siempre más astuta.

Los barcos de los mares puritanos
prefieren la deriva que los puertos donde duerme Diana.

Los curas de los templos ebrios
la buscan con los perros más borrachos.

Pero Diana es siempre más astuta.

De su lengua de partera es hija Aradia.

La niña también sabe cocinar
las uñas de la noche,

también sabe vestirse de sueño
cuando llegan los que duermen.

Madre e hija son la misma abeja
y el mismo hilo de las ruecas.

Son las hojas de un árbol que lo sabe todo:
El evangelio de las brujas.

Ixquic

Esto que está aquí es el semen de un árbol muerto.
Aquí cuelga la cabeza del sol oscuro.

Miras el cráneo que se pudre como una brasa.
Ahora es un fantasma de saliva que sueña con la luna.

Esta jícara es su corazón
y este liquen es la boca que se estira para besarte.

Lo llaman Hunahpú:
el niño de maíz que será un guerrero.

Con tus manos de amasar la llama
le arrancas el ojo a penumbra.

Hunahpú se asoma por el hueco de la sed que crece.

Dejas que te escupa cuentos en tu vientre.

Dejas, bella Ixquic, que un nuevo sol
grite el alba en tu regazo.

Tiamat

Al principio solo había un sigilo que reptaba,
y entonces, Madre,
amasaste tu vientre con la sal de las palabras.

Pero no todo fue calma
en este nido de acepciones y gusanos.
Hubo perros de discordia
a la orilla de tu cueva.
Hubo razas de odio que vinieron
a saludar tu corazón.

Pero tú, Madre, untada de mar
te abriste el vientre
como se abre una ventana
y así, así Madre,
nació el Cielo
y este pecho tuyo
que se llama Tierra.

Fotografía por Anel Kenjekeeva


Carlos Manuel Villalobos, Costa Rica, 1968.
Ha sido ganador del premio nacional UNA-Palabra en el género de cuento, y en poesía ha ganado los premios: Brunca de la Universidad Nacional de Costa Rica, el premio Editorial de la Universidad de Costa Rica y el Arturo Agüero Chaves. Entre sus publicaciones literarias están Altares de ceniza, El cantar de los oficios, Trances de la herida, El ritual de los Atriles, Insectidumbres, Tribulaciones, El primer tren que pase, El libro de los gozos y Ceremonias desde la lluvia. Es doctor en Literatura Centroamericana, máster en Literatura Latinoamericana, y licenciado en Periodismo. Se desempeña como docente en la Universidad de Costa Rica, donde imparte Semiótica y Teoría Literaria.

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